El peso de la verdad se abatía sobre Antón, dejándolo inmóvil en su sillón. La noticia, con todas sus implicaciones, lo había golpeado con tal fuerza que, por un instante, su mente quedó en blanco. Una extraña sensación de calma lo envolvía, no por tranquilidad genuina, sino por el impacto abrumador de lo que acababa de descubrir. La paz que lo invadía no era más que el preámbulo del torbellino de decisiones que se avecinaban. El silencio en la oficina se alargaba como un eco sin fin, denso, cargado de preguntas sin respuesta. La luz mortecina del atardecer proyectaba sombras alargadas sobre los muebles de caoba, mientras la ciudad seguía su curso más allá de los ventanales. Sobre su escritorio, el informe médico reposaba como un testigo inamovible de la mentira que había estado viviendo.

