[“No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.” - Walt Whitman]
En la quietud de su dormitorio, Alba colocó su bastón a un lado y, con la familiaridad de siempre, contó mentalmente los pasos hasta llegar a su cama. Se sentó lentamente, dejando que los recuerdos compartidos fluyesen a través de su mente. Una sonrisa se dibujó en su rostro al reconocer las emociones que la noche había despertado en ella; emociones que, hasta entonces, habían permanecido dormidas.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de un mensaje entrante: era un audio de Emiliano. Escuchó atentamente; su sonrisa creció y, al recostarse en la cama, puso el celular sobre su pecho, al compás del ritmo de su propio corazón.
—Veintiséis puertas —murmuró.
Al cabo de unos minutos, con su respiración y su corazón ya normalizados, Alba se incorporó lentamente, dejando que sus manos la guiaran en la oscuridad de su minúscula habitación. Con pasos seguros y memorizados, llegó al baño sin dificultad, una rutina que había perfeccionado con el tiempo. Se desvistió con la misma confianza con la que enfrentaba cada día, permitiendo que el agua caliente de la ducha eliminara el frío, así como las tensiones de su cuerpo y mente.
Al mismo tiempo, Emiliano cerraba la puerta tras de sí, adentrándose en la cálida luz que inundaba la habitación. Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos por un momento, recordando el rostro de la pelirroja que guardaba en su memoria, su sonrisa y su fortaleza. Apagó la luz, dejó que la oscuridad lo envolviera y caminó hacia su cama, intentando comprender el mundo de Alba. Tropezó, chocando contra la cama, y soltó un grito ahogado.
Mientras frotaba su rodilla adolorida, Emiliano reflexionó sobre la noche. Admiraba aún más a Alba, no solo por su belleza y su talento, sino por su capacidad de navegar un mundo que él apenas podía manejar incluso con luz.
Alba terminó de ducharse y, con su pijama ya puesto, se deslizó entre las sábanas de su cama, mientras el cansancio del día acunaba su conciencia. En el borde entre el sueño y la vigilia, su mente tejió la imagen de Emiliano, un rostro que nunca había visto y, probablemente, que nunca vería, y que era solo el producto de su imaginación.
De pie en medio de su habitación, Emiliano pensó: “Veintiséis puertas”. Una distancia tan corta y, a la vez, un mundo aparte. Con esa reflexión, se cambió a su ropa de dormir y se deslizó bajo las sábanas, dejando que el silencio de la noche lo envolviera.