—Prosiga, por favor —le pidió el juez a Claire, con el tono neutro de quien ha visto demasiadas tragedias disfrazadas de verdades en esa misma sala. Claire alzó la barbilla con la serenidad de quien se cree intocable. Su vestido gris perla, de líneas rectas y sobrias, arrugado combinaba con la deprimente imagen que mostraba su cabello y su rostro carente de una gota de maquillaje, como si no estuviera en medio de un juicio donde se decidiría su destino de los próximos, mínimo veinte años, sino a punto de recibir un premio. Pero lo más impactante era su mirada: helada, calculadora, cargada de odio. Una mirada que prometía algo más que venganza. Prometía aniquilación. Alondra tragó saliva con dificultad. La impotencia le hervía bajo la piel. El rostro de Claire, tan sereno como el de una e

