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El martes de la semana siguiente, cuando ______ dejó a Sami en la
guardería, regresó a su casa para llamar a su familia en Asturias. Tras dos
timbrazos, oyó:
—Dígame.
Era su hermana y, divertida, adoptó un tono de voz sureño y dijo:
—Señorita Escarlaaata..., señorita Escarlaaata, al habla la señorita
_______.
—Mira que eres payasa, _____ —rió su hermana y añadió—: Que sepas
que hoy estoy muy cabreada.
—¿Por qué?
—Mamá ha hablado con papá.
—¿Y?
—Que cuando cuelga, siempre está histérica y al final hemos
discutido. No entiende que yo quiera regresar a Fort Worth. Según ella,
aquí vivo mejor que allí, pero...
—Dale tiempo, Scarlett. Aunque se haga la dura, no ha superado
todavía el haber dejado a papá, y si tú también te vas...
—Vaya dos, ________ —la cortó su hermana—. Me van a volver loca. Y ni
te cuento la abuela. Menuda ojeriza le ha cogido a papá con la pasión que
le tenía. Se pasa todo el santo día llamándolo de todo. Y, oye, yo quiero
mucho a la abuela, pero me harta está escuchándola todo el rato despotricar
de papá.
Ambas reían cuando Scarlett dijo:
—Abuela..., un segundo. Estoy hablando yo. —Pero finalmente,
dándose por vencida, le anunció—: _______, te paso a la abuela, no sé qué
narices te quiere decir. Luego seguimos hablando.
Divertida, _______ cabeceó hasta que oyó decir a gritos:
—¿Cuándo vienes, neña?
—Hola, abuela. Pronto, pero no sé la fecha todavía.
—Aisss, ¡descastá! Cualquier día la palmo y me ves ya amortajada.
—¡Abuela!
—Eso sí, en el testamento te he dejado unas pocas perras para ti y la
rapaza. No te olvides de pedirlas, que tu madre y tu hermana son muy
listas.
—¡Abuela, por Dios! —rió ella al escucharla.
Covadonga, que era una vivaracha mujer de ochenta y seis años,
insistió:
—Neña... ven pronto que la güela te quiere ver. Además, si vienes te
haré pastel de cabracho, que sé que te gusta mucho y compraré sidrina en
casa de Ovidio para ti.
Pensar en aquel rico pastel hizo que a ______ le rugieran las tripas y
respondió:
—Vale, abuela. Haré todo lo posible por ir.
—Por cierto, ¿algún mozu curiosu a la vista?
—No. Ningún mozo a la vista —rió divertida.
—Que sepas que el Ceci llama muy a menudo. A tu padre fáltale un
fervor.
—Abuela, papá se llama Cedric... ¡Cedric! no Ceci y... no es tonto, por
mucho que te empeñes. Es normal que llame. Querrá hablar con mamá y
con Scarlett.
La carcajada de Covadonga finalmente hizo reír a ______. Acto seguido
oyó la voz de Scarlett:
—Desde luego, la abuela qué jodía. Mira que le gusta meter cizaña.
Mira que decirte que mamá y yo nos quedaríamos con tu parte de su
herencia. ¡Pa matarla!
—Y no olvides que ha aprovechado también para decirme que a papá,
al Ceci como dice ella, le falta un hervor.
Ambas se rieron por aquello. Su abuela era un caso. Nunca superaría
que su hija Luján se hubiera casado con un hombre de nombre
impronunciable para ella y menos aún su separación.
Tras despedirse de su hermana, _______ puso una lavadora y la tendió. Se
sentó en el sillón para leer, pero cinco minutos después ya estaba en pie.
No podía parar quieta. Se puso ropa cómoda y se marchó a correr. Un poco
de ejercicio nunca venía mal.
Veinte minutos después, ataviada con ropa deportiva y una gorra,
salió a la calle. Encendió su iPod y rápidamente la canción Pump it, de The
Black Eyed Peas, comenzó a sonar. Le gustaba aquel grupo y subió el
volumen a tope.
Sin descanso, corrió durante una hora hasta que al pasar junto a una
salida de vehículos, uno la tocó y terminó en el suelo.
Atontada por el susto, resopló. No le había pasado nada grave, pero al
mirarse la rodilla vio que se había roto el pantalón y tenía sangre. De
pronto, alguien le quitó los auriculares de los oídos y con voz preocupada
preguntó:
—¿Estás bien?
Cuando fue a responder, se quedó sin habla al ver que ante ella estaba
el amigo de Judith. Aquel con el que le gustaba meterse. Parpadeó. No
podía ser. ¿Qué hacía él allí?
Tom, tan sorprendido como ella al verla, murmuró:
—No me lo puedo creer.
—Joder, ni yo.
Soltándose de él, se levantó de un salto y apartándose unos pasos,
gritó:
—¿Tú no miras cuando sales del puñetero garaje?
Ante aquel estallido, Tom respondió:
—Claro que miro cuando salgo de mi casa, pero...
—Pues quién lo diría —lo cortó ella, mientras se oía la música a todo
volumen.
Mirándose la rodilla, _______ maldijo cuando él gruñó:
—El problema quizá lo tienes tú, bonita, al llevar la música tan alta y
no oír lo que pasa a tu alrededor.
Ella cerró los ojos y masculló algo ininteligible. Él tenía razón.
Apagó el iPod y la música estridente dejó de sonar. Se fijó en el lujoso
coche y, señalándolo, dijo:
—Para tu horror, te informo de que te acabo de rayar el coche.
Tom miró en la dirección que ella señalaba y replicó:
—El coche no me importa, lo que me importa es que tú estés bien.
Vaya... el muñequito era menos materialista de lo que imaginaba y
ella se mofó:
—De ésta no me muero.
Pero cuando puso el pie en el suelo, blasfemó:
—¡Joder! ¡Joderrrrrrrrrrrrrrrr!
—¿Te duele?
______ asintió y él se disculpó:
—Pues lo siento. No tengo tiritas de las princesas para que te quiten el
dolor. ¿Tú tienes alguna?
______ al oírlo, siseó:
—Vete a tomar por...
—Esa boca..., bonita.
—Eh... eh... eh..., c*****o, ni se te ocurra mandarme callar.
Tom suspiró. Aquella mujer lo sacaba de sus casillas, pero deseoso
de ayudarla, cerró con el mando el coche, la cogió en sus brazos y propuso:
—Vamos, te llevaré a mi casa y miraremos ese tobillo.
—¡Suéltame!
Él no hizo caso.
Continuó su camino y cuando un golpe en la cara lo echó para atrás y
ella bajó de un salto de sus brazos, gritó:
—Pero ¿tú estás chalada o qué? ¿Por qué me golpeas?
—Te he dicho que me bajaras y no lo has hecho.
Tocándose la nariz, Tom quiso estrangularla. ¡Menudo porrazo le
acababa de dar! Pero conteniendo sus impulsos, dijo:
—Mira, guapa, está claro que tú y yo, cuanto más lejos estemos,
mejor.
—Me jode reconocerlo, nene..., pero por una vez tienes razón.
Tom resopló. Aquella mujer era cuando menos impertinente y,
echando mano de su saber estar, dijo:
—Te acabo de atropellar y lo mínimo que puedo hacer como persona
sensata y decente que soy es preocuparme por ti. Ahora bien, si tú,
Superwoman, puedes regresar a tu casa con el pie como lo tienes, cojo mi
coche y me voy. Por lo tanto, dime, ¿necesitas ayuda o no?
_______ lo pensó. El pie le dolía, pero como él había dicho, cuanto más
lejos estuvieran el uno del otro, mejor, y mirándole, le ordenó:
—Vete. Puedo continuar yo sola.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Tom se dio la vuelta, caminó hacia su coche y una vez entró en él,
arrancó y se marchó. A la mierda con aquella listilla.
Cuando _______ vio que se marchaba, se sentó en unos escalones que
había al lado del garaje. Se miró el tobillo y suspiró aliviada al ver que
estaba bien. Sólo era una simple torcedura. Como siempre, su
autosuficiencia había hablado por ella. El pie le dolía y sabía que le iba a
costar llegar a su casa, pero lo lograría. En peores situaciones se había
encontrado.
Acostumbrada al dolor, se levantó y, despacito, comenzó a caminar.
Llegaría a su casa, ¡claro que lo conseguiría! Pero el pie se resentía y más
que andar iba dando saltitos. De pronto se dio cuenta de que un coche iba
escoltándola. Al comprobar que se trataba de Tom, se puso las manos en
la cintura y preguntó:
—¿Pretendes atropellarme de nuevo?
—No caerá esa breva —se mofó él—. Anda, sube.
—No.
—Sube de una vez Ironwoman.
—Que noooooooooooooo.
Mel continuó andando y Tom, con paciencia, la siguió mientras
tarareaba Let’s stay together , de Al Green, que sonaba en su moderno
deportivo.
Sin apartar los ojos de la cabezota que iba dando saltitos por la acera,
esperó a que desistiera. Finalmente, cuando ella no pudo más, se paró,
caminó hacia el coche, abrió la puerta y tras sentarse, molesta ante el gesto
guasón de él, dijo:
—Vivo muy cerca de ti. Cinco calles más adelante.
—¡Qué ilusión, vecinitos! —murmuró él.
—Mira, guapo, ¡no me calientes!
—Yo a ti... ¡Dios me libre! —se mofó divertido.
El semáforo se puso rojo y ninguno de los dos habló. Tom tarareaba
aquella canción y ______, mirándolo, murmuró:
—Deberías escuchar buena música.
—Eso escucho.
Ella apoyó la cabeza en el respaldo del coche y contestó:
—The Black Eyed Peas, Bon Jovi, ZZ Top o AC/CD, eso sí que es
música.
—Prefiero el soul.
—Musiquita romanticona, ¡qué horror!
Tom la miró y ella, al ver que la observaba, se burló:
—Ah, claro, muñeco, olvidaba que eres todo un conquistador y a
vosotros os va ese ronroneo de musiquita.
Tom resopló. Si comenzaba de nuevo a meterse con él, directamente
la echaba del coche. Por ello, bajándose las gafas de sol para que le viera
los ojos, replicó:
—Si sigues por ese camino, al final irás andando a tu casita...,
muñeca.
El semáforo cambió y _______ decidió callar. Con el dolor de tobillo que
tenía, prefería ir en coche. Cuando pasó por delante de la guardería de su
hija, inconscientemente comentó:
—Ésta es la guardería de Sami. —Y mirando su reloj murmuró—:
Joder, tengo que recogerla en cuarenta y dos minutos.
Tom no respondió, condujo y cuando ella le ordenó parar ante un
edificio alto, lo hizo. Se bajó para acompañarla, pero ella, mirándolo, dijo:
—Gracias y adiós.
Sin decir nada, la cogió de nuevo en brazos y sujetándole las manos
para evitar cualquier imprevisto ataque, la advirtió alto y claro:
—Como me vuelvas a pegar, juro que te suelto de golpe.
—Atrévete.
Tom sonrió. Por primera vez vio que tenía el control de la situación y
murmuró divertido:
—No me tientes... No me tientes.
________ sacó una llave del bolsillo y abrió el portal. Una vez dentro,
llamaron el ascensor y, tras subir a la cuarta planta, _______ le indicó una
puerta con la letra D y anunció:
—Hemos llegado. Suéltame.
Él no hizo caso y ella, al ver que no se movía, siseó:
—Gracias. Te puedes ir. Bye... Bye... Ciao... Bon voyage.
Descolocado como nunca en su vida, Tom la miró. Nunca una mujer
se lo había quitado de encima con tal descaro y, aunque quería marcharse,
algo en él le pedía a gritos que se quedara. Pero finalmente se dio la vuelta
y se fue. Era lo mejor.