La aguja del reloj se movía con frustrante lentitud, Badir, no podía creer que el tiempo pasara tan lento cuando debía apresurarse. Agachó la mirada de nuevo a su examen y siguió escribiendo garabatos en las hojas para fingir que lo estaba contestando.
Se sentía desesperado, el tiempo para resolver el estúpido examen no llegaba a su fin, por lo que volvió a levantar la mirada al reloj y comprobó con gran amargura que no había avanzado nada. Un movimiento en su visión periférica lo hizo voltear sin querer y se topó con la intimidante mirada del profesor Darío fija en él. Volvió a agacharse para teclear en su calculadora sin hacer operaciones en realidad.
Desde que entraron al examen, el profesor no le había quitado la mirada de encima con su inexpresivo rostro. Se preocuparía de que los demás pudieran notar la insistente mirada sobre él, aunque el examen estaba tan difícil y el tipo era tan intimidante que seguramente nadie se atrevería a levantar la vista de la butaca.
—Entreguen el examen —exigió el profesor con su voz grave y demandante. Casi pudo sentir la angustia de todos pues nadie se movió de su lugar—. Ahora —gruñó el profesor.
Casi todo el grupo se levantó al mismo tiempo y con sus caras derrotadas entregaron sus exámenes, los cuales, el profesor casi les arrebataba de las manos. En cuanto Alejandro se levantó de su asiento, lo siguió y entregaron juntos el examen.
El profesor miró a ambos con odio. Aun así, lo ignoró y tomó sus cosas en silencio al igual que sus compañeros para dirigirse a otra aula. Todos caminaban en silencio, despacio y agachados; parecía una procesión, casi se podía palpar el dolor del grupo después del brutal examen.
Badir se detuvo un momento al darse cuenta de que no sabía si el profesor tenía otra clase. Era mejor irse al estacionamiento de una vez, no iba a arriesgarse a que ese tipo decidiera irse temprano y lo dejara sin la oportunidad de su calificación aprobatoria.
— ¿Badir? —Lo llamó Alejandro con voz cansada deteniéndose, Hilal también se giró para mirarlo.
—Tengo algo que hacer en mi casa —se justificó y se fue sin esperar una respuesta.
Solo faltaba la clase de circuitos, no se perdería de mucho pues el examen ya lo había presentado. Entró con rapidez al estacionamiento para buscar el automóvil del profesor Darío y en cuanto lo encontró se apoyó en la puerta del copiloto.
Intentó relajarse y no pensar en lo que estaba a punto de hacer. Por una parte, la idea de verlo desnudo le emocionaba un poco, ese gran cuerpo era digno de contemplarse en todo su esplendor. Y como siempre, al recordar esa maldita expresión de suficiencia y saber que debía tolerar esos comentarios mordaces le revolvían el estómago. Odiaba la forma de ser y de comportarse de ese profesor; y por mucho que se contradijera, no podía omitir que tenía un cuerpo tan atractivo como para hacerle agua la boca.
—No creí que en realidad vendrías —escuchó al profesor quien se acercaba por el pasillo.
Miró su reloj y vio que apenas habían pasado diez minutos.
—Es muy temprano, ¿se iba a arrepentir y dejarme aquí? —Habló sin poder deshacerse de su tono altanero.
Sabía que no era buena idea provocarlo, pero su orgullo no le permitía que la gente lo pisoteara, menos ese sujeto.
El profesor se detuvo del otro lado del automóvil.
—Me ofende tu sugerencia de que no cumplo con mi palabra, si de verdad quieres hacer esto entra al auto, sino, lárgate.
Se escuchó un chasquido y el profesor entró al automóvil de inmediato. Badir se quedó inmóvil imaginado que el carro arrancaría y se iría a toda prisa. Sin embargo, al agacharse, vio al profesor mantener la vista fija al frente con las manos aferradas al volante. Sin dudarlo más, abrió la puerta para entrar y cerrarla de nuevo.
Se quedó en silencio a la espera de recibir indicaciones.
El profesor volteó a verlo y él hizo lo mismo, su estómago cosquilleó al ver la sonrisa de lado de ese hombre. No había ningún rastro de burla o sarcasmo, aunque tampoco era una sonrisa sincera. En realidad, era un gesto extraño que no encajaba en su cara y aun así lo hacía lucir muy apuesto.
—Eres realmente inteligente —murmuró el profesor. Se sintió extraño por ser halagado, inclusive se podría decir que lo hizo sentir un poco feliz—, en tan poco tiempo has aprendido a mantener tus comentarios para ti, buen chico.
En cuanto terminó de hablar torció la boca y desvió la mirada, había sido demasiado bueno como para ser verdad. No entendió por qué sintió algo de esperanza de que ese sujeto lo tratara con dignidad.
El motor del automóvil rugió y pronto ya estaban en marcha por la calle principal de la ciudad. Estuvieron en silencio por mucho tiempo, de vez en cuando miraba por el rabillo del ojo el perfil del profesor que se mantenía igual de serio y concentrado en el camino. Después de un rato se preguntó a dónde se dirigían pues ya estaban en la carretera, imaginó que la idea del profesor era estacionarse en algún baldío y hacerlo ahí dentro del carro.
Estaba a punto de preguntar cuando vio a lo lejos un edificio muy alto, era un hotel muy renombrado a las afueras de la ciudad. Todos decían que era muy caro y elegante, aunque sabiendo cómo era ese sujeto no creyó que lo llevara allí. Su mandíbula casi cae al piso cuando giró para entrar al estacionamiento de dicho lugar.
Volteó a ver al profesor en cuanto se estacionó pues no podía creer que en realidad estuvieran en ese lujoso hotel.
— ¿Qué? —Masculló el profesor con el ceño fruncido.
Él negó con la cabeza y se desabrochó el cinturón de seguridad para bajar del automóvil. El profesor ya le había confirmado que le gustaba cuando se mantenía callado, así que se obligó a permanecer de esa manera.
Siguió al gran hombre de cerca mientras se acercaba al ascensor. En cuanto lo vio presionar el número ocho no pudo evitar hablar.
— ¿No debería registrarse primero?
—El registro ya está hecho —contestó con seriedad el profesor.
— ¿Siempre tiene que ser tan cortante? —La pregunta le salió sin querer.
— ¿No estabas aprendiendo a quedarte callado?
Empuñó sus manos y decidió no contestar, estando con él debía cuidar sus palabras.
Las puertas del elevador se abrieron y dando unos pasos más se detuvieron. Lo vio introducir una tarjeta y la puerta se abrió con un chasquido. Se sorprendió un poco cuando ese hombre sujetó la puerta para que él entrara primero, así que ingresó a la habitación y se quedó parado para admirar el fabuloso interior.
Todo el espacio estaba cubierto por una reluciente alfombra blanca. Había un amplio clóset a su derecha. En medio había una enorme cama redonda cubierta por sábanas blancas y al frente había un jacuzzi adornado con pequeñas velas aromáticas. Todo lugar estaba alumbrado de manera natural por un gran ventanal al fondo.
—Es sorprendente —murmuró al mismo tiempo que el profesor pasaba a su lado en dirección al mueble de la ropa.
— ¿Qué te sorprende? — Preguntó cuándo se quitó el saco.
—Creí que simplemente lo haríamos en su coche.
El profesor volteó a verlo con los ojos entrecerrados.
—No soy un animal —masculló luciendo ofendido—, no tengo pensado ser cariñoso; sin embargo, estoy dispuesto a tratarte bien y que también lo disfrutes.
No le creyó del todo y aun así se acercó a la espera de que empezara a hacer lo que quisiera con su cuerpo.
—Recuéstate en la cama —ordenó el profesor mientras se aflojaba la corbata y lo devoraba con los ojos.
Badir asintió y solo se quitó los zapatos para recostarse en el centro de la gigante cama. Vio con atención como el profesor se paraba frente a él desabrochando su camisa con movimientos lentos dejando a la vista su magnífico torso grande y velludo. La forma tan lenta en la que se quitaba la ropa daba la impresión de que le estaba haciendo un streaptase o al menos a él le gustaba imaginar que lo hacía, pues era muy erótico verlo cuando se quitó la última prenda que lo cubría, dejando ver su gran erección.
El profesor se subió a la cama y comenzó a quitarle la ropa con los mismos movimientos lentos mientras lo besaba con lentitud. Se sorprendió al notar que ese hombre se estaba tomando su tiempo, como si estuviera disfrutando de cada segundo en el que podía tocarlo. Jadeó cuando la gruesa mano se encerró en su erección.
—Mira nada más, estás tan duro —gruñó el profesor sobre sus labios.
Si hubiera querido responder se habría visto silenciado de inmediato pues los labios se volvieron a pegar a los suyos. Analizó por un momento y no encontró ningún tono de burla en la voz del profesor, había sonado como algo que deseaba remarcar.
En cuanto sintió sus labios libres abrió los ojos y solo en ese momento se dio cuenta de que estaba completamente desnudo y las firmes manos del profesor se aferraban a su cadera.
Los ojos del profesor se estrecharon y se separó un poco para girarlo sobre su estómago. En cuanto sintió que acarició su culo, toda la realidad lo abrumó de golpe; el profesor era activo y no como estúpidamente pensó. El profesor era claramente dominante en todo sentido. Eso lo sacó de su bruma de deseo deteniéndolo con una mano. Se sentía temeroso y ansioso.
—Espera —jadeó e intentó girar para encararlo, algo que no le fue permitido—, nunca he sido pasivo.
La risa ronca del profesor rozó su oreja de manera tentadora.
—Entonces hoy conocerás el delicioso dolor de serlo —susurró Darío con voz lujuriosa.
La caliente lengua del profesor recorrió su cuello y en vez de sentir asco por el húmedo contacto, se excitó mucho más. A pesar de que no le entusiasmaba para nada la idea de ser tomado, no podía ignorar las sensaciones placenteras que le enviaba el toque de esas manos sobre su piel.
Un dedo resbaladizo tocó su entrada y no pudo evitar tensarse, pues tenía la sospecha de que todo el autocontrol mostrado por ese hombre era falso y que en cualquier momento se volvería un animal desbocado.
— ¿Tienes miedo? —Preguntó el profesor con tranquilidad. Quería responder, pero su garganta estaba cerrada por un sentimiento de terror causado por razones que no tenían nada que ver con ese hombre. Solo atinó a asentir con la cabeza— No te haré daño, confía en mí, Badir.
Era la primera vez que escuchaba su nombre salir de los labios de Darío en un tono suave, aunque se dio cuenta de que ser llamado así no era suficiente, por lo que no cambió su postura. Darío no hizo nada por forzarlo, solo se agachó sobre su cuello y susurró con un tono excitante contra su piel:
—Dime que no te gusta que te toque y me detendré.
Badir jadeó al sentir esa gruesa erección contra su muslo, no podía negar que le causaba una gran curiosidad lo que podría hacer con ella. Hizo un esfuerzo muy grande para intentar ignorar sus miedos, ayudaba mucho que Darío se mostrara tranquilo y dispuesto a no herirlo. Suspiró entrecortadamente y se relajó.
—Continúa —susurró recostándose de nuevo.
Escuchó una tapa abrirse y momentos después, un par de dedos lubricados comenzaron a masajearlo, poco después uno de ellos empujó para introducirse creando una sensación extraña y a la vez placentera. Poco después sintió ambos dedos gruesos que lo preparaban con lentitud y suavidad.
Las sensaciones eran increíbles, tenía ganas de retorcerse y gemir en voz alta, aunque se mantuvo quieto y callado porque a pesar de que en ese momento Darío se mostraba paciente y respetuoso, no quería darle motivos para que se burlara de él más adelante.
El pesado hombre retiró sus dedos y besó su espalda dejándolo deseoso por más. Escuchó el sonido de un paquete rasgándose y esperó unos segundos.
—Lo estás haciendo muy bien —susurró Darío mientras se recostaba encima de él. Se estremeció un poco cuando sintió que algo firme y húmedo se colocó en su entrada—, mantente quieto.
Se sentía tan excitado y perdido en el placer que ni siquiera sintió la necesidad de responder o contradecir, solo se tensó un poco cuando sintió la lenta irrupción de la erección de Darío en su cuerpo. Jadeó acaloradamente cuando la tuvo dentro hasta la empuñadura, era un poco doloroso y demasiado satisfactorio como para querer empujarlo lejos y salir de ahí.
Darío se retiró un poco y embistió con fuerza presionando un punto que le hizo ver estrellas y emitir un largo gemido.
—Bueno, ¿no es así? —Susurró ese hombre mordiendo su oreja lo que le provocó otro estremecimiento.
Darío impuso de inmediato un ritmo fuerte y rápido que lo dejaba sin aliento al ser muy pesado. Se sorprendió un poco al darse cuenta de que estaba disfrutando mucho ser aplastado y sometido en esa posición, la cual, era su favorita cuando era activo. Pues se sentía poderoso al dominar y ahora que era dominado no pudo evitar reconocer que era mucho más satisfactorio.
Los gruñidos que emitía ese hombre lo elevaron con rapidez al éxtasis. Le encantaba cuando sus parejas eran ruidosas y emitían gemidos lascivos, pero escuchar esos gruñidos varoniles en su nuca era mucho mejor. Frotó un poco su erección contra las sábanas y un increíble orgasmo lo alcanzó al punto de gritar para liberar ese inmenso placer.
Darío se detuvo y salió de él para girarlo sobre su espalda. De inmediato cubrió su cara con las manos pues no quería mostrar su ridícula expresión de placer que estaba seguro lucía patética. Se sintió un poco frustrado cuando Darío las tomó con una sola mano y lo hizo levantarlas por encima de su cabeza.
—No quiero que escondas lo mucho que estás disfrutando —recriminó ese hombre luciendo molesto como siempre—, además, entre más ruidoso seas, mejor será tu nota —le dedicó una mirada furiosa a la cual el tipo contestó con una risa profunda. Esa actitud arrogante confirmó su sospecha de que el trato amable solo había sido una máscara—. Ahora, iré a preparar el jacuzzi, así que tómate tu tiempo para recuperarte porque todavía no hemos acabado.
En cuanto Darío salió de la cama, Badir pudo relajarse por completo. Por primera vez en mucho tiempo se sintió totalmente satisfecho y con el cuerpo tan flojo que bien podría derretirse en cualquier momento. Mientras descansaba vio a Darío acercarse al jacuzzi y abrir la llave del agua. Poco después encendió las velas, cerró las cortinas dejando la habitación un poco en penumbras y se quedó parado observando el jacuzzi llenarse.
Badir agachó un poco la mirada y vio la gran erección que lucía orgullosa levantada contra la piel del firme estómago de Darío. Era tan gruesa y grande que no entendía como había podido disfrutar tanto con ella sin salir herido.
— ¿Te gusta? —Preguntó ese hombre y al levantar la mirada se encontró con los ojos evaluadores de su profesor. Solo atinó a torcer la boca y girarse sobre su estómago para esconder su caliente cara que estaba empezando a sonrojarse— ¿Sabes? No tiene nada de malo que reconozcas cuando algo te gusta.
No se dignó a responder, aunque en realidad no tenía nada que decir, había sido atrapado viendo el m*****o de su profesor, no podía más que aceptar lo mucho que le gustaba su sabor y ahora la sensación de tenerla adentro. Todo era estúpido y muy vergonzoso.
La cama se hundió a sus pies y sintió de nuevo el cuerpo caliente de Darío encima.
—Vamos, Badir, solo quiero un sí o un no. No debería ser una respuesta muy compleja.
La voz del profesor sonaba sería y tranquila, como si quisiera transmitirle confianza.
—Sí —murmuró hundiendo la cara en la almohada.
— ¿Sí qué? —Masculló el profesor restregando el mentón rasposo sobre sus omóplatos.
—Solo querías un sí o un no, no seas tramposo —reprochó en un tono infantil que él mismo desconocía enunciar.
—Está bien—susurró el hombre acariciando sus costados—, te dije que te iba hacer sentir bien.
Darío se levantó de nuevo y de inmediato sintió ganas de tirar de él para tenerlo más tiempo encima, pero se detuvo al percatarse de que era algo extraño y patético. El ruido del agua lo hizo voltear y vio que el profesor ya estaba dentro del jacuzzi.
—Acércate —exigió Darío con un movimiento de mano. Badir se levantó y se acercó como se le pidió. En cuanto estuvo al lado del jacuzzi vio que no había cupo para dos, era un lugar muy pequeño y Darío era un hombre muy grande, no le dejaba mucho espacio como para que estuvieran juntos ahí— métete —ordenó con voz grave.
Ahora que conocía un poco de su lado "amable" o al menos cuando no era déspota. Esa forma demandante de hablar le estaba pareciendo graciosa, algo que le asustó porque no quería sentirse de ninguna manera a gusto con ese tipo.
— ¿Siempre tienes que gruñir tus órdenes? —Habló evitando lo más que podía sonreír.
—Sí —respondió Darío gruñendo—, y lo único que tienes que hacer es obedecer, así que métete de una buena vez.
No pudo evitar reír un poco antes de meterse al jacuzzi intentando quedar a horcajadas por encima de las piernas extendidas de Darío. En cuanto estuvo adentro, sintió las grandes manos aferrarse a su cadera.
— ¿Te estás divirtiendo? —La voz del profesor sonaba seria.
Para ese momento estaba empezando a preguntarse si en realidad a ese tipo le importaba una mierda lo que pensara.
— ¿Importa? —Preguntó acomodándose sobre el duro vientre y disfrutando la sensación de esa gruesa erección acariciar sus mejillas— además, ¿por qué ahora eres muy amable y en clases eres un hijo de puta?
Imaginó que respondería con alguna burla o inclusive se visualizaba siendo echado de la habitación por ofenderlo. En cambio, el profesor se mantuvo tranquilo con esa expresión ilegible mientras las grandes manos subían por su espalda.
—No soy un hijo de puta como dices —respondió el profesor con una ceja enarcada— me gusta que mis parejas también disfruten, solo dime si te gusta lo que hago.
Una gruesa mano encerró su creciente erección, la otra levantaba un poco su cadera para alinear ese gran m*****o en su entrada.
—Sí —respondió a la vez que se sentaba en él.
—Entonces cabálgame y muéstrame cuanto te gusta —pidió Darío aferrándose de nuevo a su cadera. Badir lo fulminó con la mirada, lo que pedía era muy vergonzoso, así que desvió la mirada y comenzó a moverse creando ondas en el agua y regando chorros por la alfombra—. Me estoy portando muy bien contigo, ¿no crees que podrías complacerme en que te dejes ir y muestres cuanto te gusta?
Las manos de Darío lo rotaron de una forma que golpeó ese punto que lo hacía ver estrellas, por lo que se aferró a los anchos hombros y gimió con suavidad.
— Ves, no es muy difícil, ¿cierto?
Volteó a verlo con algo de desconfianza.
—Si te doy lo que quieres, ¿no te burlarás de mí?
Lo último que quería era verse más humillado de lo que ya se sentía al haber accedido a ser tomado.
—Te prometo que no me burlaré —aseguró Darío aferrándose con más fuerza.
Badir cerró los ojos y comenzó de nuevo con sus movimientos lo más rápido que le permitía el agua y gimió con fuerza cuando logró golpear su próstata. Echó la cabeza hacia atrás y sin soltarse de los hombros de Darío abrió la boca para jadear mientras el placer embargaba de nuevo sus sentidos.
Era muy bueno para mentirle a la gente, pero muy malo para mentirse a sí mismo, no tuvo más opción que reconocer lo satisfactorio que era estar en manos de un hombre tan grande y seguro como Darío. Inclusive la voz gruesa y varonil del profesor le provocaba cosquillas placenteras en todo el cuerpo, también tuvo que aceptar que esa mirada fría y palabras duras le hacían sentir excitado de una forma muy extraña.
Detuvo sus movimientos en cuanto sintió a Darío enderezarse y abrazarlo para dirigir el ritmo. La respiración pesada del hombre rozaba sus pezones, eso sumado al ritmo frenético del profesor le arrancaba gemidos rotos llenos de placer.
En un momento fue abrazado con tanta fuerza que se quedó sin aliento y sintió que la erección encajada en su culo se estremecía mientras Darío se corría en silencio. Su propio cuerpo tembló un poco y se corrió por la fuerza ejercida en él.
El profesor volvió a reclinarse y lo obligó a recostarse sobre el gran pecho. Los movimientos dejaron el jacuzzi a la mitad, el agua apenas y le llegaba a la cintura. Se sentía demasiado cansado y muy satisfecho, así que bostezó y con un poco de inseguridad por ser rechazado, abrazó a Darío por la cintura. En cuanto recibió una caricia en el cabello supo que estaba bien y se quedó en esa posición durante un buen rato.
Por alguna extraña razón se sentía muy bien. Era la primera vez en mucho tiempo que no se sentía enojado, hasta se podría decir que estaba un poco feliz y lo único que deseaba era hundir la cara en ese pecho firme y quedarse siempre en ese lugar, ese lugar seguro.