Mientras Antón abandonaba la oficina, Claire quedó atrapada en un estado de confusión y creciente desesperación. No comprendía en qué momento él había tenido la lucidez suficiente para investigar el diagnóstico que ella misma se encargó de fabricar con meticulosa precisión. Había manipulado cada detalle, asegurándose de que la historia encajara a la perfección, contando con la complicidad del mismo doctor que lo había operado años atrás. Pero ahora todo pendía de un hilo. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La seguridad que durante años había cultivado con esmero comenzó a resquebrajarse. El castillo de naipes que construyó en silencio, sin fisuras aparentes, se tambaleaba peligrosamente. Por primera vez en mucho tiempo, el control se le escapaba de las manos. Sus dedos tembloroso

