Capítulo 10

2348 Words
*Año 1901* Aquella chica había regresado a su época, todo estaba normal y de nuevo el sol estaba iluminando, señal de que cuando se ponía oscuro solo ocurría en la biblioteca. — Llegamos — dijo Elizabeth viendo a su lado, aquella chica realmente esperaba poder viajar con su nuevo amigo y que conociera un poco sobre lo que pasaba en su tiempo, pero se dio cuenta que no había llegado con nadie, si no ella sola. Viajar juntos a la misma época, sería muy difícil para ambos jóvenes. — Oh, creo que debemos llegar a nuestras respectivas épocas, las cuales son épocas totalmente diferentes, creo que es justo — dijo Elizabeth un poco decepcionada dado que a pesar de que aquella biblioteca conectaba dos épocas muy distintas, ella no sería capaz de ir a la otra, pero le hacía muy feliz poder conocer a Elliot, aquel joven que le daba mucha tranquilidad a aquella chica, pero era algo que no se podía explicar como podría suceder, ya que ella sabía que era una chica muy tímida y no hacía amigos con mucha facilidad, en realidad aquella biblioteca fue mágica al poder hacer que ellos dos se pudieran conocer. Elizabeth empezó a caminar poco a poco, aquella joven seguía sorprendida por todo lo que había logrado pasar ese día, todo era como un cuento de hadas, uno del que nunca quisiera salir, pero hay que tener cuidado con lo que deseas, a pesar de todo y aún así, aquella joven sentía un vacío muy grande dentro de ella, ya que cuando regresará a su casa, su sufrimiento regresaría, ella no quería casarse con su primo y seguir pensando en eso, le daba muchas náuseas. Después de un poco de estar caminando, por fin había llegado a su casa, Elizabeth se detuvo de repente a unos cuantos metros antes de llegar a su casa. Aquella joven se quedó observando por unos minutos su hogar, de pronto una pequeña lágrima salió de su ojo derecho. Elizabeth soltó un gran suspiro — No debo llorar, debo de ser fuerte, demostrar que nada de esto me podrá apagar — dijo aquella joven con una leve sonrisa, se notaba que Elizabeth estaba triste y de gran manera, pero aún así quería ser fuerte. Elizabeth después de unos cuantos minutos, por fin se había decidido a entrar a su casa, a regresar a su cruel destino. Elizabeth entro muy rápidamente y como si nada hubiera pasado, ella esperaba que su madre no se diera cuenta de su repentina salida. Después de poco tiempo, aquella joven había llegado a su habitación, en la cuál pudo soltar un gran suspiro de alivio. — Estuvo muy cerca — dijo entre susurros Elizabeth. Pocos minutos después, alguien empezó a tocar la puerta de su habitación. — Cariño, es hora de comer — dijo una voz dulce al otro lado de la puerta, la ama de llaves estaba llamando a Elizabeth para que pudiera ir a disfrutar de sus alimentos. La joven se acomodo un poco el vestido y se dirigió al comedor. De pronto ella pudo ver a alguien que por mucho tiempo no había visto, ella estaba muy emocionada. — Oh querido padre, haz vuelto — dijo muy cortésmente para luego hacer una reverencia. El padre de aquella joven se paró y la abrazo con mucha fuerza. — Te extrañe cariño — dijo aquel hombre que vestía formalmente mientras le susurraba en el oído a su pequeña y única hija. — Bueno, a comer — dijo la madre de Elizabeth sin tomarle importancia a las muestras de cariño de padre e hija. Todos obedecieron y rápidamente se sentaron en las sillas para poder comer. Plato tras plato iban entrando e iban siendo puestos en el lugar de cada uno de los integrantes de aquella familia. — Cariño, me dijo tu madre que casi está todo listo para la boda — dijo el padre de aquella joven con una ligera sonrisa, al parecer a él no le agradaba del todo la idea. — Eso creo — dijo aquella joven mientras tragaba saliva — pero ¿Le dijo quien era mi prometido ?— pregunto aquella niña con una ligera lágrima. — Oh, eso no me lo dijo, ¿Quién es?— pregunto el padre de Elizabeth mientras miraba a su esposa de repente. La madre de Elizabeth se estaba poniendo un poco nerviosa y roja. — Loius— soltó de repente aquella mujer con la voz temblorosa. El padre de Elizabeth se notaba muy sorprendido y rápidamente se paró y dio un manotazo en la mesa — ¿Su primo?, es inaceptable, me niego, es mi hija— dijo el padre de Elizabeth muy enojado. — Un padre que nunca a estado presente en su vida, yo solo busco lo mejor para ella y lo mejor será casarse con su primo, el cual tiene una gran fortuna — dijo la madre de Elizabeth sin tomarle tanta importancia y comiendo un poco de la comida que tenía en su plato. — TRABAJO PARA PODERLES DAR TODOS LOS LUJOS QUE TIENEN— dijo aquel padre furioso. — Eso ya no está en mis manos, las invitaciones están hechas y no hay nada que se pueda hacer, si me disculpan, mi comida fue arruinada, muchas gracias — dijo aquella señora mientras se paraba de su asiento y se limpiaba la boca con una servilleta, la cuál después de terminarse de limpiar, la dejo en el plato. —Perdon hija por no poder defenderte — dijo el padre de aquella joven intentando contenerse las lágrimas. — No te preocupes p**i, quisiera que mi madre recapacitara, si me permites me ire a dormir, a sido un duro día, te amo — dijo Elizabeth mientras se paraba y le daba un beso en la mejilla a su padre acompañado de un fuerte abrazo. — También te amo cariño — dijo el padre de aquella joven a su hija mientras le daba pequeñas palmaditas en las manos. Elizabeth de repente se separó del abrazo de padre y muy rápidamente se dirigió a su habitación, a la cuál llegó en pocos segundos. Aquella joven lloro durante mucho tiempo en su habitación, hasta quedar dormida. Las horas pasaron y de nuevo era de día, Elizabeth decidió irse a bañar y a vestir, ahora portaba un bello vestido color vino, esponjado. Ella no sabía que hacer, seguía muy triste por todo, así que agarro su caperuza y vio que nadie la estuviera observando, al percatarse de que esto no pasaba, se fue de inmediato. Elizabeth hizo un gran recorrido a unos kilómetros de su casa, ella quería caminar un poco y poder despejarse de todo, quería olvidarse de todo lo que le estaba pasando, solo por un momento. Después de un largo tiempo de reflexión, llegó a su casa, la vio por unos minutos por fuera, esa caminata no había cambiado nada de lo que sentía, Elizabeth por fin se había decidido a entrar en su casa. Aquella joven agarro el picaporte de la puerta principal de su casa e intento entrar muy silenciosamente, Elizabeth había salido sin permiso y sabía que eso le podría traer problemas, por lo cual intentaría entrar cuidadosamente y sin alertar a su madre o a alguien más. Elizabeth lentamente entro a su casa y con mucho cuidado, cerró la puerta, aquella joven no hizo ruido alguno, así que soltó un gran suspiro de alivio, la primera parte ya la había logrado pasar, solo faltaba llegar a las escaleras y subir rápidamente a su habitación. Aquella joven hizo una pequeña sonrisa y poco a poco se dirigió a las escaleras para poder subir a su habitación. Pasaron solo segundos para que aquella joven muy pronto se encontrará a punto de entrar a su cálida habitación, eso la ponía un poco feliz, ya que al entrar no tendría que escuchar los reproches de su madre. Todo estaba saliendo perfecto, Elizabeth ya se estaba saliendo con la suya, rápidamente aquella joven estaba por entrar a su habitación, ya había abierto la puerta, cuando algo la detuvo, era una voz proveniente de su lado izquierdo, aquella voz provenia de alguien a quien aquella joven conocía bien. — ¡Alto ahí señorita!— se escuchó a unos cuantos metros de Elizabeth en upequeño grito. Elizabeth cerró un poco los ojos y se mordió el labio inferior, para luego poco a poco irse dando una vuelta y lentamente abrir de nuevo los ojos. Elizabeth al encontrarse con los ojos de aquella persona se había puesto pálido. La joven Elizabeth hizo una pequeña reverencia y de nuevo se puso recta para luego tragar saliva. — ¿Si, Madre?— pregunto aquella niña muy nerviosa. — ¿De dónde vienes?— pregunto aquella señora muy enojada mientras miraba a su hija con seriedad y se cruzaba de brazos. — Yo, solo, solo fui a tomar aire fresco— dijo Elizabeth muy nerviosa, aunque en cierta forma sabía que no era mentira, dado que si era cierto que tomo aire fresco y necesitaba despejarse de sus problemas. — No te creo — soltó de repente la madre de aquella joven. — Es cierto madre — soltó aquella joven de repente. — Pregunté a todos los de la servidumbre y negaron haberte visto, será mejor que me hables con la verdad, no quiero mentiras — dijo aquella señora con seriedad. — Madre, es la verdad, quería tomar algo de fresco— dijo aquella joven mientras miraba a su madre intentando hacer que aquella señora le creyera. — Se que mientes — soltó la madre de Elizabeth de repente, la cuál no le creía en lo absoluto a su hija. — Madre, créeme por favor — dijo Elizabeth un poco asustada y entre súplicas, ella quería que su madre confiara en ella aunque fuera solo una vez. — Solo preguntaré una vez más y contéstame con la verdad ¿Dónde estabas ?— dijo la madre de aquella joven cada vez más enojada y fastidiada. — Madre, es cierto que salí a tomar aire fresco, pero no afuera de la casa, salí a unos cuantos metros de la casa — dijo aquella niña cabizbaja, aunque no le dijo toda la verdad a su madre dado que no había sido solo a metros, si no a kilómetros, pero su madre no tenía por qué enterarse de eso, dado que si lo hacía, sabía que nada bueno saldría de eso, pero no quería averiguar que podría pasar. — ¿Cuántas veces te he dicho que no salgas a las afueras ?— dijo la madre de Elizabeth muy furiosa, se podría ver qué aquella mujer irradiaba un fuego imaginario de sus ojos, realmente estaba molesta. — Solo fue un rato madre — dijo Elizabeth mientras tragaba saliva. — Un rato, luego será un día, después tal vez será ¿Que tomes tus propias decisiones?, No cariño, yo decido sobre ti, tú no puedes decidir que hacer y que no— dijo aquella señora mirando fijamente a su hija. — Madre, eres muy dura conmigo — dijo aquella chica sin alzar la cabeza, mientras que una lagrima caía en aquel gran piso. — Dura o no, no me importa en realidad, solo con que seas buena niña y me hagas caso en todo lo que te diga, estaré bien, tu tienes que obedecer nos a nosotros — dijo de repente la madre de Elizabeth. — Madre, soy tu hija, te obedezco en todo y también se que quieres que me case, pero por favor, con mi primo no, eso me rompe por dentro — dijo aquella joven mientras alzaba la mirada de repente, sus ojos se notaban llorosos, aquella chica ya no lo soportaba más, aquella joven se había quebrado. — Cariño, esto no está a discusión, el compromiso está arreglado y será en tres meses— dijo la madre de Elizabeth un poco más tranquila. — ¿Tres meses?— pregunto sorprendida Elizabeth. Aquella chica no se esperaba que el compromiso fuera tan pronto y eso le dolía más. — Si cariño, el vestido está listo y no está a discusión, la fecha ya está establecida y no habrá cambios  — dijo repentinamente aquella señora. — Madre, no puedo — soltó aquella chica mientras lloraba muy amargamente. — Oigame señorita, usted no puede decidir por su cuenta, yo tengo el poder sobre ti, eres mi hija — dijo la madre de aquella joven muy enojada. Elizabeth no lo pudo soportar más, aquella joven estaba llorando demasiado, todo esto le dolía muy dentro de ella, así que aquella joven solo asintió y rápidamente bajo las escaleras sin poder decir palabra alguna, ella no quería seguir escuchando lo que su madre decía y repetía, ¿Casarse?, Ella se negaba y su familia no lo entendía. — ¡Elizabeth! — se escuchó un gran grito por parte de la madre de Elizabeth la cuál se asomaba por las escaleras. Aquella joven no hizo caso alguno a su madre y por la puerta principal salió corriendo. Elizabeth no quería saber nada en esos momentos, estaba muy triste y sumamente dolida por todo lo que pasaba. Aquella chica solo quería olvidarse de todo, así que pronto pensó en aquel lugar donde creía podía olvidar todos sus problemas, donde de sumergiria en un lugar de magia, ella estaba regresando a la biblioteca, realmente aquella joven quería hablar con su primo de todo lo que sentía en esos momentos, ella quería poder romper el compromiso, pero sabía que sería imposible, dado que su madre y tía los estaban obligando y no podían poner objeción alguna, por más que lo intentarán, ninguno de sus padres aceptarían un no y por más que quisieran deshacer aquel matrimonio, ella no podría, en cierta forma ellos dos nunca se ocultaban nada, pero Elizabeth no quería que su primo se sintiera mal si le contaba sobre como ella se sentía, Elizabeth pensaba que sería un poco egoísta pensar que solo ella tenía problemas, ya que su primo también debía de estar sufriendo por todo lo que estaba pasando.
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