Capítulo 3
Adeline
Erick permaneció a mi lado, como un esposo atento, paciente y amoroso. La primera semana fue extraña. Era difícil, ya no tenía privacidad, al menos no tanta como antes. Compartía la habitación con un hombre que era mi esposo, el padre de mi bebé y aun así sentía que estaba con un completo desconocido.
Se suponía que debía estar feliz, que debíamos parecer una pareja de recién casados, pero yo no sabía qué hacer, no sabía cómo tratarlo. Si estaba atada a este matrimonio era por el bebé y porque mi padre así lo había decidido.
“No tienes que esforzarte por nada. Yo no te voy a forzar a nada. Todo estará bien, estaremos bien Addie. Vamos poco a poco”. Me decía Erick, quería creerle, pero creo que ya nos habíamos saltado la parte del poco a poco.
Creo que él espera que sea una esposa con todas sus letras, con todo lo que eso requiere, con todas sus obligaciones. No sé si eso será lo mejor, pero si quiero que el bebé sea feliz al menos debo intentarlo. Aunque quizás yo no logré ser feliz, pero no entendía que si yo no lo era… mi hijo tampoco lo sería.
Cómo madre cometería errores, por amor y por obligación.
…
Erick y yo habíamos hablado sobre la universidad, ya que yo aún estaba estudiando. No había terminado el semestre y el muy comprensivo me dijo que si yo quería seguir que lo hiciera, él me apoyaría en todo. Así que seguí estudiando. Si Erick me apoyaba yo terminaría mi carrera, y pronto también podría tomar el puesto que me corresponde en la empresa familiar o eso creí hasta que ví aquellos documentos.
Ese día fui hasta la empresa, ignoré a la asistente de mi padre e ingresé a su oficina furiosa y dolida.
—¿Qué significa esto?
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Papá ni siquiera levantó la mirada de los documentos que tenía frente a él.
—Significa exactamente lo que estás viendo, Adeline.
No podía creer que él estuviera haciéndome esto.
Apreté el folder entre mis manos.
El nombramiento era claro.
Erick Montreux— Director Ejecutivo Adjunto.
El puesto que durante años creí que sería mío.
—Ese puesto… —tragué saliva— me lo prometiste.
Ahora sí levantó la mirada.
Pero no había duda en sus ojos.
—Nunca te prometí nada.
Sentí el golpe de sus palabras como una bofetada.
—He trabajado para esto toda mi vida —di un paso hacia su escritorio—. Crecí aquí. Aprendí todo de esta empresa por ti.
—Y por eso mismo sé lo que haces bien… y lo que no.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
Se reclinó en su silla, cruzando las manos con calma.
Demasiada calma.
—Significa que eres inteligente, sí. Pero también emocional. Y ahora estás embarazada.
Mi mano fue automáticamente a mi vientre.
—Eso no me hace menos capaz.
—Te hace menos disponible.
El silencio que siguió fue pesado.
—No puedes pretender dirigir una empresa en ese estado —continuó—. No ahora.
—¿Y por eso se lo das a él? —mi voz se quebró apenas—. ¿A mi esposo?
—Erick es un hombre preparado. Es mi yerno ahora y es muy capaz de hacer lo que su puesto requiere.
—Yo también lo soy.
—Erick no tiene distracciones.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
¿No tiene distracciones? ¿En serio? Yo y mi bebé somos parte de su vida ahora, pero claro, yo soy mujer.
—¿Mi hijo es una distracción?
Papá no dudó en responder.
—En los negocios… sí.
El aire se volvió difícil de respirar.
—Esta empresa también es mía —susurré—. Soy tu hija.
—Eres mi hija —corrigió con frialdad—. Y precisamente por eso quiero protegerte de un entorno que no es para ti en este momento.
Negué lentamente.
—No me estás protegiendo.
Mi voz tembló.
—Me estás quitando lo que es mío, por lo que llevó esforzándome años.
Se levantó de su silla.
—Te estoy dando algo mejor.
Solté una risa amarga.
—¿Quedarme en casa?
—Tener una familia. Un esposo que puede encargarse del negocio. Una vida estable.
—¿Una vida que tú elegiste?
—Una vida correcta. Y no me culpes cuando fuiste la irresponsable que decidió embarazarse.
El silencio cayó entre nosotros. Pesado. Definitivo. Doloroso.
—No es tu decisión —dije finalmente, mirándolo a los ojos.
Papá sostuvo mi mirada sin titubear.
—Mientras esta empresa lleve mi nombre… lo es.
Sentí las lágrimas arder, pero no dejé que cayeran.
No frente a él. No otra vez.
Papá me estaba lastimando de la forma en que más me dolía. Yo estaba trabajando para tomar ese puesto y ahora lo tendrá mi esposo.
—Erick tomará tu lugar en la empresa —continuó, como si estuviera leyendo un informe—. Tu debes quedarte en casa, atender a tu marido… y criar a ese bebé. Eso es lo tuyo ahora Adeline. No vayas a salir con estupideces.
Cada palabra fue una cadena cerrándose.
Asentí despacio, con la mirada fija en él.
—Algún día te vas a arrepentir de esto.
No respondió.
Para él, yo ya no existía en esa conversación.
Apreté el folder entre mis dedos… y lo solté sobre el escritorio.
Asentí con mis ojos llenos de lágrimas.
—Seré una buena esposa. Una buena madre —dije, firme— pero no voy a quedarme de brazos cruzados.
—Ese es tu destino. No tienes elección.
Sus palabras fueron el golpe final.
Bajé la mirada un segundo, ocultando la tormenta que crecía dentro de mí.
Y en ese momento entendí algo. No importaba cuánto supiera o cuán capaz fuera. No importaba cuánto lo deseara.
Ellos ya habían decidido por mí.
Desde ese momento mi padre y mi querido esposo se creyeron los dueños de mi vida, pero algún día yo volvería a tomar las riendas y ellos ya no iban a poder detenerme…