Una vez fui una joven hermosa, llena de amor y vida. Mi piel, blanca como el lirio, era suave y cálida. Mi estómago estaba hinchado con vida nueva, y mi mano era sostenida por mi esposo, Edward. Edward era un buen hombre. Nos casamos jóvenes, en la primavera, cuando el aire estaba impregnado con la esencia de los árboles floreciendo y la tierra húmeda con el rocío. Recuerdo cómo sonrió cuando levantó mi velo, como si me hubiera visto por primera vez. Sus ojos eran suaves y azules, y se arrugaban de los costados cuando me decía que me amaba. ¿Cómo podría haber sabido que ese hombre se convertiría en mi perdición? Ese hombre gentil, amable, cuyo amor me dio tanta vida que quizá habría vivido por siempre. El invierno llegó y mi estómago se abultó con el fruto de nuestro amor. Los vientos fr

