El sol de la mañana se colaba a través de las grandes ventanas de la mansión Salvaterra, bañando de luz cálida los pasillos adornados con mármol blanco y tapices de lujo. Alice, aún con la sensación del día anterior en su mente, se despertó con una sonrisa satisfecha. Aunque no lo admitiera, había algo en la actitud imperturbable de Dere que había comenzado a molestarla. Nadie nunca la había desafiado de esa forma. Nadie la había tratado con esa indiferencia tan absoluta. Y, como era de esperar, Alice no podía soportarlo. — Hoy será diferente — pensó mientras se levantaba de la cama, su cuerpo esbelto y alargado moviéndose con gracia. Sabía que no podía permitir que Dere siguiera ignorándola. No lo iba a permitir. Se puso un conjunto ligero y elegante para el desayuno. Una blusa de seda

