Sofía. La noche había caído como un manto pesado sobre la ciudad, envolviendo todo en un silencio que me resultaba incómodo. Me moví inquieta en mi cama, con el teléfono aún en la mano, leyendo la última respuesta de Alejandro. "¿Quieres que te pruebe?" Sus palabras habían encendido algo en mí, algo que no quería admitir. Algo que no debería sentir. Me levanté, dejando las sábanas desordenadas, y me acerqué a la ventana de mi habitación. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, y la brisa fría que se colaba por las rendijas del marco me ayudaba a despejar la mente. Pero no lo suficiente. No podía sacarme de la cabeza la forma en que Alejandro me miraba, como si pudiera ver más de lo que yo quería mostrar. Como si supiera exactamente lo que pasaba por mi mente y estuviera dispuesto

