—¿El padre de mi hija? —preguntó Alondra, sorprendida ante la interrogante. Anton la miró fijamente, con el ceño levemente fruncido. —Sí, el padre de Iramil. ¿Qué edad tiene ella? ¿Cuatro años? Alondra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se separó más de él, sintiendo que el aire se volvía denso. Su garganta se cerró por un momento. —No entiendo adónde quieres llegar —adujo con un hilo de voz, dándole la espalda. No podía sostenerle la mirada. Su corazón latía con fuerza, palpitando con una intensidad dolorosa. No quería hablar de eso, no con él, no ahora. Saber que Anton estaba indagando en esa parte de su vida, la misma que ella no lograba recordar, la aterraba. Le avergonzaba admitir que había una etapa completa en blanco, un fragmento de su historia al que no podía acceder

