Antón tamborileó los dedos sobre el volante, su mandíbula estaba tensa mientras observaba la casa con la paciencia de un cazador al acecho. No podía permitirse perderla de vista, no después de todo lo que había descubierto. Si Claire era la clave, entonces esta noche no la dejaría escapar. De modo que, con las luces del auto apagadas y la espalda hundida en el asiento, observaba cada movimiento en la casa. Las sombras que se proyectaban tras las cortinas, el parpadeo de las luces de una habitación a otra, el leve crujido de la puerta trasera cuando alguien la abría y cerraba. Si Claire intentaba huir, él lo sabría. Había atado cabos, más de los que ella pensaba. Demasiadas coincidencias, demasiados silencios incómodos. Claire sabía algo, y esta vez, no la dejaría inventar excusas ni escab

