Fraser y Neill asintieron y ella echó a andar hacia la oficina del
hangar 12. En su camino, varios hombres la saludaron con disciplina
militar y ella les devolvió el saludo. Una vez llegó ante el despacho del
comandante, llamó a la puerta con determinación. Pronto oyó la voz grave
del comandante y sin dudarlo entró.
El hombre, un militar de unos cuarenta años, alto y fornido, se levantó
de la mesa al verla y ella dijo:
—Señor, se presenta ante usted la teniente Parker.
El comandante asintió.
—Teniente Parker.
______ esbozó una sonrisa. Tiró los papeles sobre la mesa y dijo
mientras echaba el pestillo de la puerta y se bajaba la cremallera del mono
militar:
—Tenemos veinte minutos. Aprovechémoslos.
Sin demora, el comandante se le acercó y, mientras paseaba su boca
por el cuello de ella, se entregaba al disfrute del sexo.
Nada de besos...
Nada de cariños...
Nada de amor...
Sexo en estado puro demandaban los dos, y cuando las manos de él
ascendieron hasta los pechos de ella y los miró, ______ murmuró:
—El tiempo es oro, comandante.
El hombre, enloquecido por la entrega que siempre le mostraba en sus
escarceos sexuales aquella joven, no lo dudó. Con rudeza, se metió los
pechos en la boca para succionárselos, mientras la cogía entre sus brazos y
la ponía sobre la mesa. Los papeles que había encima cayeron al suelo
cuando ______ quedó tendida en ella y su ropa, junto a la del comandante,
comenzó a volar por la estancia.
—Teniente... —susurró él, duro como una piedra, cuando ella se
ofreció abriéndose de piernas.
______ sonrió. Quería lo que había ido a buscar y, mirándolo, exigió:
—Hagámoslo. El tiempo pasa y mis hombres me esperan.
Deseosos de continuar con aquello, el comandante la cogió en brazos
y se introdujo con ella en el baño del despacho. Sus jadeos allí no se oirían.
Cuando él cerró la puerta, la miró y, dejándola en el suelo, murmuró:
—Dese la vuelta.
______, provocándolo, susurró:
—Démela usted..., señor.
El comandante sonrió y, con brusquedad, le dio la vuelta. Acercó su
erección a su trasero y, restregándose contra ella, dijo mientras cogía del
armarito del baño un preservativo y lo abría:
—Separe las piernas y agáchese. —_______ obedeció—. Sujétese al borde
de la bañera.
Una vez se puso el preservativo y ella estuvo como él quería, acercó la
boca a su oído y murmuró:
—Recuerde, teniente, nada de jadeos o todo el mundo se enterará.
—Recuérdelo usted también, comandante —replicó ella.
La joven deseaba sexo. Le urgía y, dejándose manejar como una
muñeca, permitió que él le abriese más las piernas, le separase los
húmedos labios vaginales y la penetrase. El ataque fue tan asolador que
tuvo que morderse el labio inferior para no gritar. Una vez estuvo dentro,
el hombre le masajeó las nalgas y preguntó:
—¿Le gusta así, teniente?
—Sí..., señor...
Él volvió a penetrarla una y otra... y otra vez. Aquello era una
maravilla. Lo deseaba, lo gozaba y cuando recuperó el control de su
cuerpo, con un rápido movimiento se apartó del hombre, se dio la vuelta y
exigió: —Siéntese, señor.
Sorprendido por el cambio de juego, él fue a protestar cuando ella,
cogiéndole el pene con la mano, insistió mientras le mordía la barbilla.
—Siéntese... he dicho.
El hombre, excitado, hizo lo que ella pedía y se sentó sobre el retrete.
Sin demora Mel se colocó sobre él para introducirse el duro pene en su
totalidad en su interior. Sin dejarle hablar, guió uno de sus pechos hasta la
boca de él, que rápidamente se lo mordisqueó.
—Así..., chúpemelos.
Sus movimientos se hicieron más intensos.
El morbo entre ambos estaba servido y el calor en el baño era
inmenso. Las caderas de Mel bailaban de adelante hacia atrás,
introduciéndose el pene una y otra vez, a un ritmo asolador, mientras el
comandante la sujetaba de las caderas y la ayudaba en su loco movimiento.
Los jadeos de él subían de tono y ella, enloquecida, se agarraba a sus
hombros y le metía sus pechos en la boca para mitigar el sonido.
Un placer demoledor llenó el cuerpo de ______ y por fin explotó.
Cuando todo acabó, durante unos segundos se quedaron el uno en
brazos del otro. No hablaron. No se besaron. No se acariciaron. Hasta que
ella se levantó y, tras limpiarse, sin mirarlo, salió al despacho, donde cogió
su ropa y comenzó a vestirse. Segundos después, él se reunió con ella en su
despacho y cuando estuvieron vestidos ______ esbozó una sonrisa y murmuró:
—Como siempre, ha sido un placer, comandante Lodwud.
El hombre sonrió y, dejándose de formalismos, se acercó a ella y
preguntó:
—Creía que llegarías antes. ¿Qué ha ocurrido?
—Problemas en la recogida.
Él asintió. Paseó sus ojos castaños por ella y preguntó:
—¿Haces noche aquí?
—Sí.
—Tengo una reserva para hoy en un hotel. Buena cena, buena
compañía... sexo. ¿Qué me dices, _______?
La joven tendió la mano con descaro. El comandante sonrió. Abrió el
cajón de su mesita y, tirándole una llave, dijo:
—Hotel Bristol. Habitación 168 a las veinte treinta.
—Allí estaré.
Lodwud sonrió. El sexo con ______ y sus juegos siempre eran morbosos,
y cuando vio que ella se cerraba el mono caqui, añadió:
—Hasta luego, teniente.
—Adiós, señor.
Caminó hacia la puerta, abrió el pestillo y, saliendo del despacho,
regresó junto a sus hombres y su avión, de donde no se movió hasta que
estuvo completamente vacío.
A las seis de la tarde, tras despedirse de sus hombres y quedar con
Fraser y Neill en el aeropuerto a las siete de la mañana del día siguiente,
cogió un taxi y llegó al hotel. Con la llave que el comandante le había
dado, abrió la puerta y sin demora se desnudó. Necesitaba con urgencia una
ducha. Cuando salió del baño, puso música en su móvil. Le gustaba mucho un
grupo español llamado La Musicalité. En especial la canción Cuatro
elementos y cantó.
Dolor que no quiero ver,
dolor que nunca se va,
no puedo decir adiós,
ni quiero decir jamás,
tumbado al amanecer,
llorando porque tú vuelvas otra vez.
Eso era lo que ella sentía. Dolor. Un dolor que no quería ver y al que
no podía decir adiós. Mike no la dejaba. ¿O quizá no se dejaba ella misma?
Bailó. Se subió a la cama como una chiquilla y bailó descontrolada
hasta que, cansada, abrió su petate, sacó ropa interior limpia y se la puso.
Después miró la bolsita de maría que un amigo le había facilitado y, sin
dudarlo, se lió un cigarrillo.
Con los ojos velados por los recuerdos, se lo fumó. Sabía que no
estaba bien que fumara aquello, pero en ese momento le daba igual. Estaba
sola. En ese instante era dueña de su vida y hacía lo que quería. Tras ese
cigarrillo llegó otro y después otro y cuando miró el reloj no se sorprendió
al ver que eran las 20.21. El comandante no tardaría en llegar y así fue.
Escasos minutos después, la puerta se abrió y al verla sentada en ropa
interior en la cama, fumando, él sonrió.
Sin hablar, se quitó la gorra y la chaqueta, se sentó junto a ella y
preguntó, cogiéndole el cigarrillo de la mano para dar una calada:
—¿Estás bien?
Sin querer dejarle ver sus emociones, ______ respondió:
—Sí.
—¿Y qué haces fumando esta mierda?
Ella sonrió.
—Evadiéndome un poco.
Lodwud la entendió, pero dispuesto a que no continuara por aquel
camino, dijo:
—Esta mierda no es buena, ______.
—Lo sé y es la última vez que me permito fumarla. —Ambos rieron y
ella prosiguió—: Tampoco es bueno lo que hacemos aquí o en el despacho
del hangar y seguimos haciéndolo. Ah, y por cierto, esta mierda no es
buena, pero bien que estás fumándotela ahora.
Ambos sonrieron y finalmente él dijo, dando otra calada:
—El día que tú o yo encontremos a alguien que nos importe,
dejaremos de hacerlo, ¿no crees?
______ se encogió de hombros. No tenía la más mínima intención de
encontrar a nadie.
—Eso está por ver. Pero hasta que eso suceda, quiero seguir
divirtiéndome contigo. Tú y yo nos conocemos. Sabemos que esto es sexo
sin compromiso y respetamos unas normas —respondió.
Ambos sonrieron. No se besaban y no se pedían explicaciones. Ésas
eran sus condiciones y ______, abrazándolo, añadió:
—Vaya dos que estamos hechos tú y yo. El amor nos ha destrozado la
vida y sólo nos quedan estos momentos tontos que en cierto modo
fabricamos. Ni Daiana ni Mike se lo merecen, pero aquí estamos tú y yo...
como siempre.
Lodwud asintió. Daiana era la cruel mujer que lo abandonó por un
alemán. Pasados unos minutos, el comandante tomó las riendas del juego
y, sacándose un pañuelo oscuro del bolsillo, fue a vendarle los ojos a ella,
pero _____ se negó. Eso lo sorprendió.
—¿No quieres pensar en Mike?
—Sí. Como siempre, tú serás Mike y yo seré Daiana. Pero no quiero
pañuelo. Estoy tan fumada que hoy no lo necesito.
—De acuerdo.
Cogió la mano de ella y se la llevó a la entrepierna para que lo tocara.
—Quiero una Daiana caliente, receptiva y segura de lo que desea y,
cuando esté saciado de ella, quiero que Daiana finalice el juego como ya
sabes —murmuró en su oído.
Tocándolo como sabía que le gustaba, _______ bajó el tono de voz y
respondió:
—Mike..., vamos a jugar.
Aquél era un juego peligroso entre los dos. Dos almas resentidas. Dos
personas carentes de cariño que de vez en cuando se reunían en la
habitación de un hotel e imaginaban que eran otros quienes los poseían.
—Ponte de rodillas, Daiana.
______ aceptó y sin necesidad de que dijera más, hizo lo que a Mike le
gustaría. Le quitó los pantalones, el calzoncillo y se metió su pene en la
boca. Durante varios minutos lo chupó, lo degustó, lo provocó hasta tenerlo
duro como una piedra.
El comandante se dejó hacer mientras pensaba que quien lo
succionaba era Daiana y, cuando no pudo más, sacó el pene de su boca e
indicó: —Desnúdate y siéntate en la cama.
Cuando estuvo totalmente desnuda ante él, ______ se sentó. Lodwud
sonrió y, poniéndose de rodillas ante ella, murmuró:
—Me encantan tus pezones, cariño.
Ella sonrió y musitó con voz sensual:
—Y a mí me encanta que me los chupes, Mike.
La invitación fue formalmente aceptada y el comandante devoró lo
que ella le ofrecía. Con sensualidad, _____ puso su mano en la cabeza de él y
lo apretó contra sus pechos. Lodwud se volvió loco. Chupó, mordisqueó y
cuando ella tuvo los pezones como a él le gustaban, dijo:
—Abre las piernas... así... así... muy bien, Daiana. —La lujuria tomó
sus ojos al ver brillar los jugos de ella y pidió—: Ábrete con los dedos.
Quiero ver cómo me invitas a chuparte.
Excitada al escuchar a Mike pidiéndole eso, con el índice y el anular
hizo lo que le pedía y murmuró mientras lo sentía entre sus piernas:
—Así... así te gusta.
Lodwud, sentado en el suelo, le agarró las piernas y, tirando de ella,
acercó la boca directamente al centro de su deseo. El grito de _____ ante
aquel ataque fue devastador, mientras él mordisqueaba los labios de su
vagina enloquecido.
—Mike, cariño, estoy a punto de caerme de la cama.