NIKO Abro los ojos y embobado la miro. En el medio de la música, la multitud que no para de moverse de un lado a otro, y el olor a rancio que desprenden quiénes borrachos, bailan; lo único que puedo hacer, es mirarla. Incluso creo que se me cae la baba; que late mi corazón, mis sienes y hasta mi entrepierna sólo de verla, de sentirla cerca, de descubrir frente a mí a una rubia totalmente distinta de la que me cautivó aquella noche en que la conocí. —¿Y bien? —dice con molestia, cruzándose de brazos, y haciendo que la tela de su camiseta se suba más; mucho más; demasiado. —Y bien qué —escupo, tajante, sin poder quitar los ojos de su abdomen, de su vientre plano y de la forma en que sus caderas se muestran con provocación; como un espectacular reloj de arena; con curvas que parecen es

