Un mes entero había pasado desde que Alondra tomó la decisión de cambiar su vida, y el mismo tiempo estuvo Antón fuera de casa, aislado en el Medio Oriente, donde la misión a la que lo enviaron resultó más riesgosa de lo previsto. Sin embargo, lo que en otras circunstancias habría sido motivo de frustración —el hecho de que la operación no lograra su objetivo— esta vez le pareció la mejor noticia que podía recibir. Lo único que deseaba era volver, salir de ese terreno hostil donde el sol ardía sin clemencia sobre su piel, donde la arena se filtraba hasta en los pensamientos, y donde el aire se sentía tan pesado como la carga de su propia preocupación. Alondra había ocupado cada espacio de su mente en esas semanas de incertidumbre. En las pocas ocasiones en que su teléfono tuvo señal, inte

