El despacho del delegado era un espacio austero, de muebles oscuros y una luz amarillenta que proyectaba sombras alargadas en las paredes. Un escritorio de madera robusta separaba a los dos hombres, con expedientes amontonados a un costado y una taza de café frío olvidada junto al teclado de una computadora. La tensión era palpable en el aire. Antón irrumpió en la oficina con pasos firmes, la mirada acerada y la voz revestida de autoridad. —Exijo estar presente al momento de su declaración —soltó sin rodeos, y con sus ojos fijos en el delegado. El funcionario, era un hombre de mediana edad con gafas ligeramente caídas en la nariz y el ceño fruncido, entrelazó los dedos sobre el escritorio mirando fijamente a Anton. Se tomó un instante antes de responder, calibrando la situación. —Licen

