Alejandro. Llevo días cargando una sensación que no me deja respirar, como si un peso invisible apretara mi pecho con fuerza, implacable. Toda mi vida ha sido un esquema perfectamente diseñado, cada decisión calculada, cada paso meticulosamente planeado. No soy alguien que titubea. Creo firmemente que la disciplina es el único camino al éxito. Pero desde el momento en que Sofía cruzó esa línea invisible entre lo prohibido y lo inevitable, algo en mi interior empezó a desmoronarse. Estaba en mi oficina, el refugio donde siempre había encontrado calma y claridad, cuando su imagen irrumpió en mi mente. Cerré los ojos, intentando borrar el recuerdo de su sonrisa y la forma en que sus labios pronunciaban mi nombre, como si fuera una confesión. Era inútil. Sofía estaba ahí, ocupando cada rincó

