ALESSANDRO Volver a casa después de días de sangre y fuego… no era paz. Era enfrentar el otro incendio. El que me quemaba por dentro desde que Elena se volvió hielo. No había en la habitación ni rastro de ella. Solo el puto silencio. Ese que me hacía doler las encías de tanto apretar la mandíbula. —¿Dónde está Elena? —le solté a la chica del servicio. —En la alberca, señor… Y ahí me fui. Crucé el jardín, sintiendo cómo el corazón me martillaba el pecho como un maldito tambor de guerra. Entonces los vi. Ella. Y él. Uno de mis trabajadores. Un maldito crío con camisa desabotonada y cara de idiota, poniéndole bloqueador a Elena. Muy cerca. Más cerca de lo que debía estar cualquier hombre que no quiera morir joven. Le estaba rozando la cintura. La espalda baja. Los dedos le bajar

