Alejandro
Apenas comienza el día, y ya me encuentro en la ciudad, en uno de esos desayunos de negocios que parecen interminables. Me rodean algunos de los empresarios más influyentes, hombres que, como yo, han hecho de sus vidas una serie de decisiones meticulosas, calculadas, frías, en pos de un objetivo mayor.
Sé exactamente cómo proyectar lo que esperan ver: el Alejandro implacable, el hombre que lo tiene todo bajo control. Y, sin embargo, detrás de esta fachada, hay algo que se agita. Alguien.
Sofía.
No importa cuánto lo intente, no logro arrancarla de mis pensamientos. Su imagen se filtra en mi mente en los momentos menos oportunos, como un susurro insistente. Es más, su recuerdo me persigue, no importa cuántas veces intente convencerme de que lo mejor es mantenerme lejos de ella.
Su mano en mi m*****o, aquellos comentarios inoportunos, sus pensamientos, la manera implícita de pedirme que la folle en la sala juntas. Cada una de esas cosas, no podían hacer otra cosa que llevarme más allá.
Estaba mal, que pensara en ella, sus comentarios, cada parte de nuestro intercambio estaba pésimo, pero no pude evitar masturbarme con los recuerdos de esta.
Mi mente me jugo en contra cuando llegó la noche y me encontré solo entre las paredes de mi cuarto. Las imágenes de aquella cena, sus manos alrededor de mi m*****o, la manera en que apretaba tan perfectamente todo.
No había estado con ninguna mujer que hiciese algo así, que buscara provocar o placer en plena cita de negocios. No tuve la suerte de ellos y esperaba tenerla, porque no podía seguir masturbándome con los pensamientos de la hija de mi mejor amigo.
Por eso mismo, hoy en la noche tengo una cena.
Está organizada con toda precisión, como siempre. La mujer con la que saldré es alguien que conozco desde hace un tiempo, la hija de un amigo de la familia. Es hermosa, encantadora y, sobre todo, una elección sin complicaciones.
Exactamente lo que necesito para evitar que Sofía siga ocupando cada rincón de mis pensamientos.
Porque era adecuada, más grande, con la edad justa. No llamaría la atención de nadie.
Horas más tarde, me encuentro en un elegante restaurante, uno de esos lugares donde la discreción es absoluta y el ambiente parece diseñado para embriagar a los sentidos.
Mi acompañante de esta noche, Lucía, se presenta impecable, con su vestido n***o que realza su figura y sus labios pintados de un rojo profundo. Cada gesto de ella parece estudiado, calculado.
— Llegas justo a tiempo —dijo, inclinándose levemente hacia adelante mientras me saludaba con un beso en la mejilla.
— Siempre lo hago —respondí, me levanté para ayudarla.
El camarero apareció de inmediato para tomar mi pedido, y una vez que nuestras bebidas estuvieron servidas, la conversación fluyó con esa fluidez artificial que define este tipo de encuentros.
— ¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, sus ojos fijos en mí, como si realmente le importara la respuesta.
— Largo, pero productivo —respondí con una sonrisa que no llegaba a mis ojos —. Reuniones y más reuniones. Ya sabes cómo es esto.
Lucía asintió, como si pudiera entender perfectamente la carga de dirigir un imperio empresarial.
— Me imagino. Yo he estado en algo similar últimamente. Papá quiere que me haga cargo de la expansión de la marca en Europa, y he estado viajando constantemente. París, Milán, Londres… A veces siento que vivo en un avión.
— Suena agotador, pero también emocionante.
Todo gran negocio llevaba un sacrificio.
— Lo es —admitió, levantando la copa de vino para darle un pequeño sorbo —. Aunque extraño tener más tiempo para mí misma.
La conversación continuó así durante un rato, con Lucía relatando anécdotas de sus viajes y reuniones con diseñadores de renombre. Su tono era seguro, pero había algo en su manera de hablar que delataba que estaba acostumbrada a este tipo de dinámicas. Sabía cómo mostrarse interesante sin revelar demasiado.
— ¿Y tú, Alejandro? —preguntó de repente, inclinándose un poco más hacia mí —. ¿Algún plan para expandir tus negocios? He escuchado rumores sobre un proyecto en Sudamérica.
Asentí, agradecido por un tema en el que podía concentrarme sin que mi mente divagara hacia otros pensamientos.
— Es cierto. Estamos explorando algunas oportunidades en Brasil y Argentina. Hay mucho potencial, pero también ciertos riesgos. Es cuestión de encontrar el equilibrio adecuado.
Lucía sonrió, y por un momento, pareció realmente interesada.
— Eres un hombre que siempre encuentra el equilibrio, ¿verdad?
— Hago lo que puedo —respondí, con una sonrisa contenida.
La conversación fluye, ligera y sin sobresaltos, como se espera de dos personas que comprenden las reglas no escritas de este juego. Y yo, como si siguiera una coreografía ensayada, asiento, sonrío, comento.
Pero por más que intento concentrarme, el recuerdo de Sofía regresa. Lucía sonríe, ríe con elegancia, sus manos se mueven suavemente sobre la mesa, rozando las mías de vez en cuando. Pero mi mente se escapa a otros momentos, a otro rostro, a otra risa que no puedo olvidar. No importa lo atractiva o sofisticada que sea Lucía, ninguna de sus palabras logra distraerme del eco de una presencia que no está aquí, pero que siento como si estuviera al alcance de mi mano.
Intento racionalizarlo. Lo que siento por Sofía no es más que una distracción, una obsesión pasajera, producto de sus constantes coqueteo. La he conocido desde que era una niña; no debería siquiera permitirme pensar en ella de otra forma. Y aun así… en cada encuentro reciente, en cada mirada compartida, algo ha cambiado. Algo que, por más que intente reprimir, crece como un fuego que amenaza con salirse de control.
— Alejandro, ¿estás aquí? —la voz de Lucía me arranca de mis pensamientos.
La miro y me esfuerzo por sonreír, haciéndole creer que estoy completamente presente, interesado en cada palabra que dice.
— Perdón, estaba pensando en una reunión de mañana —miento, devolviéndole la sonrisa con una amabilidad que apenas siento en este momento.
Lucía ríe, una risa suave y melodiosa. Parece disfrutar de mi aparente distracción, interpretándola como un signo de mi dedicación al trabajo. Todo en ella es exactamente lo que debería estar buscando: equilibrio, serenidad, y esa ausencia de complicaciones que siempre he valorado.
Pero su risa no despierta en mí la misma chispa que un solo suspiro de Sofía consigue encender.
Ceno, acompañándola en cada tema de conversación, respondiendo como se espera de mí. Al final de la noche, la llevo a su casa, en un barrio privado. Nos despedimos en la puerta, y ella se inclina hacia mí, esperando algo de mi parte. Tan implícito como absurdo, no hice nada para ganarme eso.
Sin pensarlo demasiado, le doy un beso. Es un beso educado, respetuoso, y sin embargo… vacío. Cierro los ojos, intentando evocar alguna chispa de emoción, algo que me haga sentir que esta elección es la correcta.
Pero nada. Solo un vacío abrumador que me recuerda que, por más que lo intente, Sofía está ahí, en algún rincón de mi mente, aguardando, tentándome a romper todas mis reglas.
— Gracias por esta noche, Alejandro —una sonrisa elegante, ajena a mis pensamientos, se cuela por sus labios.
Asiento, respondiendo con cortesía, pero mi mente ya está en otro lugar, en otra persona.
Llego a casa pasada la medianoche, exhausto y frustrado. Me quito la corbata, dejándola caer sobre el sofá, y me paso una mano por el cabello, intentando calmar la agitación que siento. No puedo seguir con esta farsa. Fingir que puedo reemplazar a Sofía por alguien más es inútil.
Pero ¿qué opción me queda? Me obligo a recordar por qué la distancia es lo mejor, por qué mantenerme alejado es la única manera de proteger todo por lo que he trabajado.
Pero Sofía… Ella es una fuerza en mi vida que no puedo ignorar, una presencia que trastoca cada pensamiento racional. Intento concentrarme, me esfuerzo por recordarme que esto es solo una fase, una atracción que pasará si le doy el tiempo suficiente.
Sin embargo, en mi interior, sé que estoy mintiéndome. No recordaba la última mujer que me cautivo tanto.
Con un suspiro, me acerco al ventanal de mi sala, contemplando la ciudad iluminada. Pienso en sus ojos, en la manera en que me mira, en cómo sus palabras siempre logran derribar cualquier barrera que intento imponer. Sofía es una mezcla de inocencia y desafío, de vulnerabilidad y fortaleza. Y yo… no sé cuánto más podré resistir esta atracción que amenaza con consumirlo todo.
Respiro hondo, intentado convencerme de que puedo manejar esto, que puedo seguir adelante. Pero en el fondo sé que cada salida con otra mujer, cada esfuerzo por ignorarla es solo una farsa. Un intento desesperado de aferrarme al control que tanto valoro, pero que estoy perdiendo, poco a poco, con cada instante que ella ocupa mis pensamientos.
Recordé el accidente. La expresión en su rostro cuando llegó al lugar, como si el mundo se le viniera abajo, y aun así, intentaba mantenerse en pie. Había luchado contra cada impulso de envolverla en mis brazos y asegurarle que todo estaría bien.
Pero Sofía no necesitaba que la cuidaran; ella irradiaba esa mezcla peligrosa de independencia y vulnerabilidad que lo hacía perder la cabeza.
— No era esa niña.
Y luego estaba la cena, esa maldita cena que no podía borrar de su memoria. Había algo en la manera en que sus manos se movían, firmes pero al mismo tiempo temblorosas, que me desarmó por completo. Sofía no era la niña que recordaba, y lo sabía.
Probablemente ya había experimentado con hombres, de esa manera había adquirido esa habilidad y osadía.
El pensamiento de sus manos en otro hombre era insoportable, como si una daga giraba en mi interior con cada imagen que mi mente traía involuntariamente.
— Maldita sea, Sofía —murmuró para mí mismo, cerrando los ojos con fuerza.
Sabía que debía mantenerme lejos. Había demasiados límites cruzados, demasiadas razones por las que mi atracción era no solo inapropiada, sino también peligrosa. Pero por más que intentara racionalizarlo, Sofía no era algo que pudiera sacarme de la cabeza con lógica.
Ella era caos, una tormenta que arrasaba con todo a su paso, y estaba perdiendo la batalla contra el deseo.
La cena con Lucía solo había servido para confirmar lo que sospechaba: constaría que una mujer reemplace lo que Sofía despertaba. Ninguna sonrisa perfecta ni conversación interesante podía apagar el fuego que ella encendió con solo sus manos días atrás.
— Estoy perdido.
Solté un suspiro largo y regrese al sofá, tomando la corbata que había dejado caer. La enrollé entre mis manos, como si el movimiento pudiera calmarme. No podía permitirme esta distracción, no con todo lo que estaba en juego. Pero entonces, la imagen de Sofía volvió a mi mente, más nítida, más vívida.
Es en momentos como este cuando la realidad se vuelve innegable: por más que lo intente, no puedo escapar de la obsesión que se ha instalado en mi vida. Y lo peor es que, quizás, ni siquiera quiero hacerlo.
El sol ya comienza a asomarse cuando finalmente logro cerrar los ojos. La noche ha sido larga, llena de pensamientos que me desvelaron, y el peso de las horas me arrastra al sueño en contra de mi voluntad.
Pero no es un sueño reparador. Mi mente, traicionera, vuelve a Sofía. La veo claramente: esos ojos cargados de intención, la sonrisa que juega en sus labios como si supiera perfectamente el efecto que tiene en mí. La imagino acercándose, su aliento cálido en mi cuello, sus manos que recorren mi piel como si le perteneciera.
Me despierto con el corazón acelerado, el cuerpo tenso, y una frustración que se mezcla con deseo. Maldigo por lo bajo mientras me levanto. El día apenas comienza, y ya siento que estoy perdiendo la batalla contra mis propios demonios.