El alborozo y ese momento único que ambos estaban viviendo en el bar, se esfumó mágicamente cuando Bianca notó que Alexander estaba perplejo en una imagen que venía desde afuera. Ella se unió a ese avistamiento y pudo observar los últimos fragmentos de Felipe dispersados en el aire, para después verlo ingresar a su coche y desaparecer raudamente bajo la gruesa tormenta.
Bianca llegó a la casa de Felipe e intentó por todos los medios que él atendiera sus llamados, golpeando la puerta, machacando el timbre y esforzando su suave voz con el sólo objetivo de sacarse este peso de encima que la venía torturando desde hacía cinco años.
- ¿Qué me vas a decir? ¿qué excusas traes preparadas para todo esto? – preguntó descontrolado Felipe abriendo violentamente la puerta de su casa.
- ¿Puedo pasar? Necesito que lo hablemos, Felipe – respondió Bianca con su clásica suavidad. Él se quedó en silencio, resopló y sin decir palabra alguna, le cedió el paso para que ella ingrese. Una vez adentro, cerró la puerta tan ferozmente como la abrió, se paró entre el sillón del living y la mesita ratonera y aguardó mientras Bianca quitaba su abrigo y lo colgaba serenamente en el respaldo de una silla.
- ¿Desde cuándo, Bianca? – preguntó visiblemente ofuscado y a un paso de quedar fuera de sí.
- Si vas a adquirir ese método para tener una conversación conmigo, prefiero irme y hablar cuando estés calmado - dijo Bianca metida en un reposo envidiable.
- ¡Calma, me pedís calma, Bianca! – preguntó Felipe al tiempo que las venas azules de su cuello parecían atravesar la carne. Bianca tomó su abrigo y su bolso e hizo el intento de salir de la casa, pero rápidamente, Felipe la interceptó aprovechando su inmenso tamaño y la detuvo antes de que ella osara tocar el picaporte.
- Está bien, Bianca, perdón – dijo Felipe con su manota sosteniendo la inminente apertura de la puerta. Él prosiguió: - Pasá, sentate, por favor. Hago café y hablamos bien, ¿te parece? Diez minutos después Felipe apareció en la sala con dos pocillos de café. Afuera, el mundo parecía estar estallando en mil pedazos, bajo una tormenta feroz que no tenía la más mínima intención de cesar.
- Felipe, vos sos un hombre increíble, un hombre digno de cualquier mujer, porque contás con miles de cosas hermosas; sos un hombre respetuoso y respetable, un hombre pleno, educado, contenedor, un hombre que vela por lo que ama, que cuida - hasta obsesivamente – lo que tiene a su lado, un ser espectacular, un hijo honrado y decente, un hombre con todas las letras y con mayúsculas – Felipe sostenía su taza y en el movimiento tembloroso de su café, podía advertirse esa sensación premonitoria de lo que estaba viniendo por detrás. Bianca continuó: - Pero yo no te amo, Felipe. Estos cinco años me han sabido a un infierno a tu lado, no por sentirme desechada por vos ni porque vos seas una mala persona: simplemente porque nunca te amé.
- Bianca, vos no me podés estar diciendo esto después de todo lo que hemos vivido – interceptó Felipe procurando darle luz a esta oscuridad que lo estaba dejando ciego. Él siguió: - Han sido hermosos cinco años y en pocos días nos espera una iglesia abarrotada de gente y un futuro hermoso y promisorio por delante. Quisiera creer que estás confundida, que haber conocido a este muchacho, ha sido algo que pronto pasará, una aventura, una locura. Tal vez no hemos ajustado en los últimos tiempos ciertas cuestiones o se nos han esfumado entre los dedos algunos detalles que te sobrepasaron y te llevaron a tomar malas decisiones, pero yo te prometo que juntos lo revisaremos y encontraremos de nuevo ese camino por donde veníamos.
- Felipe, estás a años luz de entender verdaderamente lo que sucede – Él se quedó turbado y adherido al sillón como aquel que nunca osó oir palabras semejantes. Su lengua parecía atorada al fondo de su estómago y no hallaba un escape seguro y confiable.
- Explicame entonces, Bianca – dijo apoyando con fuerza su taza sobre la mesita, con ese aire de querer acabar pronto con tanto misterio y sopor.
- Han sido cinco años de padecimiento, Felipe, cinco años haciéndote creer que te amaba, que eras el hombre de mis sueños, que quería una vida a tu lado, un futuro, cinco años en donde cada vez que me presentaba ante vos, tenía que ser otra, esa que te vendí, esa que mi propia madre armó y puso frente a tus ojos para enamorarte y terminar con el infierno de deudas que papá nos dejó. No pude hacer nada, Felipe, porque mamá, obsesionada con su problema sin resolución y con esa impronta malvada con la que siempre nos manejó, pergeñó todo este plan y me obligó a llevarlo a cabo, poniendo de por medio su llanto, su sufrimiento, su congoja y todo lo que debió padecer con las deudas impartidas por mi padre, y formando con cada uno de esos elementos, la idea de crearme una culpa si no la ayudaba en este instante de su vida. Y así, mi querido Felipe, vengo desde ese día en que nos dimos aquel primer beso. No me siento feliz ni orgullosa por lo que hice y estoy haciendo, y no sólo quiero desprenderme de la culpa que mi madre hizo que nazca en mí, sino, que deseo dejarte el camino liberado antes de cometer una locura el próximo 14 de septiembre. No te merezco ni me mereces. Sos un tipo increíble y digno de una mujer distinta, de alguien que te ame realmente, de alguien que caiga en la cuenta del ejemplo de ser humano que sos y de la persona bella que vive dentro tuyo – Felipe parecía rendido ante esta exposición clara y contundente de Bianca, que no tuvo reparos en vomitarle definitivamente lo que su estómago venía guardando desde hacía cinco años y de sacarse ese demonio que decididamente estaba cortándole la felicidad de por vida.
- ¿Y qué hago con todo esto? – replicó Felipe surcado por un llanto que quería asomar decidido. Él continuó: - Venís a mi casa (a nuestra casa), aventás una granada, y seguramente, te levantarás, tomarás tus cosas y te irás, dejando el tendal de sangre y de dolor para continuar la vida que querés mientras yo me quedo juntando los pedazos esparcidos, qué fácil, ¿no? Ahora quisiera hacerte una pregunta: ¿quién me ayuda a mí?
- Si no era hoy, iba a ser en cualquier momento, mañana, pasado, de acá dos años, no lo sé. La vida es así, Felipe – Él la cortó súbitamente.
- No, Bianca, la vida no es así: tu madre y vos quisieron que sea así, ustedes dos se confabularon para esto. Ustedes lo transformaron en esto, ¿sabés por qué? Porque si vos me hubieras amado hoy no tendríamos esta conversación, y estaríamos aquí sentados dándole forma a nuestro compromiso y planificando nuestro mañana. Yo no te hice nada para que hoy vengas – gracias a mi descubrimiento – y me escupas en la cara que, por mi culpa, por ser un hijo de puta o por ser una porquería de persona, te alejás de mí y terminás con todo esto. Yo hice bien todo. Vos hiciste mal todo, y así mismo, ¿debo escuchar que me digas que la vida es así? Estás totalmente equivocada, Bianca: vos querés que sea así – Bianca y su vergüenza a flor de piel no podían más con esta exposición acertada de Felipe. Lloraba a más no poder, y un temblor inquietante provocó en él la necesidad de sentarse a su lado para brindarle un poco de consuelo, luego de haberla enfrentado de esa manera y de sentirse sucio por creer haberla agredido con sus palabras y su exhibición de dolor.