CAPÍTULO DOS: NO ES TAN BUENO

2043 Words
Cuidado con el mar, cuidado con quien lo domina, cuidado con sus ojos. Miente el mar, miente él. Cuidado guerrera, que no dudará en usar tu propia espada para derramar tu sangre.               — ¡Agni! —gritó Enzo cuando ella cayó en los ojos esmeraldas del Dios, él esbozó una sonrisa de gato tras su presa y la joven se sintió culpable. ¿Por qué se dejó vencer tan rápido? Había estudiado por años las causas, sabía cómo el Dios podía engañarla ¡Como es que cayó!             Erein tomó con cuidado el corazón que palpitaba con más fuerza en sus manos, jadeó por el poder que lo envolvía, apretó los labios y con cuidado lo elevó convirtiéndolo en una esfera que iluminó aquel lugar, todos admiraron la esfera, la vieron moverse y segundos después, como el Dios la jalaba y se introducía la esfera en su pecho, empujándolo hacia atrás, pero no cayó, y mucho menos soltó a Agni. Cerró los ojos y los recuerdos de golpe lo envolvieron, las emociones, y también la culpa. El precio por despertar era demasiado alto, no estaba seguro si estaba preparado para pagarlo.             — ¡Erein! —la voz de su hermana hizo eco en su cabeza, cerró los ojos y confundido. La rubia con ojos chispeantes subió al barco donde él pasaba la mayoría del tiempo, desde ahí podía mantener la calma.             Calma, ¿Qué calma?             —Solda, ¿Qué haces lejos del bosque? —Erein tiró de ella dejando un beso en su frente, la abrazó con fuerza, ¿hace cuánto no lo hacía? Tal vez desde que había comenzado una guerra entre hermanos y donde Solda, coherente había elegido la paz con Elan ¡La paz! Esa palabra había sido destruida, pisoteada por ellos. Ya no existía la paz que ellos mismo les entregaron a los mortales.             —Debes hablar con Elan, él te escuchará y te perdonará. Vamos hermano, vamos.             Él se estuvo con firmeza mientras su hermana trataba de tirar de él en vano, porque no se movió ni un solo segundo. Solda con desesperación caminó hacia él con lágrimas en los ojos, la Diosa del bosque soltó en llanto y cuando Erein quiso consolarla, no se lo permitió. La Diosa del bosque pasó sus manos por los ojos esmeraldas del Dios del mar y luego por su cabello n***o que caía en su frente. De los hermanos varones, siempre había tenido claro que la belleza de él era la que más resaltaba, mucho más. Elan tenía unos rasgos marcados, feroces que también lo hacía atractivo, al igual que Liev con ojos rasgados, piel blanca y compleción delgada. Todos eran diferentes, pero hijos de los mismos padres, todos fueron criados con el mismo amor, entonces ¿por qué algunos parecían tener odio en su corazón?             —Lo lamento preciosa, pero en esto no puedo seguirte.             — ¿Por qué?             —Porque Maua tiene razón.             — ¡Maua! ¿Te escuchas, Erein? Todos hemos sido Dioses justos, nunca hemos seguido a un líder, todos hemos tenido voz y voto.             — ¡Solda! ¿Y que era Elan? ¿No era quien decía que hacer, quien nos mantenía a límite?             —Elan es el mayor y padre le pidió que nos cuidara.             — ¡Por el mar que domino! —exclamó fuera de sí, viendo lo ciega que estaba su hermana, ¿o era el ciego el Dios del mar?             —Me voy, Erein, espero esta guerra no nos lleve a separarnos.             Solda soltó su mano y sin mirar atrás desapareció, él quiso ir por ella, tomar su mano y decirle que ambos podían revelarse, o traer calma. Pero ya no pudo.             El Dios del mar abrió los ojos encontrándose con los asustado de la muchacha que segundos atrás había tenido su corazón, protegiéndolo con tanto recelo, como si temiera que los demás pudieran romperlo. Miró alrededor, afectado por las emociones que lo estaban embargando, por el miedo, los gritos que escuchaba y soltó un suspiro. Sí, debió seguir durmiendo, ahí al menos la culpa ya se había acabado. Levantó la mano con cuidado pasándola por el rostro delicado de la muchacha, el cabello n***o atado y aquellos ojos a color del mar viéndolo con firmeza, como si él no sintiera que temblaba en sus brazos, como una hoja. Tal vez ella amaría su reino, su adorado reino. ¿Qué había pasado con él?              —Hasta la próxima, Agni, porque la habrá.             Concluyó regalándole una sonrisa de labios cerrados, inclinó su rostro y luego saltó hacia el mar desapareciendo entre las profundidades y con él, las sirenas, moviéndose alrededor suyo, felices, que después de más de tanto, el mar estuviera al dominio del legítimo Dios, del gran Erein. El mar lo recibió gustoso y él pudo sentir las corrientes eléctricas recorrer su cuerpo, sagaz miraba alrededor y las sirenas, movían su cola con rapidez, con felicidad y sus ojos brillaban. No tuvo que ir tan lejos cuando visualizó el reino ahí, bajó del mar y luego echó una mirada hacia arriba, ahí donde estaba su amado barco, desde donde muchas veces dominaba todo y se preguntaba que se sentiría caminar entre los humanos.             —Tranquilidad, hermano —le había dicho Maua con media sonrisa en los ojos, un rostro con facciones marcadas, hermosa por donde la miraras, con el cabello corto y vistiendo siempre como ellos, siendo ruda como ellos y demostrando que ningún hombre podía pasarla en fuerza e inteligencia. Si, dejó claro que era más inteligente que todos.             — ¿Estás tan segura de eso, Maua? —él estaba viendo hacia la tierra, donde los mortales corrían y luego se lanzaba hacia su mar, riendo felices, siendo realmente felices. ¿Él ya no lo era? ¿Cuándo dejó de ser feliz?             —Porque a diario camino con ellos, yo no sé porque Elan negó que los Dioses caminemos con ellos, nunca podríamos hacerles daño.             —Estás rompiendo una regla.             —Algunas fueron creadas para romperse, hermano.             Erein sacudió la cabeza, confundido por sus palabras y luego avanzó, viendo las grandes puertas de acero que protegían su reino y que parecía que desde que se fue, nunca habían sido abiertas. —Señor  —Makato, el tritón de pie, con su armadura y su espada de forjada en el infierno, lo saludó con una sonrisa en la boca. Parecía cansado, parecía más mayor de lo que alguna vez fue—. Desde que usted se fue no he dejado de proteger las puertas de su reino.         — ¿Cuánto tiempo llevo dormido, Makato?  —Inquirió el Dios saludándolo con una sonrisa en la boca, no aguanto más y tiró de él para abrazarlo con fuerza, lo había echado de menos—. La última vez, los mortales cazaban y luchaban por tierras, por poder. —Es la era de la tecnología, mi señor  —respondió Ayana, la sirena, de sus guardianes de confianza—. Todo cambió, todo evolucionó. Ahora andan con enorme submarinos intentando ver que ahí más allá de las profundidades.  — ¿Submarinos?  —incluso la palabra fue extraña para él. —Entremos mi señor, antes de que vengan por usted —Makato le dijo, miró hacia atrás del Dios y éste también giró, viendo cantidad de sirenas, de tritones, y animales marinos. Todos parecían felices de verlos, y todos parecían a ver vivido lejos de su propio reino y todo por su culpa, él también juró proteger a su reino, a los suyos; y no lo hizo. Las puertas se abrieron y Erein soltó un largo suspiro al ver su interior, estaba tal como lo dejó la última vez, tan perfecto que le asustó. Cada paso que daba, todos lo siguieron, recorrió las plazas, las casas y luego se detuvo frente al castillo, su castillo imponente. Con cuidado subió los peldaños, pasó sus dedos por las puertas donde había un tridente, delineó el arma con las yemas de sus dedos y aspiró, sintiéndose en casa. El dolor se expandió por todo su cuerpo, y los gritos hicieron eco en su cabeza, pero solo él podía escucharlos.             — ¡Sean bienvenidos a su reino, suyo, siempre fue suyo! —gritó y todos soltaron gritos, risas y llanto. El rey había vuelto.   ***             — ¡Agni! —Enzo la tomó en sus brazos ni bien bajó al verla caer al agua, agradeció que no fuera llevada por el Dios. Su hermano mellizo quitó el cabello mojado de su rostro, dio unos suaves golpecitos en su rostro, pero ella no despertó.             —Hay que sacarla de aquí. —Zigor dijo preocupado, los que ya estaban arriba, tiraron las cuerdas y Enzo enganchó una en la cintura de su hermana, para él también tiraron una, así que a medida que subía la muchacha, él también lo hacía, dejándola recostada en su pecho, por más que la llamaba, ella no reaccionaba, no contestaba, pero tenía pulso.             Ni bien estuvieron en tierra, la ambulancia fue llamada y a minutos más tarde ya se encontraba internada, el doctor de confianza la atendió, diciendo que la dejaba en observación por esa noche, pero que no se preocupara, que ella estaba bien. Que ella estaría bien.             —Agni estará bien —dijo Uriel apretando los puños con fuerza, desde ahí podía ver a su única nieta tendida en una cama de hospital. Desde que nació, ella nunca había estado en un hospital, incluso ella misma aprendió a curar sus heridas, siempre dejó claro que quería ser como sus hermanos, no menos, mejor, nunca atrás de ellos.             Era fuerte, ¿pero qué sucedió allá abajo?             — ¡Ella cayó, él la soltó! —Enzo gritó molesto y su padre colocó su mano en el hombro, apretando con fuerza para que se calmara. Todos estaban nerviosos, todos tenían el mismo miedo que él. Todos amaban  a Agni—. ¿Qué pasó?             —Ella estaba abajo sola, llevaba el corazón, no debía mirar abajo ¡Se lo dije! —Zigor gritó molesto—. Ella más que nadie conoce los encantos del Dios, ¿por qué se dejó envolver?              —No es culpa de ella, así como le pasó a ella pudo pasarte a ti, al cabeza fría de la familia. No quiero verte flaquear con ninguno de los Dioses —Enzo señaló y Héctor tiró de su hijo menor, porque sabía que en cualquier momento se pondrían a pelear—. Si él despertó, los demás lo harán, mejor ve y mantén el orden, ¿no es lo que te gusta a ti?             Zigor resopló quitando las mechas rubias de su rostro, era más alto y más fuerte que Enzo, un solo golpe y lo tendría en el suelo, pero respetaba la situación. Así que solo fue directo hacia la cama de su hermana, besó su frente, sonrió y quiso verla bien, para después salir de ahí, sin mirar atrás. Tomó la radio y comenzó a llamar a su equipo, haciendo nuevas estrategias y duplicando la gente que se encontraba en el museo, e incluso pidió que hubiese más gente de lo normal cerca de los corazones.             Pasada de las doce, Enzo se durmió en el sillón que le habían dado en la habitación de su hermana, una cobija y cansado por el día, aunque fue tormentoso dormirse en ese día de tormenta y con pesadillas vivientes, al final lo hizo. La habitación estaba oscura, se podría decir silenciosa, porque en los pasillos no habían enfermeros o doctores, todo estaba en calma, salvo por la fuerte tormenta de afuera, los rayos que apenas lograban iluminar la habitación, y luego estaba ahí él, caminando con lentitud, haciendo sonido con las botas de cuero que llevaba puestas, pero ni eso hacían despertar a Enzo, quien estaba bajo las pesadillas que él mismo había instalado. Se sentó al costado de la cama, viendo el rostro de la muchacha, algunos raspones en su hermoso rostro y luego sus labios, rosados y tal vez tirando para rojos. Era hermosa, como ninguna otra, pensar que era la primera mujer que nacía para protegerlo, ¿por qué había él tratado de lastimarla?             —Agni —dijo en un susurro pero la muchacha no despertó—. Debes despertar y luchar, porque nos vamos a volver encontrar.                                     
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD