Capítulo 6 Distancia Calculada

2046 Words
Sofía La cena continuó, pero el ambiente cambió. Aunque Alejandro trató de mantener su compostura, pude ver cómo se tensaba cada vez que me movía o le hablaba. Aunque se limitaba a comentarios mínimos, como si fuera una extraña. No era la que acababa de masturbarlo debajo de la mesa. De vez en cuando, mi padre lanzaba alguna mirada curiosa hacia nosotros, seguramente porque Alejandro se veía tenso y yo molesta. Pero padre era un hombre de negocios exitoso, y las tensiones familiares nunca le parecían tan evidentes como a mí. Tampoco le importaban mis berrinches. Al menos así le decía a cualquier demostración de sentimiento que tenía. Lo que me pasaban eran berrinches. Alejandro no pudo evitar mirarme una vez más antes de levantarse para servir su copa. Esa mirada me hizo sonreír internamente. Era un desafío, y en ese momento, lo sentí todo. Yo había logrado algo, aunque fuera por un instante. Había logrado que él se sintiera incómodo, desestabilizado, incluso si estaba haciendo todo lo posible por ocultarlo. — Hija —mi padre hablo y lo miré. — ¿Sí? — ¿Te quedas? —afirmé. — Sí, no creo que pueda manejar de nuevo. Observé a mi madre del otro lado de la mesa. — ¿Les parece bien? — Por supuesto, cariño. Mamá me sonrió y me levante con ella para ir a la cocina, mis manos comenzaron a ayudarla con los platos. Mantuve los ojos en mi tarea en completo silencio. Pasando las cosas a los tupper correspondientes. — ¿Quieres decirme qué paso? —la observé. — No sé de qué hablas madre. Esperaba que no fuese nada de lo que paso en la mesa. Necesitaba asegurarme de ello o no sabría que hacer o decir. No había nada lo conformemente bueno para justificar mi accionar. Pero ella tenía sexo ¿No? Me sacudí mentalmente, porque no quería esa imagen de mi madre en este momento, no gustaba pensar de esa forma con mis padres. — El accidente, llegaste algo pálida —tomé aire. — Fue rápido —miré mis manos —, uno de los autos iba contra mí, pensé que… No podía hablar, mi cuerpo tembló de nuevo y sus brazos me rodearon en uno de sus abrazos reconfortantes que tanto me gustaban. Hasta que carraspearon. Nos separamos para observar la puerta, mis ojos se encontraron con los de Alejandro que nuevamente tenía aquel frío inverno. — Lamento interrumpir, Arturo pide por ustedes —solo miró a mi madre. — Muchas gracias, Alejandro. — No es nada, María. No me regalo ni una sola mirada, no dijo nada y lo deje, porque lo que pensaba hacer era peor que aquello que ocurrió en la mesa momentos atrás. Al final de la cena, cuando nos levantamos para despedirnos, vi cómo Alejandro se acercaba a mi padre, dándole la mano en un gesto formal, mientras yo me quedaba atrás, observando todo desde una distancia que no estaba dispuesta a cerrar. La puerta principal del comedor se abrió, dejando escapar una brisa fresca de la noche, y antes de que pudiera dar un paso más, sentí una mano en mi hombro. Me volví y vi a Alejandro, cuya mirada esta vez no estaba fría. Había algo más en ella, una mezcla de deseo reprimido y advertencia. — No juegues con fuego, Sofía —me dijo en un susurro bajo, que nadie más pudo escuchar. La advertencia estaba clara en sus palabras. Pero en su rostro había una chispa de algo que no podría ocultar por mucho más tiempo. — ¿Quién dice que estoy jugando? —respondí, sin perder la sonrisa. De alguna manera, ambos habíamos cruzado esa línea invisible que no podíamos deshacer. No importaba si era la causante de ello. La relación entre ambos no iba a volver a ser la misma. A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a filtrarse a través de las persianas cuando escuché el bullicio en la planta baja. Mi padre, madrugador como siempre, parecía haber invitado a alguien para un desayuno improvisado. No era raro que se reuniera con sus amigos y socios de negocios en casa para charlar antes de enfrentar el caos de la ciudad. Pero justo hoy, los vio anoche. Agudicé mi oído esperando escuchar algo, pero no había nada. Al parecer solo hablaba por teléfono. Pero seguía ansiosa. Me acerqué al ventanal de mi cuarto, abriendo la cortina apenas lo suficiente para ver la vista. El sol iluminaba las calles del barrio, tranquilas y vacías a esa hora, llenándome de una calma engañosa. Algo dentro de mí intuía que esa paz no duraría mucho. Y no me equivoqué. A los pocos minutos, escuché pasos en el vestíbulo y reconocí una voz inconfundible, baja y profunda. Alejandro. La vida quería que me portase mal. Sentí un cosquilleo en la piel. Su presencia era como una sombra densa, imponente, que me obligaba a detenerme, a mirarme a mí misma en el reflejo del espejo. Sabía que él intentaría poner distancia entre nosotros en cada ocasión, incluso cuando yo me acercaba más de lo que debía. Intento sacar mi mano en más de una ocasión mientras la desplegaba por toda su longitud. Aun con eso, sabía que esa tensión, esa lucha constante, estaba destinada a seguir alimentándose, a menos que alguno de los dos diera un paso claro. Decidí bajar. No me molesté en cambiarme; llevaba unos pantalones de pijama de tela suave y una camiseta simple, pero eso no me impidió deslizarme por las escaleras con paso decidido. Al llegar al final, la luz del comedor me recibió, y mis ojos tardaron un segundo en acostumbrarse. Allí estaba él, de pie junto a la ventana, con su camisa blanca perfectamente planchada, las mangas enrolladas justo por debajo de los codos, dejando al descubierto esos brazos fuertes y bronceados. Su porte era el de siempre: elegante, en control. Pero algo en su postura, en el sutil apretón de su mandíbula al verme, me indicó que quizás esa mañana él también estaba al borde de un límite. Era consciente de que mis pezones se marcaban a través de la tela, lo apretada que era mi camiseta y lo corto de mis pantalones. — Buenos días, Sofía —me saludó sin perder la compostura, aunque noté que sus ojos me recorrieron apenas un segundo más de lo habitual. — Alejandro, qué sorpresa verte tan temprano —respondí, manteniendo mi voz tan neutral como podía, aunque mi corazón latía más rápido de lo que quería admitir. Caminé hasta la mesa, donde mi padre se había sentado con su café y su expresión relajada, como si todo fuera normal. Sonrió cuando me vio e imite su gesto. Mi cuerpo se inclino para sacar una de las masitas que habían colocado, sabía que le daba un plano de mis glúteos haciendo esto y no me preocupaba. Lo llevaría al límite tanto como fuese posible. — Buenos días, papi —bese su mejilla —, mamá —fui a mi madre. — ¿Cómo dormiste cariño? —mis labios se cerraron en una fresa que acababa de recoger. — Bien, aunque es raro dormir en casa. — La independencia causa eso —afirmé. — Alejandro, siéntate, vamos. Papá le hizo señas y camino hasta la mesa. Intenté mantenerme al margen, pero había algo en el ambiente que me incitaba a provocarlo. Alejandro siempre había estado ahí, tan cerca y tan lejos a la vez, imponiéndose como una presencia inamovible en mi vida, como si su única función fuera observarme desde lejos. Pero yo no era esa niña que él pretendía ver, y estaba decidida a recordárselo. Desayunamos en una especie de tregua silenciosa. Mi padre hablaba sobre los proyectos de la empresa, haciendo comentarios de vez en cuando, y Alejandro asentía con su típico aire reservado. Sin embargo, cuando nuestros ojos se encontraban, era como si todo a nuestro alrededor se desvaneciera por un segundo, dejándonos en ese territorio ambiguo, uno donde el tiempo y el espacio parecían no tener sentido. — Lamento dejarlos —miré a mamá —, han llegado las chicas por mí. — ¿Te vas? —afirmó. — Sí, cariño —beso mi frente —, un acto de beneficencia. — Entiendo, nos vemos en estos días. — Por supuesto. Mamá se despidió de todos y volvimos al silencio. Después de desayunar, mi padre se levantó de la mesa para atender una llamada. En cuanto se alejó, el silencio se volvió palpable, casi asfixiante. Alejandro parecía estar evaluando cada movimiento que hacia y yo imaginaba que maldad hacer. — Espero que estés cuidándote, Sofía —dijo al fin, con ese tono formal y casi paternal que tanto me irritaba. — ¿Cuidándome de qué, Alejandro? —pregunté, inclinándome un poco hacia él, sin dejar de mirarlo a los ojos. No podía evitar el toque desafiante en mi voz. Sabía que ese comentario escondía algo más, y yo estaba dispuesta a desenterrarlo. Él mantuvo su expresión seria, aunque por un instante sus ojos parecieron llenarse de algo indescriptible. Quizás una mezcla de frustración y… ¿deseo? Pero tan pronto como lo percibí, lo borró con esa habilidad que tenía para controlar cada aspecto de su rostro. — De ti misma —respondió, dejando escapar una exhalación contenida. Su voz tenía una dureza inusual, como si intentara convencerme, o convencerse a sí mismo, de que esta distancia era necesaria. No pude evitar una sonrisa. Estaba clara la incomodidad que yo le causaba, pero también la curiosidad que le despertaba, como un enigma que preferiría no resolver pero que lo atraía de todas formas. Así que decidí seguir, a ver hasta dónde podía llegar. — Es curioso que pienses que necesito protección —le respondí con una sonrisa, inclinándome un poco más hacia él. —Después de todo, no soy una niña, Alejandro. Creo que lo corroboraste anoche. Él apartó la vista, como si mis palabras hubieran tocado una fibra sensible, algo que no estaba dispuesto a enfrentar. Estaba intentando, claramente, mantener esa fachada impenetrable, esa máscara que siempre me había mostrado. Pero algo me decía que yo había cruzado una línea. — Sofía, esto no es un juego —respondió en voz baja, con una firmeza que casi parecía una súplica. — Mi mano en tu m*****o dijo eso. — Mi mano en tu m*****o confirmó eso. — No me provoques… Sofía. Esa confesión, esa advertencia, no hizo más que intensificar mis ganas de desafiarlo. Porque sí, quizás esto no era un juego, pero ambos estábamos participando, y él lo sabía tan bien como yo. Había algo en la forma en que decía mi nombre, en esa nota de su voz que parecía contener una mezcla de arrepentimiento y deseo reprimido. Entonces, sin pensar, llevé mi mano hasta la suya, que estaba apoyada en la mesa. Fue un roce breve, casi imperceptible, pero suficiente para que sintiera la rigidez de sus dedos, la calidez de su piel. Alzó la mirada, con una mezcla de sorpresa y algo que yo interpreté como un intento de control. — Sofía, no puedes… —susurró, pero no apartó su mano. Me observaba como si estuviera a punto de decir algo más, pero en ese momento, el ruido de los pasos de mi padre acercándose hizo que se retirara bruscamente, como si mi toque lo hubiera quemado. — Así, adelante curso —termine de hablar y me observó. — Es una gran estrategia —sonreí. — Sí. Mi padre volvió a la sala, completamente ajeno a la tensión que acababa de llenar la habitación. Nos miró a ambos, sin notar la leve incomodidad en la expresión de Alejandro ni mi sonrisa que apenas lograba contener. — Alejandro, ¿estás listo para el recorrido de hoy? —preguntó mi padre, con un aire despreocupado. Alejandro asintió, visiblemente agradecido por la distracción, y se levantó de la mesa sin mirarme, como si eso fuera a borrar lo que acababa de pasar. Antes de salir, me lanzó una última mirada, una advertencia muda que yo decidí ignorar, porque sabía que esta historia apenas estaba comenzando. Y aunque intentara alejarse, aunque buscara la distancia a toda costa, yo sabía que había algo en su interior que no podría silenciar por mucho tiempo.
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