El sol de la tarde bañaba las calles adoquinadas de Roma con un resplandor dorado. Desde la ventana del pequeño departamento que Alondra compartía con su hija, el mundo parecía un cuadro en movimiento: turistas paseando, músicos callejeros tocando melodías melancólicas y el murmullo de una ciudad que nunca dejaba de respirar historia y arte. Alondra observaba a Iramil, su pequeña de rizos oscuros y ojos color miel, corretear por la sala con una risa contagiosa. Estaba por cumplir el año de edad, y ya caminaba sin apoyo. La niña, vestida con un vestido blanco y sus piecitos al descubierto, sostenía un osito de peluche con la misma firmeza con la que se aferraba al amor de su madre. —Mamá —la llamó con una sonrisa mientras se trepaba a la silla más cercana. Al quedar sobre esta intentó pon

