9. Celos y Determinación

2373 Words
Sofía Desde el momento en que vi la foto, una ola de rabia y decepción me inundó. Ahí estaba Alejandro, con una mujer, ambos sonrientes, atrapados en la instantánea de una cena exclusiva que circulaba en las r************* de las revistas de sociedad. La imagen se veía perfecta: él tan seguro, tan imperturbable, y ella… ella no era una extraña. La reconocí casi al instante, y mi pecho se llenó de una furia distinta, más personal. Lucía Pérez, hija de un empresario que había salido en los mismos círculos que mi familia. Una mujer conocida por su capacidad para abrirse camino en cualquier entorno social, siempre impecable, siempre manipuladora. Esa sonrisa suya, tan perfecta como artificial, ahora adornaba una foto al lado de Alejandro, como si ella tuviera algún derecho sobre él. TODAS LAS MUJERES SABÍAMOS QUE ERA UNA MALDITA ARPÍA. Cerré el teléfono con fuerza, sintiendo cómo mi corazón latía con furia. Él tenía que saber lo que estaba haciendo, tenía que saber que tarde o temprano me enteraría. Y, a pesar de todo, lo hizo. Se mostró con otra. No solo otra, sino con alguien de mi entorno, alguien que sabía muy bien cómo provocarme. Alguien más grande, recibida y con tanto terreno recorrido como cualquier auto de segunda mano. Durante toda la semana, esa imagen había regresado a mi mente una y otra vez. A cada intento de sacarla de mi cabeza, más se profundizaba, clavándose en mí como una astilla imposible de extraer. Recordaba los momentos en los que había sentido una conexión con él, esas miradas intensas, esos roces que me habían dicho mucho más de lo que alguna vez había expresado en palabras. Había algo entre nosotros. Y ahora… ahora él estaba con Lucía. — Puedes pensar lo que quieras Alejandro, pero no manejas esto, ni por un segundo. Podía entender que tratara de mantenerse distante, podía aceptar que fuera cauteloso. Pero esto… Esto era un golpe directo a mi orgullo. Si él pensaba que podía simplemente ignorarme, ignorar lo que le había provocado, aquello que se había estado gestando entre nosotros, estaba muy equivocado. Al día siguiente, decidí que no podía quedarme en casa revolcándome en mi enojo. Tomé mi mochila y me dirigí a la universidad, mi mente todavía llena de imágenes de Alejandro y Lucía, pero ahora con una determinación fría. Si él pensaba jugar este juego, entonces yo también podía hacerlo. Entré al campus con paso firme, ignorando los saludos ocasionales de mis compañeros. Necesitaba hablar con mis amigos. Necesitaba descargar esta frustración antes de que me consumiera. Encontré a María y Martín sentados en una de las mesas del patio, riendo por algo en sus teléfonos. Cuando me acerqué, mi expresión debió decirlo todo, porque ambos dejaron de reír y me miraron con curiosidad. — ¿Qué te pasó? —preguntó Camila, dejando su celular a un lado. — Nada —respondí, aunque mi tono estaba cargado de sarcasmo —. Solo que Alejandro decidió pavonearse con Lucía Pérez como si fuera un trofeo. Martín levantó una ceja. — ¿Lucía Pérez? ¿Esa Lucía? —movió la mano —, una de las mujeres más sexy del… —lo observé y se calló Deje caer mi mochila en la mesa con más fuerza de la necesaria. — La misma. Y claro, ahora parece que son la pareja perfecta, según las malditas revistas de sociedad. María frunció el ceño. — Pero eso no significa nada, ¿verdad? Tal vez es solo una fachada, algo de negocios. — ¿De negocios? —solté una carcajada seca —. ¿A eso le llamas negocios? — La gente hace negocios en cenas. — Ella solo se los lleva a la cama —apreté mis labios —. Porque, desde donde yo lo veo, Lucía no se limita a cerrar acuerdos en el tablero. Esa mujer juega sucio, y si está cerca de Alejandro, te aseguro que tiene un plan. Martín suspiró, apoyando los codos en la mesa. — ¿Y qué vas a hacer? Porque te conozco, Sofía. No vas a quedarte de brazos cruzados. Lo miré, sintiendo cómo la rabia volvía a hervir en mi interior. — No voy a quedarme de brazos cruzados, Martín. Esto no termina aquí. Si Lucía cree que puede usar a Alejandro para ganar puntos, está equivocada y jugando con fuego. Y si Alejandro piensa que puede ignorarme de esta forma, bueno… ya verá de lo que soy capaz. María me observó con una mezcla de preocupación y admiración. — ¿Estás segura de que esto es una buena idea? — No, no lo estoy —admití, recogiendo mi mochila y preparándome para marcharme —. Pero lo único que sé es que Alejandro y yo tenemos algo pendiente, y no voy a dejar que Lucía lo arruine. Con esas palabras, me alejé, sintiendo cómo la determinación crecía con cada paso. Alejandro me había desafiado, y si pensaba que iba a ganar esta partida, estaba a punto de descubrir que no era la única capaz de mover piezas en este juego. Decidí que esto no podía terminar así. No iba a permitir que otra mujer ocupase el lugar que, en el fondo, sentía que me pertenecía. Esta vez, yo iba a ser el peligro. Al día siguiente, me aseguré de estar en mi mejor versión. El vestido n***o que elegí era un arma en sí mismo, ajustado en los lugares precisos, elegante pero sin perder ese toque seductor que sabía que Alejandro no podría ignorar. Me recogí el cabello en un moño alto, dejando al descubierto el cuello, con un par de pendientes largos que apenas rozaban mi piel. No me reconocía en el espejo; esta era una versión de mí que había estado guardada, esperando el momento adecuado para emerger. La cena en casa de mis padres era el lugar perfecto para nuestro "accidental" reencuentro. Sabía que Alejandro asistiría, como de costumbre, con su impecable puntualidad. Los negocios de mi padre y Alejandro los unían en cada ocasión social y profesional, y yo solo necesitaba estar en el lugar correcto. Cuando llegué, Alejandro ya estaba allí, hablando con un grupo de personas cerca del ventanal que daba al jardín. Lo observé desde la distancia, estudiando cada detalle de su expresión. Su rostro era una máscara perfecta de serenidad, esa fachada calculadora que lo hacía tan difícil de leer. Pero yo había aprendido a notar esos detalles sutiles, esos cambios mínimos en su mirada. Decidida a cambiar el guion, me acerqué al bar improvisado donde estaba David, un hombre que había conocido en anteriores reuniones. Era carismático, guapo y notoriamente encantador, un imán para cualquier conversación ligera que necesitara un toque de coquetería. Sabía que él no rechazaría una charla conmigo. — David, tanto tiempo —dije, con una sonrisa amplia mientras él giraba la cabeza hacia mí. — Sofía, qué sorpresa verte aquí. Estás deslumbrante esta noche. —Sus ojos recorrieron mi figura con un interés evidente, y aunque normalmente habría encontrado su actitud algo excesiva, esta vez lo agradecí. — Gracias —respondí, inclinándome un poco hacia él al apoyarme en la barra —. Supongo que a veces hace falta un cambio, ¿no crees? Él rio, tomando su copa y ofreciéndome otra. — Definitivamente. ¿Brindamos por eso? — Por el cambio —acepté, chocando mi copa con la suya mientras la música suave de fondo llenaba el aire. La conversación fluyó con facilidad, y David, con su personalidad extrovertida, no tardó en convertirla en un intercambio lleno de halagos y miradas intensas. — Entonces, Sofía, ¿Cómo es que alguien como tú sigue siendo un misterio para nosotros? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí. — Supongo que me gusta mantener ciertas cosas interesantes —respondí, juguetona. Lo que no dije era que estaba perfectamente consciente de que Alejandro estaba observando. Desde el momento en que me acerqué al bar, había sentido su mirada fija en mí. Su postura había cambiado sutilmente; ahora se encontraba ligeramente girado hacia nuestra dirección, y su atención, aunque pretendiera estar en la conversación de su grupo, estaba claramente dividida. — Eso suena intrigante —dijo David, sin notar que mis ojos se desviaban un instante hacia Alejandro. En un momento, Alejandro se movió, dirigiéndose hacia una mesa cercana, pero aún lo suficientemente cerca como para no perder detalle de lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando David, quizás intuyendo algo, tomó mi mano entre las suyas y la miró con atención. — Tus manos son delicadas, pero firmes. Como tú, supongo —comentó con una sonrisa que pretendía ser encantadora. Antes de que pudiera responder, sentí una presencia a mis espaldas. Alejandro. — Disculpen la interrupción —dijo con su tono bajo y autoritario, dirigiendo su mirada a David, quien rápidamente soltó mi mano —. Sofía, ¿podemos hablar? Sus palabras no eran una petición, sino una orden disfrazada de cortesía. David lo miró con una mezcla de incomodidad y desafío, pero yo simplemente sonreí. — Claro, Alejandro —respondí, girándome hacia él con tranquilidad, aunque por dentro sentía una tormenta creciendo. Mientras me alejaba con Alejandro, pude sentir la tensión en el aire, como si cada paso fuera un movimiento en un juego que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. Él había visto el coqueteo, y yo sabía que esa imagen no se borraría fácilmente de su mente. Pero esta vez, yo tenía el control, y no iba a rendirme sin luchar. Alejandro me guía hacia una de las terrazas menos concurridas de la casa. La música y las risas se atenuaron a medida que nos alejábamos del bullicio, dejándonos con la luz tenue de las lámparas y el murmullo lejano de la fiesta. Su mano apenas rozaba mi espalda, pero el contacto era suficiente para que mi piel se erizara, aunque me negaba a dejar que lo notara. Cuando nos detuvimos, Se giró hacia mí, cruzando los brazos frente a su pecho. Su expresión era una mezcla de calma aparente y algo más profundo, algo contenido que no podía identificar del todo, pero que me provocaba. — ¿Pasa algo? —consulté tranquila. No hablo, no dijo nada, solo me observó, por mi parte mantenía mi mirada desorientada. — ¿Qué estabas haciendo, Sofía? —preguntó finalmente, su tono bajo, controlado, pero con un filo que lo hacía casi cortante. — ¿Haciendo? —respondí, fingiendo inocencia mientras me apoyaba contra la barandilla. Crucé los brazos, adoptando una postura que sabía que podría interpretarse como desafiante —. Solo estaba hablando con un amigo. ¿O eso también está prohibido? Él soltó una breve risa, una que no tenía nada de humor. Dio un paso más cerca, lo suficiente para que el espacio entre nosotros desapareciera casi por completo. — No soy estúpido, Sofía. Sé perfectamente lo que estabas haciendo. — ¿Y qué se supone que estaba haciendo, Alejandro? —repliqué, levantando la barbilla para enfrentar su mirada directamente. — Provocándome. Su respuesta fue directa, sin rodeos, y por un momento me dejó sin palabras. Pero me recuperé rápidamente, negándome a ceder ante su acusación. — ¿Provocarte? —repetí, dejando escapar una pequeña risa —. No todo gira en torno a ti, ¿sabes? Quizás me estaba divirtiendo. Algo que, por cierto, deberías probar alguna vez. Alejandro me estudió con atención, sus ojos oscuros recorriendo mi rostro, buscando algo que no estaba seguro de encontrar. — David no es para ti —dijo al fin, con un tono que pretendía ser neutral, pero que estaba cargado de algo que solo podía describir como posesión. — ¿Ah, no? ¿Y quién decide eso? ¿Tú? —di un paso hacia él, acortando la distancia que quedaba entre nosotros. Mi corazón latía con fuerza, pero no iba a retroceder. No esta vez. — Porque si es así, tengo noticias para ti, Alejandro: no tienes ese derecho. Sus ojos se estrecharon, y por un instante pensé que replicaría, que intentaría imponer su autoridad como tantas otras veces. Pero en lugar de eso, respiró hondo, como si estuviera tratando de contener algo que luchaba por salir. — Tienes razón —dijo finalmente, con una calma que me desconcertó. Se apartó ligeramente, apoyando las manos en la barandilla mientras miraba hacia el jardín oscuro. — No tengo ese derecho. Por un instante, su vulnerabilidad me tomó por sorpresa. Era un lado de Alejandro que rara vez mostraba, y verlo así desarmado despertó algo en mí, una mezcla de compasión y rabia contenida que me resultaba imposible ignorar. — ¿Entonces por qué estás aquí? —pregunté en voz baja, casi como un susurro. Él giró la cabeza, sus ojos volviendo a encontrarse con los míos. La intensidad en su mirada era casi abrumadora, como si estuviera luchando por encontrar las palabras adecuadas. — Porque no puedo evitarlo. Su confesión era simple, pero cargada de todo lo que nunca decía en voz alta. Sentí que algo se rompía en mi interior, una pared que había construido para protegerme de él, de su poder sobre mí. Pero no podía rendirme tan fácilmente. — Entonces tienes que decidir, Alejandro —dije, mi voz firme a pesar del temblor en mi pecho —. No puedes seguir apareciendo en mi vida, reclamando lo que crees que te pertenece, mientras sigues con lo tuyo, no me parece justo. Él asintió lentamente, como si estuviera considerando mis palabras. Dio un paso más cerca, esta vez tan cerca que el calor de su cuerpo era innegable. — Sofía… Su voz era apenas un murmullo, pero antes de que pudiera decir algo más, me aparté. — No, Alejandro. Si quiero salir, puedo salir, si quiero follar con alguien —apretó los labios —, puedo acostarme con esa persona. — No. Siseo aquello con tanto enojo que me contuve de sonreír. — Soy una mujer, tengo necesidades, tú no quieres, puedo buscarlas por otro lugar. Me giré y regresé a la fiesta, dejando atrás a un hombre que parecía por primera vez perdido, sin las respuestas que siempre creía tener. Pero yo sabía una cosa con certeza: no iba a ser su segunda opción. No manejaba el juego, yo lo hacía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD