Cinco días habían transcurrido desde que Antón partió en su misión. Al principio, Alondra no sintió su ausencia con intensidad, más allá de la tristeza y el mal pensamiento que no la abandonaba; después de todo, se había ido hacía apenas unas horas cuando recibió su primer y único mensaje: un escueto aviso en el que le decía que donde estaba la señal era mala y no podría llamarla con frecuencia. No le dio demasiada importancia, al menos no al principio. Pero los días pasaron como un goteo de incertidumbre, cada vez más pesado, cada vez más asfixiante. El silencio que dejó su partida empezó a invadirlo todo. El eco de la casa, la frialdad de las paredes, la inmovilidad de los objetos, todo conspiraba para recordarle su soledad, para hacerla sentir extraña a ese lugar. Alondra intentaba con

