Hacía un día precioso y soleado y caminábamos muy cerca el uno del otro paseando por el centro comercial al aire libre. De vez en cuando me rodeaba con el brazo y por momentos me sentía casi como una colegiala otra vez. En algún punto del camino nos detuvimos y cada uno disfrutó de un frappuccino, sentados a la puerta de una de las cafeterías locales. No pude evitar preguntarme si alguno de los desconocidos que pasaban por delante de nosotros vería en mis ojos la expresión de satisfacción y felicidad de —acabamos de follar—. Quizá nos confundieran con una pareja de enamorados, pensé. Yo parecía más joven que mi edad y mi hijo podía pasar por alguien mayor... —Así que—, Arturo interrumpió mis pensamientos poco prácticos. —¿Supongo que era la tía Lucy con la que hablabas por teléfono antes

