La noche estaba fría y serena, envolviendo a la ciudad en un aire de quietud que contrastaba con la tormenta que Amelia sentía en su interior. Había pasado el día entero junto a Alan en la clínica, atendiendo sus necesidades y soportando el frío del lugar. A pesar de su agotamiento físico, era su mente la que no encontraba descanso, y en un intento desesperado por despejarse, tomó las llaves del Nissan Silvia amarillo y salió de casa. El coche, restaurado con esmero por Dylan, era una obra de arte, su pintura brillante reflejaba las luces de las calles mientras rugía por el camino. Amelia no podía evitar sentirse orgullosa al conducirlo, aunque ese orgullo le parecía un sentimiento extraño. Nunca había sido de las que se dejaban impresionar por los autos, pero este ten

