EL ENCUENTRO INESPERADO
Sakura y Gaudi continuaban su marcha por los caminos inexplorados de Adamah, llevando consigo el antiguo papiro y la profecía descubierta en la Ciudad Perdida. La atmósfera a su alrededor se volvía cada vez más mística, como si el propio reino los observara con atención. La espada mágica Luminis centelleaba suavemente con cada paso, como si estuviera respondiendo a la creciente energía mágica que los rodeaba.
Mientras atravesaban un extenso y enigmático bosque, Sakura sintió una vibración especial en el aire. Cerró los ojos, extendió la palma de su mano y percibió cómo la energía fluía desde la tierra hasta las copas de los árboles. Una presencia… cercana, cálida, extrañamente familiar.
—Por aquí —susurró, guiándose más por su intuición que por la lógica.
Avanzaron entre raíces retorcidas y sombras espesas hasta que vieron una silueta entre los árboles. Era un joven alto, de cabello castaño claro y mirada profunda. Al verlo, Sakura se detuvo en seco: su rostro… era similar al de Serenidad.
El joven también se sorprendió. Dio un paso adelante y sus ojos se cruzaron con los de Sakura.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con precaución, aunque sin hostilidad.
—Me llamo Sakura. Él es Gaudi. Estamos buscando a dos personas: Serenidad y Amelia —dijo ella, con la voz calmada pero firme.
El joven parpadeó, como si no pudiera creer lo que oía.
—Yo me llamo Lans… y también estoy buscando a Serenidad —dijo, bajando la guardia. Miró a Sakura con atención—. Te pareces mucho a ella.
—Es mi hermana —respondió Sakura, dando un paso más cerca.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado de significado. Fue Gaudi quien rompió la tensión, explicando con brevedad la profecía, el descubrimiento en la Ciudad Perdida, y cómo todos parecían estar conectados por un hilo invisible.
Lans escuchó sin interrumpir. Aunque escéptico al principio, las piezas comenzaron a encajar. La conexión que sentía con Serenidad, los sueños que lo habían perseguido, y ahora este encuentro.
—Tal vez… tal vez no es una coincidencia que estemos aquí —dijo finalmente—. Tal vez estamos destinados a encontrarnos.
Así, los tres decidieron unir fuerzas. El encuentro inesperado había marcado un nuevo comienzo. Caminaban hacia lo desconocido, sí, pero ahora lo hacían juntos. La esperanza brillaba tenuemente entre las sombras del bosque, como una chispa de destino que comenzaba a arder.
EL PESO DEL REINO
Mientras avanzaban por senderos ocultos en los bosques de Adamah, la marcha de Sakura, Gaudi y Lans se volvió silenciosa. Cada uno estaba sumido en sus pensamientos, pero era Lans quien cargaba el mayor peso. No era solo la búsqueda de Serenidad lo que le preocupaba, ni siquiera el misterio que envolvía a los astros. Era el peso invisible pero aplastante de su pasado, de su linaje, y de un reino que esperaba demasiado de él.
Desde que era un niño, Lans había sido preparado para ser heredero del trono de Isagar. Su vida había estado marcada por la disciplina, las expectativas y una serie interminable de lecciones sobre política, diplomacia y estrategia militar. Pero ninguna de esas enseñanzas lo había preparado para la conversación que había tenido con su padre antes de emprender este viaje.
Aquella noche, una tormenta azotaba el castillo de Isagar. Relámpagos rasgaban el cielo como si los propios dioses disputaran una guerra. Lans había encontrado a su padre, el rey Arman Eliot, solo en la sala del trono, observando el aguacero desde los ventanales.
—Padre —dijo con voz temblorosa—. He tomado una decisión. Buscaré a una esposa. Cumpliré con mi deber.
El rey se volvió lentamente, y en sus ojos cansados brillaban emociones que Lans rara vez había visto: remordimiento, nostalgia, amor… y miedo.
—Hijo… —murmuró—. El peso de un reino no se lleva solo sobre los hombros. Se arrastra en el alma.
Lans frunció el ceño, desconcertado. El rey se levantó y caminó hasta él. No como un monarca, sino como un hombre vencido por los recuerdos.
—He cometido errores, Lans. Errores que cambiaron el curso de nuestro reino. Hace muchos años, me enamoré de una mujer que no era tu madre. Su nombre era Ana… la reina de O’Connor.
Lans sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Había oído historias sobre la trágica caída del reino vecino, pero jamás imaginó que su padre estuviera relacionado con ello.
—Ana era la esposa de mi mejor amigo —continuó el rey—. Mi amor por ella fue un fuego que no pude controlar. Me cegó. Tomé decisiones de las que jamás podré redimirme. Esa traición, esa pasión prohibida… causó su muerte y la del rey O’Connor. Y así, tomé el trono de Isagar no solo por deber… sino también por culpa.
Las palabras cayeron como piedras sobre el corazón de Lans. Su padre no era solo un rey; era un hombre marcado por el arrepentimiento, un ser humano que había sacrificado su alma por amor y ambición.
—¿Y qué esperas de mí? —preguntó Lans con voz quebrada.
—Que seas mejor que yo —respondió Arman—. Que no permitas que el poder te robe el corazón. Que elijas el amor verdadero, pero no a costa del deber. Que restaures lo que yo rompí.
El silencio se apoderó del salón, interrumpido solo por el rugido de la tormenta. Esa noche, Lans no durmió. Y al amanecer, partió en su viaje con el alma dividida entre el deber y la culpa heredada.
Ahora, mientras recorría las sendas con Sakura y Gaudi, esos recuerdos lo perseguían como sombras. El rostro de Ana, que solo conocía por retratos antiguos, se entrelazaba en su mente con el de Serenidad. ¿Estaría condenado a repetir los errores de su padre? ¿Era su amor por Serenidad una debilidad… o su salvación?
Sakura, percibiendo la tormenta emocional en su hermano, caminó a su lado con suavidad.
—Estás cargando demasiado solo —dijo ella sin mirarlo—. ¿Sabes que no tienes que hacerlo, verdad?
Lans no respondió de inmediato. Al fin, exhaló profundamente.
—Mi padre me confesó cosas que no sé si podré perdonar. Me hizo prometer que no repetiría su historia. Pero… a veces siento que el destino quiere arrastrarme por el mismo camino.
—El destino no es una jaula —respondió Sakura—. Es un mapa. Y tú puedes decidir por dónde caminarlo.
Gaudi, que había permanecido en silencio, añadió con seriedad:
—Ninguno de nosotros es solo un heredero, un guerrero o una profecía. Somos más que lo que el mundo espera de nosotros. Somos los que elegimos ser.
Lans los miró con gratitud. En ese momento comprendió que sus compañeros no eran solo aliados. Eran su ancla. Su familia elegida. Y con ellos, tal vez podría redimirse del pasado de su padre… y construir un futuro mejor.
Mientras el sol caía lentamente detrás de los árboles y el cielo se teñía de naranja, Lans levantó la mirada. El peso del reino seguía allí, sí, pero ya no era insoportable. Porque ahora sabía que no caminaba solo… y que aún podía elegir su propio destino.