El tiempo había pasado rápidamente desde la reunión en la universidad, y ahora, con el viaje a Miami cada vez más cercano, Alan se encontraba en un dilema. Sabía que debía hablar con su padre antes de partir, pero no estaba preparado para la reacción que esa conversación pudiera desencadenar.
Las cosas no iban bien entre ambos, y cualquier cosa podría suceder.
El peso de lo que estaba por hacer lo tenía en vilo, ya que su relación con su padre literalmente pendía de un hilo.
Una tarde, finalmente decidió que no podía retrasarlo más, y reunidos en la sala de la lujosa mansión familiar, ubicada en las frías zonas del Valle, Alan se sentó frente a su padre. El ambiente en la sala era tenso, y la opulencia del lugar parecía oprimirlo aún más.
Héctor Martínez, su padre, estaba en su sillón habitual, fumando un cigarrillo y con un vaso de whisky en la mano. La escena era tan familiar como incómoda para Alan ya que a duras penas se decían “Hola”, a solo unos cinco o seis meses para el momento de irse a Miami.
Era lo mejor, pensaba Alan, salir de eso pronto o viviría los últimos meses en Mérida en un profundo abismo de pensamientos y cargas con respecto al viaje.
— Padre, necesito hablar contigo sobre algo importante. —Comenzó Alan, intentando que su voz no temblara, mirando con firmeza y templanza, debía sonar lo más convencido posible de lo que haría, ya que entendía que su padre le cuestionaría por su decisión.
Héctor lo miró brevemente, exhalando una bocanada de humo antes de tomar un sorbo de su whisky. Había algo en su mirada, una mezcla de desdén y despreocupación, que hizo que Alan se sintiera aún más nervioso, pues para Héctor, parecía que Alan ya era cada vez más insignificante.
— ¿De qué se trata? Dime. —Preguntó Héctor, sin mucho interés, mientras observaba su teléfono celular, parecía que lo que fuese que veía allí tenía más atrapada su atención que su propio hijo.
Alan tomó aire antes de continuar. No había una manera fácil de decirlo, así que decidió ir directamente al grano.
— He sido seleccionado para un programa de pasante en Miami. Es una gran oportunidad para mí, y he decidido aceptarlo, he decidido irme, empezaré desde cero allá. —Expresó Alan sin darle muchas vueltas al asunto, mientras que su padre Héctor rápidamente quitó la mirada de su teléfono y se enfocó en él, asimilando lo que había acabado de decir, y es que algo de eso no le gustó o no encajó con sus propios pensamientos acerca de su hijo.
Por un momento, el silencio llenó la sala, solo interrumpido por el suave crujido de la leña en la chimenea. Luego, Héctor estalló en risas, unas carcajadas que resonaron en las paredes decoradas con cuadros caros y objetos de gran lujo.
— ¿Tú? ¿Irte a Miami? ¿Al imperio? —Preguntó Héctor entre risas, como si fuera la cosa más absurda que hubiera escuchado en mucho tiempo. —¿Y qué harás allí, Alan? ¿Dejarlo todo para irte a jugar a ser escritor? Vamos, hijo, sé realista te vas a morir de hambre. —se burló Héctor con una cara de ironía y risas, realmente su burla era la fachada de un profundo resentimiento al ver la negativa en Alan de seguir sus pasos.
Héctor estaba dispuesto a humillar a su propia sangre.
La burla en las palabras de su padre hizo que Alan sintiera un nudo en la garganta, pero se mantuvo firme, él ya había decidido, y si Héctor aceptaba o no su decisión, ya no era su problema, ya que Alan tomaba su discurso como un aviso y no como si pidiera permiso a su padre.
— No es un juego, padre. Es mi carrera, mi futuro. No quiero seguir el camino que tú has tomado. No quiero estar involucrado en los negocios de la familia, olvídate que yo seré esa persona que pensabas crear. —Respondió Alan, evidentemente un poco frustrado y lleno de enojo, para él no era normal que su padre lo acorralara tanto, no entendía el por qué Héctor no comprendía que él era diferente, sentía que cada vez con sus actos y palabras solo le hacía más enemigo de su padre.
Las risas de Héctor se apagaron tan rápido como habían comenzado, su expresión se endureció, y en sus ojos apareció un destello del enojo que cargaba hacia su propio hijo.
— ¿Te niegas a tomar los negocios de la familia? —Respondió Héctor, ahora con una voz más fría y calculadora, dejando en el cenicero el cigarrillo que fumaba. —¿Y qué se supone que vas a hacer entonces? ¿Dejar que todo lo que he construido se pierda? No seas ingenuo, Alan. Tú seguirás mis pasos, tal como lo hace tu hermana, tenlo por seguro. —Aseguró su padre, pero Alan ahora era quien sonreía y negaba con su cabeza que las cosas fueran a ser como él deseaba.
Alan apretó los puños, sintiendo cómo la frustración y la ira comenzaban a apoderarse de él, pero no caería en el juego de su padre, si alguien perdería la cordura, que fuese Héctor, al ver la rebeldía en su hijo adulto.
— No soy como ella, y nunca lo seré, así que olvídate de tus planes conmigo porque ya no soy un niño, padre. —Respondió Alan con firmeza, su voz fue aún más grave y su mirada fija acompañada de su semblante hablaban por sí mismo. —No quiero vivir mi vida dependiendo de lo que tú has hecho. Quiero hacer algo por mí mismo, lejos de todo esto. Después de todo, tu pendes de un estado, si eso cae tú te vas con ellos por el desagüe y no quiero ser uno más cuando eso suceda. —Respondió Alan mientras se levantaba de su silla dispuesto a retirarse del lugar, ya había dejado las cosas claras, no se andaría con juegos.
Si Héctor prefería ser su enemigo antes que un padre, pues para Alan así mismo sería.
La tensión en la sala era palpable, Héctor se levantó de su sillón muy molesto, dejando el vaso a un lado y acercándose a Alan con una expresión de desprecio y enemistad, esas palabras de Alan habían herido su orgullo.
— Eres un idiota, Alan. Siempre lo has sido no tengo duda de eso. Si piensas que puedes vivir sin todo esto, adelante. Pero te lo advierto, si te vas, olvídate de que eres mi hijo. No tendrás nada de lo que he construido, ni un solo centavo, y te agradecería si desapareces desde ya de mi vida, pequeño imbécil, malagradecido. —Amenazó Héctor a Alan, mientras le tomaba de la camiseta a su propio hijo, parecía dispuesto a poner su otra mano en la mejilla del malagradecido frente a sus ojos, pero intentaba contenerse, tal vez para no agravar más la deteriorada relación.
Sin embargo, antes de que Alan pudiera responder, de la nada sintió el impacto de la mano de su padre contra su rostro. El golpe resonó en la sala, dejándolo aturdido por un segundo.
El dolor físico no era nada comparado con el dolor interno, la humillación y la ira que sentía en ese momento al desconocer a su propio padre, el cual dejaba ver lo tirano que era incluso en su propio hogar.
— Ahora lárgate. —Espetó Héctor, volviendo a su sillón, con la satisfactoria sensación de haberle dado su merecido a Alan. —No quiero volver a verte, así que es mejor que te marches de mi casa. —Terminó por recordarle a su hijo, tomando nuevamente su vaso y bebiendo un gran trago para pasar aquel desagradable momento.
Lo que había hecho estaba mal, le costaba muchísimo asimilar ser enemigo de su propia sangre, enemigo de quien el esperaba fuera su mayor heredero y su mejor alumno.
Alan, lleno de ira y decepción, no dijo una palabra más. Se giró e intentó salir de la mansión, con su mente en blanco y su corazón lleno de dolor. No tenía más opciones, había llegado el momento de tomar el control de su vida, aunque eso significara dejar atrás todo lo que conocía y su vida privilegiada.
Regresó a su habitación, empacó solo lo más esencial algo de ropa, su pasaporte, documentos y el dinero que había ahorrado a lo largo de los años. Pero no solo aquello llevó consigo, también conocía los lugares donde su padre escondía dinero, así que no perdió el tiempo y sacó una gran suma en efectivo de dólares que había en uno de esos escondites detrás de las obras de arte regadas por toda la casa.
Esa noche, salió de allí con la certeza de que no regresaría más nunca a esa casa.
Se subió en su moto, la única posesión que verdaderamente le importaba, y comenzó a conducir sin un rumbo fijo. El rugido del motor era lo único que lo mantenía enfocado mientras su mente se debatía entre la rabia y la tristeza, entre la soledad y el destino que tenía en frente.
Más tarde, ya entrada la noche, Alan habló con algunos conocidos, buscando un lugar donde pudiera quedarse temporalmente. Su novia vivía con sus padres, y él no quería imponer su presencia allí, además ir a donde Victoria no arreglaría nada.
Uno de sus amigos, Sergio le sugirió un lugar en las afueras de la ciudad, en La Pedregosa, donde la madre de una amiga que alquilaba una habitación a bajo costo.
— La madre de Amelia Hernández. —Dijo Sergio intentado ayudar, ya que Sergio no estaba en la ciudad para ayudarle o llevarle a su casa, pero conocía de aquel buen lugar donde podría ir mientras tanto. — Es un buen lugar, y como eres conocido, no tendrás que pagar garantías por adelantado, ¿No crees? —Agregó Sergio a través del teléfono, era lo único que le llegaba a su mente en dicho momento, no conocía a donde más enviar a Alan a esa hora, y Alan, seguramente sería recibido donde fuera que fuese, ya que el dinero no le sería problema.
Al escuchar el nombre de esa mujer tan terca que solo hacía que le doliera la cabeza cada vez que le hablaba sobre la oportunidad que él mismo ganó con su esfuerzo, soltó un suspiro pesado, sabiendo lo que le esperaba.
Alan no tenía muchas opciones, así que decidió dirigirse hacia allí antes que a un hotel.
Llegó a La Pedregosa tarde en la noche, con la esperanza de encontrar un lugar donde pudiera recomponer su vida y pensar en lo que vendría después, aunque aquello debía de ser muy incómodo dados los últimos acontecimientos que involucraba a Amelia.
Pero a decir verdad, Alan no veía más opciones, era eso o ir a buscar a su familia, lo cual no deseaba realmente para nada.