Alondra, una scort de lujo

1897 Words
Anton Delacroix cerró la puerta del hotel tras él, su mirada estaba fija en la mujer que acababa de entrar tambaleándose. Alondra Welsch. Ella se apoyó contra la pared, respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba con rapidez, y sus pupilas dilatadas reflejaban la tenue luz del cuarto. Había algo en ella que no cuadraba, pero Anton no le prestó demasiada atención. Para él, todo esto tenía sentido. Horas antes, su socio y asesor personal, Roland Miller, le había dicho al teléfono en una oportunidad que fue al baño en el bar: —Es preciosa, ¿no? Te la recomiendo. Vale cada centavo. Anton había levantado una ceja, sorprendido. —¿De qué hablas? Roland sonrió con complicidad. —No me digas que no te interesa. Es una escort de lujo, muy exclusiva. La puedes tener esta noche sin problemas. Ella está de acuerdo. Anton había mirado a Alondra, que en ese momento reía levemente mientras hablaba con él. Algo en su inocencia aparente le había desconcertado, pero su amigo era un hombre con muchos contactos en los círculos más exclusivos. Si él decía que ella era parte de ese mundo, no tenía razones para dudarlo. Ahora, en la intimidad de la habitación del hotel, Anton notaba que Alondra estaba en un estado extraño. No solo parecía borracha, había algo más. Definitivamente no estaba sobria. —¿Estás bien? —le preguntó con cautela. Alondra giró la cabeza hacia él, como si tardara en procesar sus palabras. Sonrió de una forma que no encajaba con la mujer con la que había estado hablando en el bar. —Por supuesto… —su voz era un susurro. Se separó de la pared y caminó hacia él con pasos erráticos—. Estoy aquí, ¿no? Anton sintió una punzada de duda. ¿Por qué se sentía como si algo estuviera mal? Ella lo rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. Su perfume era una mezcla embriagadora de jazmín y algo más, algo que no podía identificar. Anton pasó las manos por su espalda en un gesto instintivo. —Mmm… huele bien… —Alondra deslizó las manos por su camisa con una lentitud inusual. Anton no era ingenuo. Había estado con muchas mujeres y podía notar cuando algo no estaba bien. ¿Por qué ella actuaba así? Intentó apartarse levemente para mirarla a los ojos. —Si no quieres esto, dímelo. No tienes que hacer nada. Alondra lo miró fijamente por unos segundos y luego soltó una risa suave. —¿Quién dijo que no quiero? Sus manos se deslizaron hasta el primer botón de su camisa y comenzaron a desabrocharlo. Anton sintió que su autocontrol se desmoronaba. La situación se sentía surrealista, como si estuviera dentro de un guión que alguien más había escrito. Lo que él no sabía era que, de hecho, todo eso había sido meticulosamente planeado. Terminó sucumbiendo a la tentación y llevado por el animal que lleva por dentro, curioso de ver que más había en esa bella mujer, le bajó el vestido a Alondra hasta sus pies, dejando frente a sus ojos la escena más real de la sensualidad. Disfrutó de la vista de sus pechos redondos, voluminosos y sus pezones sonrosados, los cuales fueron una invitación a probar de ellos. Como hipnotizado, actuando como un niño hambriento se prendó de ellos en una urgencia por disfrutar su sabor, por escucharla gemir bajo su caricia. Y si bien no estaba tan perdido como Alondra, por el estado de ebriedad, no estaba del todo en su estado más cuerdo. Pues sabía que hacer lo que estaba en pleno acto, podría representar una herramienta para Claire, su esposa, para irse en su contra, lo que pudiera resultarle conveniente en ese momento que su matrimonio estaba en su peor momento. Nada le importaba sino saciarse de la pelirroja que pese a actuar extraño, no dejaba de resultarle un manjar difícil de despreciar y más si ya su socio había pagado por ella. Un tesoro tan preciado no podría irse sin ser valorado como él lo estaba haciendo. No se contuvo y llevó su mano a esa zona que resulta más placentera. Lo que no sabía era que sería bien recibido, y resultó ser tan buena anfitriona que sin reparos le abrió las puertas a la gloria con solo un leve toque de su campana de pasión. Un leve toque y se encendieron las alarmas entre ambos y no hubo ningún extinguidor que apagara la pasión que se desbordó entre ellos. Solo la satisfacción de sus cuerpos fue marcando el cierre de una etapa tras otra en el acto s****l. En la habitación contigua, dos hombres observaban la escena a través de monitores de alta resolución. —La droga hizo efecto. Está completamente perdida. Uno de ellos, un técnico con audífonos, ajustó el zoom de una de las cámaras oculta en la lámpara principal de la habitación. Desde ese ángulo, la vista era perfecta. Cada movimiento de Alondra y Anton estaba siendo grabado. —Claire estará satisfecha. El otro hombre, con un cigarro entre los dedos, asintió con una sonrisa torcida. —Un escándalo como este lo destruirá. Anton Delacroix jamás se recuperará. Mientras tanto, dentro de la habitación, la temperatura seguía subiendo. Anton ya no pensaba en nada más que en la mujer en sus brazos. El deseo era real, pero la manipulación también. Los besos eran cada vez más intensos. Anton la llevó a la cama sin dejar de mirarla, intentando leer en sus ojos algo que pudiera alertarlo, pero solo vio un brillo febril. No había resistencia. No había objeción. Fue entonces cuando, por un segundo, el instinto de Anton gritó en su mente. ¿Por qué todo era tan fácil? ¿Por qué ella parecía estar en otro mundo? Pero Alondra lo tomó del cuello y lo atrajo hacia ella, disipando cualquier pensamiento. La trampa se había cerrado. Horas después, cuando la noche dio paso al amanecer, la habitación quedó en silencio. La cámara continuó grabando, captando los últimos movimientos antes de que todo se apagara. En la habitación contigua, los dos hombres desmontaron el equipo con rapidez. Las imágenes ya estaban aseguradas en un disco duro. —Llévalo a Claire. Esta será su mejor arma, y este el mejor trabajo que hemos hecho en años —advirtió uno de los hombres. —La paga será buena —celebró su acompañante. Anton despertó cuando estaba a punto de amanecer. Sabiendo que debía cuidar su identidad, se alejó de Alondra en silencio, sin despertarla. Se vistió lo más rápido que pudo y abandonó la habitación, dejándola ahí, acostada en el centro de la cama como una diosa, la diosa de fuego que con sus rayos centelleantes lo incitaba a volver a dejarse quemar en sus llamas; pero no podía. Había pasado rato que debió haber salido de esa habitación, pero sumergido en el placer que ella le dio, terminó excediéndose. Le dio una última mirada antes de lanzarse apresurado por los pasillos del hotel y tomar la salida de emergencia donde salió hacia la calle aún oscura de Manhattan y con solo estirar su mano detuvo un taxi para salir de ese lugar. Bajo la noche fría, llegó a la casa que comparte con Claire y se dirigió a su habitación. Llevan seis meses durmiendo en camas y habitaciones separadas. La vida de ambos se ha convertido en un campo de batalla donde las dudas y los reproches son el pan diario. Un mínimo detalle entre ellos que lleve a un desacuerdo, se convierte en una discusión interminable que solo encuentra su cese cuando uno de los dos abandona la casa por horas. Así, Anton ha terminado en la cama de cualquier cantidad de mujeres desconocidas buscando paz, buscando olvidar el tormento en el que su vida se convirtió en un infierno en los últimos dos años y que encontró su punto más álgido con las amenazas que él hacia ella pidiéndole el divorcio. Para su sorpresa, Claire no acepta el divorcio, pero su vivir una vida amarga y agónica. Ha preferido vivir en el infierno que darle libertad. Así se lo ha hecho saber muchas veces en los últimos meses. —¡Primero muertos que divorciados! —exclamó con odio—. No te voy a dar el gusto de que busques ser feliz con ninguna otra —prometió—. Si no supiste hacerme feliz a mí una mujer que lo tiene todo, menos lo harás con otra maldito imbécil, ¡Ni para hacer hijos sirves! —espetó con sorna. Esta última acusación era su oración en cada discusión. Le restregaba el que en los años que llevan casados no ha podido convertirla en madre, y eso era algo que pesaba en la conciencia de Anton, se veía cada vez más atormentado porque ella tenía razón. No era feliz con ella, sin darse cuenta de un momento a otro se le murió el amor, la admiración que sentía por ella, y para colmo descubre que cuando buscaban salvar su matrimonio él no era apto para procrear. Tamaña deficiencia en un hombre, y más uno como él que tiene poder, reconocimiento, dinero y fama, pero no algo tan simple como sembrar su semen en el vientre de la mujer que ha deseado darle hijos. Acepta que en parte él es culpable de la amargura de Claire, y por eso quiere darle libertad, solo que ella de un modo un tanto enfermizo se niega a ceder. No entiende que la solución a sus problemas está en la separación. Un divorcio pacífico, y de mutuo acuerdo solucionaría muchos de los males que ambos habían ido afrontando por esos dos años, pero ella cerrada en su razón no lo quiere ver, prefiere consumirse en la miseria del odio. Al ingresar en su habitación colocó el pestillo de seguridad para no ser molestado, quería descansar, y de ser posible, recrear en su mente el momento tan placentero que acababa de vivir con la espectacular pelirroja que le robó el aliento. —¿De dónde te sacó Roland? —preguntó Anton en un susurro cuando emitido bajo la ducha al recordarla sintió deseos renovados de poseerla y no le quedó más opción que ayudarse a bajar la fiebre que subió de un solo golpe a su nivel más alto y llevó a su virilidad a erguirse de manera dolorosa, por lo que optó por cerrar los ojos, recordar su cuerpo, y sus exquisitos labios y entregarse a la caricia de la autocomplacencia. Mientras Anton se afanaba en vivir ese momento, en el hotel Alondra, con la ayuda de tres mujeres y dos hombres luego de que le rociaron un poco de líquido para hacerla dormir aun más fue trasladada envuelta en sábanas blancas a su habitación. por la hora no había nadie que les pudiera delatar. Todo había sido cuidadosamente planificado. la orden era que un mínimo error les costaría más que la vida, la imposibilidad de trabajar en ningún lugar en Estados Unidos y la expulsión de sus hijos de cualquier institución educativa. Es decir, para ellos sería la muerte casi civil. Alondra, fue dejada en su habitación, aparentemente sana y salva. Solo el paso de los días dejaría ver qué secuelas pudo haberle dejado el exceso de drogas que le habían suministrado y bajo dosis no controladas, sin que ella lo supiera.
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