Sofía. La mañana siguiente llegué a la oficina con una determinación que no sentía desde hacía mucho. Después de pasar toda la noche pensando, había llegado a una conclusión clara: no iba a permitir que nadie me controlara. Mi padre, Gabriel, Alejandro, nadie. No participaría de sus juegos, ellos estaban en el mío. Me miré al espejo del baño del trabajo mientras me arreglaba el cabello, notando en mis ojos un brillo que no recordaba. Esa mirada desafiante era la misma que había tenido cuando decidí hacer el intercambio. Ese momento en que rechace los roles que mi familia quería que desempeñara. Este no era diferente. Nadie iba a dictar mis decisiones, y mucho menos iba a ceder ante sus expectativas. Esa mañana, vestí una blusa roja de seda que sabía que era un contraste perfecto con

