Negar que lo que acababa de suceder entre ellos le daba una sensación de felicidad a la que no quería darle riendas sueltas, sería mentirse. Y Antón no era de los que se mentían. No lo negaba, lo sabía, lo sentía latiendo en cada poro, pero tampoco quería exteriorizarlo. No debía. Sentía que no le convenía, que darle forma con palabras haría que esa felicidad se volviera vulnerable… como él. La habitación estaba sumida en una penumbra tibia. La única luz venía del buró, un pequeño halo amarillento que delineaba los bordes de los muebles, las sábanas revueltas y los cuerpos aún tibios. El silencio era denso, cargado, como si temieran romper algo si se atrevían a hablar demasiado alto. Alondra, encogida en los brazos de Antón, le daba la espalda. Miraba sin mirar hacia el buró, perdida en

