Un agente se acercó al auto cuando llegaron. Su expresión era grave. —Lamento ser portador de malas noticias —dijo con voz firme. Anton bajó de inmediato del vehículo, su rostro reflejaba preocupación. —La mujer que usted nos informó fue gravemente herida, ya la trasladaron a un nosocomio, pero el paramédico no nos dio muy buena impresión… —agregó el agente. —Lisa… —la voz de Alondra tembló—. Dígame que está viva, por favor. Salía del auto con Iramil en brazos. La niña, asustada, escondió su rostro en el cuello de su madre. —¿Ella es la niña secuestrada? —preguntó el oficial, fijando su mirada en la pequeña. —Sí, agente —confirmó Anton. —Es necesario que venga con nosotros. Hay que hacer el reconocimiento de la niña y presentarla ante un profesional que la evaluará médicamente —inf

