—¡Andrew! —escuché cómo Tiffany me llamaba, casi de inmediato dejé de jugar tenis para poner mi atención en ella.
—¿Si, Tiff? —respondí.
—Mi auto no enciende, está en la parte trasera, ¿Podrías mirar que le pasa? —hizo su típico puchero.
—Tiff, para eso Jon paga un mecánico —aclaré a la rubia.
—Ay, ya lo sé tonto, pero tú eres mejor. Por favooor —unió sus manos y se inclinó sólo un poco hacia abajo para hacer parecer como un ruego real.
Rodee lo ojos.
Siempre, ella y su madre hacían lo mismo. Tenían suficiente dinero para contratar a alguien más que haga ese tipo de trabajo, pero siempre era yo.
—Bien —acepté soltando un suspiro.
Tiffany chilló y saltó, agradeció y se fue en dirección a la casa.
Me dirigí a la parte trasera de la casa de campo para comenzar ya con la revisión del auto de la consentida de la casa.
Al llegar, lo primero que hice fue checar si encendía, en vista de que no, fui directamente al motor del auto.
Revisé cada cosa, pero estaba en perfectas condiciones.
Me detuve un momento a pensar la causa cuando de pronto, se me ocurrió checar el aceite y combustible del auto.
Combustible, perfecto.
Aceite, ni una gota.
Suspiré pesadamente, ¿Realmente era tan consentida como para no hacerse cargo ni siquiera del mantenimiento de su propio coche?
Mis pensamientos fueron interrumpidos por unas voces a mi costado, el lado de los vecinos.
Me pareció extraño, pues esa casa no era habitada. Pero al parecer los dueños hicieron acto de presencia este verano.
—¡Esto es otro nivel de ineficiencia! —gritaba una señorita bastante enojada al capataz, la cual sólo podía ver de espaldas.
Vestía pantalones negros, botas hasta las rodillas de cuero n***o, y un suéter del mismo color, lo único que podía ver de color en su atuendo era una correa beige que resaltaba.
Llevaba un casco en sus manos por lo que deduje, estuvo montando a caballo.
—Señorita Lambert, de verdad se lo advertimos —hablaba aquel hombre con temor.
Yo conocía a Tomás, el capataz vecino. Era un buen hombre, no entendía cómo podía tratarlo así.
—¡Cada animal, en esta propiedad me pertenece, cada uno debe obedecer! ¡Y si yo le digo al caballo que se quede quieto, SE QUEDA QUIETO! —el enojo en esa mujer, era realmente alto.
—Es un poco difícil si el animal no la conoce señorita —intentó defender Tomás.
—Entonces lo vendemos y compramos otro —alcé mi ceja casi al instante.
—Es una ejemplar señorita, no podemos venderlo — el hombre casi suplicaba.
— ¿Me está diciendo qué hacer, capataz? — la mujer se acercó amenazantemente al mayor con sus manos en la cintura.
No lo resistí más, crucé la cerca que nos dividía.
—Disculpe — interrumpí y rápidamente la mujer se giró, no mostró rastro de haberse asustado, ni siquiera estaba sorprendida, su rostro estaba rosa, imagino de la rabia, tenía el ceño fruncido y respiraba con rapidez.
En qué me metí.
Me sentí pequeño ante ella, aun cuando medía 1.80 y ella, probablemente 1.70.
— ¿Tú quién eres, también trabajas aquí? —preguntó despectivamente.
—No, soy de la casa de al lado, sólo viene a defender a Tomás, deberías tratarlo con más respeto — Tenía nervios por cómo se dirigía a mí, pero seguía firme.
Ella dirigió su vista hacia el lugar señalado por mí y luego volvió a mirarme.
— ¿Ha invadido propiedad privada? — preguntó alzando una ceja, aunque era obvia la respuesta.
—No, bueno si— me contradije
—Yo la conozco, es su vecino señorita, siempre ha venido — intenta salvarme Tomás.
— ¿Eres de los Stanfford? — preguntó con sorpresa.
—Emm... Yo... Es complicado — terminé por decir.
Nunca me había gustado que me reconocieran por mi apellido adoptado, nunca me había sentido cómodo con ello, sentía como si ese apellido sólo lo hubiese tomado prestado, no como algo mío.
— ¡Si lo es! — dijo rápidamente Tomás.
Joder, ¿Tomás qué haces? Sé que quieres salvarme, pero así no.
La mujer, la cual no sabía su nombre, me miró por unos segundos más para luego volver a ver a Tomás.
—Ese caballo se venderá, en 5 minutos espero tener un ejemplar obediente para montar — dijo sin más girándose para caminar hacia la casa.
— ¡Ah! —se volteó para mirarme fijamente— No quiero a otro Stanfford sin permiso aquí — finalizó para volver a caminar.
—Pero esta niña quién se cree — A este punto ya estaba enfadado.
—Andrew, ¿Qué haces aquí? — esta vez era Tomás reclamándome.
— Vi todo, y quise venir a defenderte. Con lo que no conté es que esa mujer sería una cascarrabias — respondí intentando calmar mi estado de ánimo.
—La señorita Daniela Lambert —corrigió suspirando y comenzando a caminar hacia las caballerizas imagino para poner un ejemplar a disposición de la prepotente de su jefa.
—Entonces los Lambert regresaron —dije con sorpresa caminando con él.
—Diría que es una buena noticia, pero no, esa Daniela que viste hace un momento es sólo una parte de lo que nos tendremos que aguantar aquí todos —suspiró.
—¿Por qué lo dices? —pregunté.
—Nos mantendrá a todos trabajando día y noche, cuando algo no le gusta o no le parece se pone así —confesó.
Vaya, y yo que creía que la mujer y la hija de Jon eran unas divas sin valores llega Daniela Lambert a superarlas.
—Oye, y a todo esto, ¿por qué miss Lambert estaba tan furiosa? —indague.
—El caballo que a ella le gustó, nunca dejó que lo montara y eso la hizo molestar —relató el anciano encogiéndose de hombros.
—Ya que es una niñita malcriada —susurre
La prepotente señorita puntualmente 5 minutos después en los que deduje había ido a tomar agua o al baño, regresó con la misma ropa y casco en mano.
— ¿Dónde está ese ejemplar? — todo lo que decía esa mujer sonaba con tanta autoridad y confianza que me sorprendía.
—Por aquí, señorita — avisó el capataz para llevarla hasta Jack, un ejemplar hermoso y sumiso, pero con muchísima fuerza para competir.
Daniela pareció analizar al animal y cuando intentó tocarlo éste retrocedió lo que pareció ofender de nuevo a la riquilla.
—Tomás, si vuelvo a pasar por lo de hace un rato voy a reemplazar cada caballo que habite mis tierras —bastante extremista sí era.
—Tranquila —dije levantando mis manos en son de paz— Debes estar tranquila, ¿estás tranquila? Los animales a veces pueden percibir malas energías —intenté explicarle.
—¿Eres veterinario? —preguntó la castaña.
—No, pero amo los animales. Fíjate —indiqué mientras me acercaba tranquilamente al caballo, lo toqué y al principio se tensó pero comencé a hablarle y acariciar su lomo, casi al instante se tranquilizó.
—Ven —le tendí la mano a la chica pero al mirarla, sucia y llena de grasa por mi antiguo trabajo con el auto de mi hermana menor no la aceptó. Por el contrario sólo entró posicionándose a mi lado.
—Tócalo —ofrecí y obedeció, dejé que fuera ella ahora la que lo acariciara alejándome. La vi tan concentrada que me fui hasta dónde estaba Tomás observando sorprendido.
—Gracias por salvar a Jack de ser vendido —susurró el anciano.
—No es nada —respondí amable.
Después de un rato hablando con Tomás decidí regresar a la propiedad de Jon, el auto de Tiffany aún seguía allí.
Miré la zona y ahí estaba yo.
Solo, así había pasado toda mi vida y aunque Jon, mi ángel guardián sacaba tiempo para estar conmigo y salir al igual que Christian mi hermano mayor por dos años, no era tan seguido como quisiera.
Yo era adoptado, no tenía todavía muy claro por qué pero al parecer Jon me rescató de las calles cuando apenas tenía cinco años.
Claro que su mujer Fernanda, nunca dejaría que un ser como yo formara parte de su familia, por lo que Jon estuvo casi a punto de divorciarse de su mujer por la poca consideración y el mal corazón que tenía. Al instante que Fernanda, alias la interesada, escuchó divorcio salir de los labios de Jon se retractó de todo lo dicho dejándome formar parte de su familia.
La pareja hizo todo tipo de procesos legales para poder adoptarme y así, yo tuviera el tan ansiado apellido Stanfford.
Para cuando llegué a sus vidas, ya los Stanfford tenían un pequeño hijo de 7 años, Christian, el legítimo heredero de las empresas y negocios familiares que ahora era todo un hombre de 25 años.
Luego de él y de mí, nació otro pequeño niño, Brandon que actualmente cuenta con 17 años.
Y, por último, la pequeña princesa engreída de la casa, Tiffany, con 15 años.
Christian y Brandon, eran como Jon, rubios, guapos y musculosos, con un corazón enorme.
En cambio, la pequeña Tiffany, era como Fernanda. No sé cómo Jon dejó que criara a Tiff a su manera, había sido el peor error.
Yo por mi parte, me había criado de todas las formas posibles, con los cocineros, mecánicos, jardineros, capataces, chóferes y guardaespaldas ya que Fernanda nunca se interesó por siquiera enseñarme el abecedario y Jon siempre estaba de viaje debido a su trabajo, pero nunca tuve que depender de ellos para aprender, desde que tengo uso de razón soy increíblemente inteligente.
Mi lugar en la familia, era el detrás de las fotos, sabía que era porque Fernanda quería ocultarme de la cámara, sin embargo por más que lo intentara, mi altura se lo impedía, en la casa era prácticamente invisible de no ser por Brandon que cuando llegaba de sus clases conversaba o salía conmigo, y en la vida... Simplemente era un joven adoptado por una de las familias más ricas de Florida que estaba terminando sus estudios en Arquitectura sólo para seguir con el patrimonio familiar.
Jon intentó inscribirme en las mejores escuelas, con sus hijos, pero siempre terminaba expulsado, más que todo porque medio colegio se empeñaba en hacerme bullying por ser adoptado y nunca he sido de quedarme callado. Desde muy pequeño he tenido que defenderme solo. Cuando entre a la universidad fue distinto, yo pude escoger con cual me sentía más cómoda, en todo el tiempo que llevaba estudiando mi carrera no he tenido inconvenientes y sabía que ello se debía a mi apellido, éramos los reyes de la arquitectura y todos lo sabían.
Estar al lado de Jon y Christian me había inspirado y sin duda dado herramientas fundamentales, aún no me graduaba y ya estaba poniendo el nombre de la familia en alto, me faltaba un año para terminar pero ya hacía mis propios trabajos porque me contrataban y pronto mis trabajos se extendieron.
Amaba el arte, amaba pintar paisajes o personas, amaba la fotografía, la música y Jon lo sabía, mandó a construir una pequeña pero acogedora habitación fuera de la casa donde vivíamos en Orlando para evitarme distracciones y poder concentrarme cuando simplemente quería desaparecer del mundo.
Bien podía usar ese cuarto para hacer diseños de edificios, casas, locales, centros comerciales, pero ese era mi trabajo, mi pasión estaba a parte.
—Andrew —La voz de Tiffany volvió a retumbar en mis oídos.
—Si —respondí.
—Venía a decirte que ya no es necesario que arregles el auto, igual ni me gustaba, me iré en otro —dijo con ese tono de superioridad por supuesto de: 'me encanta hacerte perder el tiempo' y su sonrisita, la cereza del pastel.
—Está bien —sonreí medianamente.
La rubia giró su cuerpo y caminó lejos de mí.
—Puf, niñita esta —me quejé.
Escuché como un caballo rechinaba a mis espaldas. Los vecinos, otra vez.
Pero para mi sorpresa, esta vez era la miss Lambert cabalgando sin problemas a Jack.
Su cabello en una coleta, se meneaba con los movimientos, su rostro serio, su cuerpo erguido y confiado.
—Wow —salió de mis labios en un susurro mientras no quitaba la vista de ella, aunque no quisiera la imagen me resultaba hipnotizante.