Alejandro. Me recosté contra el respaldo de mi silla, observando el mensaje que acababa de enviarle a Sofía. Mi intención no había sido únicamente molestarla, aunque eso siempre resultaba un placer adicional. Había algo diferente en ella últimamente, algo que no podía ignorar. Y que, demonios, me gustaba. El suave golpeteo de mis dedos contra el escritorio resonó en la oficina vacía. Mi mente se desvió hacia la escena del estacionamiento. Sofía con Gabriel. Sonrisas fáciles, un contacto casi imperceptible, pero suficientemente íntimo como para encender una chispa de irritación en mí. No estaba acostumbrado a sentir celos, mucho menos por alguien como ella. Es la hija de Arturo y mi maldita ahijada. Me recordé por enésima vez. La hija de mi mejor amigo y socio. Pero esa justificació

