7. Un Encuentro Provocador

2342 Words
Sofía Trabajar era el nuevo plan, me esperaban en la empresa, debía cumplir con lo que se esperaba de mí y aquí estaban justo antes de ir a la universidad. La sala de conferencias estaba impecablemente arreglada. El ambiente formal parecía diseñado para imponer respeto y profesionalismo, con sus paredes de un gris sobrio, muebles oscuros de líneas elegantes y lámparas de cristal colgando sobre la larga mesa de madera pulida. Alrededor de ella se sentaban varios empresarios de renombre, todos amigos de mi padre y dueños de alguna de las compañías más influyentes de la ciudad. Sin embargo, para mí, el aire estaba cargado de algo más, algo que no tenía que ver con negocios o acuerdos millonarios. Alejandro estaba allí, apenas a unos metros de distancia, y yo no podía evitar observar cada uno de sus gestos, cada mínimo detalle de su expresión. Me acomodé en mi asiento, justo al otro lado de la mesa, y aproveché que mi padre estaba inmerso en una conversación para permitir que mis ojos vagaran sin prisa hacia Alejandro. Parecía tan concentrado, con el ceño fruncido y los labios apretados, mientras revisaba unos documentos que tenía frente a él. Llevaba una camisa de un azul profundo, perfectamente ajustada a su torso, resaltando la fuerza de sus hombros. Su apariencia era impecable, y sabía que cualquier detalle fuera de lugar era intolerable para él. Pero yo podía ver algo más bajo esa fachada controlada: una tensión apenas disimulada. Con un suspiro, incliné mi cabeza levemente hacia él y, en un arranque de audacia, dejé que una pequeña sonrisa traviesa se asomara en mis labios. Estaba jugando con fuego, lo sabía, pero algo en mí disfrutaba desafiándolo, llevándolo al límite, provocando esa reacción contenida que él trataba de ocultar. Vi cómo sus ojos captaron mi sonrisa por el rabillo del ojo y cómo su expresión se endureció aún más, como si intentara resistirse a algo. Finalmente, después de unos minutos de miradas discretas, la reunión llegó a su fin y los demás comenzaron a retirarse, incluyendo mi padre, que salió antes para atender una llamada urgente. Entonces, me quedé sola en la sala con Alejandro. El silencio era casi tangible, un peso denso entre nosotros. Él intentó ignorarme, fingiendo una concentración intensa en sus papeles. Pero yo no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad. Me levanté lentamente, caminando hacia el otro extremo de la mesa, donde él estaba sentado. Podía sentir el latido de mi corazón acelerarse con cada paso que daba, pero me mantuve tranquila, con una expresión relajada. Cuando llegué a su lado, fingí buscar algo en la mesa, apoyándome de tal forma que invadía su espacio personal. Y deja mi busto a la altura de su cara. — ¿No es algo incómodo que intentemos mantener las apariencias? —dije, con un tono casual, mientras me inclinaba ligeramente hacia él, notando cómo su mandíbula se tensaba aún más. Él levantó la vista y me lanzó una mirada intensa, como si evaluara si debía responder o simplemente marcharse. Pero, como siempre, Alejandro mantuvo su compostura, aunque sus ojos oscuros me estudiaban con una mezcla de reproche y… algo más, algo que él intentaba ocultar bajo esa expresión impenetrable. — ¿Apariencias? No somos nada. Por ahora. — Me imagino recostada sobre esta mesa, mientras me follas por detrás. Me incline un poco más, sus ojos se entrecerraron un poco más, sus pupilas intentaron dilatarse y estaba segura de que era porque se lo imagino. — Sofía, esto no es un juego —su voz firme, susurro mi nombre como una advertencia. — ¿Y quién dice que estoy jugando? —respondí, inclinándome un poco más cerca, lo suficiente para percibir el leve aroma de su colonia —, anoche me toque pensando en ti —mordí mi labio —. Imaginando que tan duro podías ser. Sabía que lo estaba poniendo incómodo, que cada centímetro de cercanía y palabra dicha era un desafío directo a su autocontrol. Alejandro se apartó levemente, levantándose de su asiento y mirándome con seriedad. Sus ojos parecían decirme tantas cosas que no se atrevía a poner en palabras. — ¿Te asuste? Era un hombre de principios, reglas, pero también era alguien que vivía en una constante lucha contra sus deseos, y yo era muy consciente de eso. Al menos ahora, tuve un amigo, que me enseño a entender a los hombres. — Deberías ser más prudente, Sofía —dijo, con un tono de voz que pretendía ser autoritario, pero que revelaba su propia batalla interna. Dio un paso hacia atrás, como si esa distancia fuera a disipar la tensión entre nosotros. — ¿Prudente? —reí suavemente, cruzándome de brazos mientras lo observaba. — Sí, estas pasando la línea. — Entonces, ¿Te preocupa que la pase o que te guste si tú la pasas? —apretó sus labios —. Alejandro ¿Hasta cuándo vas a fingir que no pasa nada? Me miró, fijamente, sus ojos se clavaron en los míos como si quisiera hacerme entender algo que yo me negaba a ver. Parecía debatirse entre el deseo de responder y el impulso de huir, como si cualquier palabra pudiera ser la chispa que encendiera el fuego que llevaba tanto tiempo reprimiendo. Sin embargo, en lugar de retirarse, su postura cambió, y por primera vez, vi un atisbo de vulnerabilidad en su rostro. — Esto no es lo que tú crees, Sofía —susurró, en un intento desesperado de recobrar el control. Me acerqué aún más, mis dedos rozando los pliegues de su camisa, apenas un contacto, pero lo suficiente para sentir la electricidad entre nosotros. Alejandro cerró los ojos un instante, como si eso fuera a ayudarlo a mantener la compostura. — Alejandro… —murmuré, suavemente, apenas un susurro —. ¿De verdad quieres que me detenga? En ese instante, pude ver cómo su mirada se volvía más intensa, llena de emociones contradictorias. La habitación parecía reducirse a nosotros dos, como si el mundo entero hubiera desaparecido, dejándonos solos con nuestras dudas. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el latido de su corazón resonando como un eco del mío. Fuerte, galopante, inestable. Finalmente, él respiró hondo y dio un paso atrás, rompiendo el contacto. — Sofía, esto no puede ser. No aquí, no ahora —su voz teñida de una mezcla de frustración y deseo contenido. — Pero sí en algún momento. — No lo compliques —sacudió la cabeza. — ¿Yo? Tú eres quién pelea contra lo que es inevitable. — No va a pasar —sonreí de lado. — No estoy de acuerdo. — No sabes lo difícil que es para mí decir esto, pero mantente alejada. Lo observé en silencio, sintiendo cómo su negativa me hería, pero comprendiendo la batalla interna que estaba librando. A pesar de todo, mi determinación no flaqueaba. Sabía que sentía lo mismo que yo, que esta distancia que intentaba imponer no era más que una barrera temporal. Nos encontrábamos en una encrucijada, y aunque Alejandro se aferrara a sus principios, yo estaba dispuesta a esperar el momento en que finalmente se permitiera a sí mismo dejar de luchar contra lo inevitable. — Está bien —murmuré finalmente, forzando una sonrisa mientras intentaba ocultar mi decepción —. Si es lo que quieres… Él me miró, sus ojos oscuros llenos de emociones reprimidas. Sabía que lo había dejado en un dilema, que cada vez sería más difícil ignorar la situación. Pero si él necesitaba tiempo, yo estaba dispuesta a dárselo. Con un último vistazo, di media vuelta y me dirigí hacia la salida de la sala. Mientras salía de la sala de conferencias, sentí el peso de su mirada clavada en mi espalda, una sensación tan tangible que casi podía oír los pensamientos que no se atrevía a verbalizar. A pesar de su aparente control, sabía que había logrado algo importante: romper su muro, aunque fuera solo una grieta. Alejandro era un hombre de reglas, un tipo de hombre que jamás dejaría que sus emociones dictaran sus decisiones. Pero yo... yo no jugaba bajo las mismas normas. No estaba dispuesta a rendirme tan fácilmente. Sabía lo que quería y no pensaba detenerme hasta conseguirlo. Mi corazón todavía latía con fuerza, acelerado no solo por la cercanía, sino también por la pequeña victoria que acababa de conseguir. Podría no haber admitido nada, podría incluso haberme pedido que me mantuviera lejos, pero sus ojos... Sus ojos decían todo lo contrario. Había visto el deseo en ellos, esa chispa que intentaba ocultar bajo la fachada impenetrable de seriedad. Alejandro no era un hombre que pudiera fingir tan bien cuando estaba bajo presión. Y, aunque su rechazo momentáneo pudiera parecer una derrota, para mí era una confirmación de que sentía lo mismo que yo. Al cruzar el pasillo, no pude evitar sonreír. Mi plan estaba funcionando. Paso a paso, iba minando sus defensas, llevándolo a un lugar donde tendría que enfrentarse a la realidad de lo que sucedía entre nosotros. No era arrogancia; era certeza. Sabía leerlo, sabía cómo hacer que un hombre como él se tambaleara, porque al final del día, la verdad era que Alejandro y yo estábamos atrapados en la misma tormenta. "Esto no puede ser." Sus palabras resonaban en mi mente, pero no como una negativa, sino como un reconocimiento de lo que ya era inevitable. No iba a presionarlo, no ahora. Él era como una cuerda tensa, y la clave no estaba en tirar de ella hasta que se rompiera, sino en esperar el momento exacto en que él mismo no pudiera resistir más. Mientras bajaba las escaleras hacia el vestíbulo, ajusté mi bolso en el hombro y me detuve frente a las puertas de vidrio. Afuera, el mundo seguía su curso, ajeno al pequeño huracán que acababa de desatarse en esa sala de reuniones. Respiré hondo, permitiéndome un momento de calma antes de volver a enfrentar el día. — Por ahora, Alejandro Santamaría. Pero no podrás resistirte para siempre. Con esa certeza, salí al mundo exterior, lista para lo que viniera. Cuando llegué a la universidad, el bullicio típico del campus me recibió como una bocanada de aire fresco. Estudiantes yendo de un lado a otro con mochilas al hombro, risas en grupos dispersos bajo los árboles y el sonido constante de conversaciones entre clases me devolvieron un poco de normalidad. Aunque mi mente seguía enredada en la sala de reuniones, decidí centrarme en lo que tenía frente a mí. Alejandro podía esperar. Entré al edificio principal y caminé directamente hacia la cafetería, donde sabía que encontraría a mis amigos. La vida universitaria era mi escape, un lugar donde podía ser Sofía sin los formalismos ni las expectativas que mi apellido traía consigo. Aquí nadie me miraba como "la hija de uno de los empresarios más poderosos de la ciudad". Bueno, casi nadie. Cuando llegué a nuestra mesa habitual, María y Martín ya estaban allí. María se había convertido en mi mejor amiga, con su cabello rizado rebelde y una sonrisa que podía iluminar cualquier habitación. Martín, por otro lado, era un encanto en persona, siempre con una broma lista para sacarte una carcajada, aunque su sarcasmo podía ser afilado. Era increíble que encontrara una amiga con el mismo nombre de mi madre. — ¡Por fin apareces, princesa! —dijo Martín, levantando su vaso de café en un saludo burlón—. Pensábamos que te habías perdido en el laberinto de la alta sociedad. — O atrapada en una junta interminable con hombres de trajes caros —añadió María con una mirada divertida mientras me hacía espacio a su lado. — Algo así —respondí, soltando una carcajada ligera mientras dejaba mi bolso sobre la mesa—. Pero ya escapé. María alzó una ceja, claramente interesada. — ¿Alejandro estaba ahí? Intenté mantener una expresión neutral, pero su sonrisa se ensanchó al notar mi incomodidad. — ¡Lo sabía! ¿Qué pasó esta vez? —insistió, apoyando los codos en la mesa y mirándome como si estuviera a punto de escuchar el mejor chisme de su vida. — Nada importante —mentí, aunque mi sonrisa traicionaba mis palabras —. Solo una de esas conversaciones tensas. — ¿Conversaciones tensas? —repitió Martín, dándole un sorbo a su café —. Sofía, a ese hombre lo tienes comiendo de tu mano y ni siquiera te das cuenta. — No lo creo —dije, cruzándome de brazos y recostándome en la silla —. Él insiste en que "esto no puede ser". — Claro que no puede ser… porque tiene miedo de que se le note lo mucho que le gustas —bromeó María, agitando las manos como si fuera obvio. Martín asintió dramáticamente. — Alejandro Santamaría, el hombre perfecto, derrotado por los encantos de nuestra Sofía. Es una tragedia moderna. Solté una carcajada, agradeciendo el desahogo que me daban sus comentarios. Por un momento, la presión de las reuniones y de mi propia mente se desvaneció. Estar con ellos era justo lo que necesitaba. — En fin, ¿qué tienen planeado para hoy? —pregunté, cambiando de tema. — Tengo una clase dentro de veinte minutos, pero después voy al gimnasio —dijo Martín —. Y tú, María, ¿Qué excusa tienes para no estudiar? — Yo soy más productiva en las noches, gracias. Esta tarde planeo recuperar mi serie favorita y evitar cualquier responsabilidad adulta. ¿Te unes, Sofía? — No puedo, tengo una práctica después —respondí, rodando los ojos ante su puchero dramático —. Pero después podríamos cenar. — ¡Hecho! —exclamó, alzando su café como si brindara por el plan. Pasé el resto del tiempo con ellos, disfrutando de la compañía y permitiéndome olvidar, aunque fuera por un rato, el torbellino emocional que había dejado atrás en la sala de reuniones. Aunque sabía que al final del día, mis pensamientos volverían a Alejandro, aquí, rodeada de mis amigos, podía recordar que había más cosas en mi vida que solo él.
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