[“Cada encuentro es una nueva oportunidad para sentir.” - Hermann Hesse]
El amanecer trajo consigo un nuevo día y, con él, los primeros pensamientos de Emiliano y Alba se entrelazaron con las vivencias de la noche anterior. Casi como si estuvieran sincronizados por un reloj invisible, ambos se estiraron en sus camas.
Con una sonrisa aún persistente en sus labios, Alba alcanzó su celular y dictó:
Enviar audio a Emi. ¡Buenos días! Enviar —dictó con un tono cálido y la voz un poco ronca.
Emiliano, por su parte, con la imagen de Alba aún fresca en su mente, tomó su teléfono sin dudarlo y se sentó en la cama para enviarle un mensaje.
¡Buenos días! —dijo con una voz alegre que reflejaba una sonrisa que Alba no podía ver, pero seguramente podría sentir.
En un momento de coincidencia sorprendente, ambos enviaron sus audios al mismo tiempo. Al recibirlos, cada uno pensó, por un instante, que se había enviado su propio mensaje, hasta que la voz del otro llenó cada una de sus habitaciones. La risa de Alba resonó suavemente, mientras que la de Emiliano era más audible, marcada por la sorpresa y el deleite.
Era un comienzo perfecto para el día, una confirmación de la conexión que habían creado. Estaban a veintiséis puertas de distancia, pero en ese momento, tan cerca como si estuvieran uno al lado del otro.
Emiliano se levantó de la cama y se dirigió a la ducha, permitiendo que el agua caliente despertara sus sentidos y preparara su mente para el nuevo día.
Al salir, se aplicó un poco de su habitual fragancia, recordando lo que Alba había dicho sobre poder reconocerlo por ese aroma distintivo.
Frente a su armario, Emiliano se detuvo un momento, considerando qué ropa podría hacerlo ver más atractivo. Tras una breve reflexión, se avergonzó de la tonta idea y optó por la simplicidad: una camisa a cuadros y unos jeans. Se acordonó los borcegos, tomó un abrigo y se sentó en la silla de su pequeño escritorio, rodeado de libros y cuadernillos. Su mirada se posó en el saxofón que descansaba en su soporte, y una idea comenzó a tomar forma en su mente: hoy le tocaría algo a ella. Con esa idea aún presente, tomó su teléfono y envió un nuevo mensaje de audio a Alba.
¿Desayunamos? —preguntó, con la anticipación de un nuevo encuentro resonando en su voz.
Alba, ya vestida, se sentó en el borde de la cama, envuelta en una sensación de expectativa. No sabía exactamente qué esperaba hasta que el sonido de un mensaje entrante rompió el silencio de la habitación. Era Emiliano. Al escuchar su invitación, respondió sin dudarlo.
Responder audio a Emi. Sí, me encantaría. Enviar.
Podrían desayunar en la cocina comunitaria, pero lo cierto era que él quería invitarla a salir del campus. Era domingo y el sol brillaba; aunque ella no pudiera verlo, él creía que, de todas maneras, con sus sentidos exacerbados, ella podía percibir la belleza del día.
Con prisa, Emiliano abandonó su habitación mientras se ponía el abrigo. En el pasillo, se cruzó con el celador, cuya intensa mirada le hizo aminorar el paso.
—Buenos días —dijo Emiliano.
—Buenos días —respondió adusto el hombre.
Luego, con los ojos cerrados, avanzó por el corredor, deslizando su mano a lo largo de la pared, contando las puertas hasta llegar a la de Alba. Al alcanzarla, golpeó tres veces y, al abrirse, también abrió sus ojos. La vio allí, radiante, con una amplia sonrisa y el cabello recogido en un rodete desenfadado. Llevaba un polerón terracota de textura peluda que, aunque no lograba identificar, complementaba su cabello a la perfección. Se preguntó cómo escogía la ropa, todo en un instante efímero.
—¡Hola!
—¡Hola! —respondió de inmediato Emiliano con una mezcla de nerviosismo y emoción. Se detuvo un momento antes de volver a hablar—. ¿Te gustaría salir del campus hoy? —preguntó con optimismo—. Sería una pena no aprovechar el día para disfrutar del sol y el aire fresco.
Alba, sorprendida por la inesperada propuesta, sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido.
—¡Sería genial! Siempre quise explorar los alrededores, pero sola no es fácil —contestó con alegría.
Al salir del campus, Emiliano no pudo evitar notar cómo la luz del sol se reflejaba en el cabello de Alba, otorgándole un brillo cobrizo especial.
—Me impresiona tu habilidad para elegir colores que te favorecen, incluso sin poder verlos —comentó admirado, y Alba se rio suavemente.
—Bueno, tengo mis truquitos… pero no puedo revelarlos —proclamó, graciosa.