Agni había visto muchos minotauros, al menos en sus clases de historia y literatura. Sabía exactamente como se veían, pero ninguno se acercaba a lo que tenía frente a ella, soltando humo por la nariz y rugiendo causando que las aves que estaban en los arboles salieran volando muy lejos de ahí. Ellos tenían los ojos rasgados y oscuros, como el mismo días, si no fuera por su origen, creería que eran hijos suyos por el gran parecido. El que tenía frente a ella era enorme, tal vez el doble de ella y musculoso, llevaba una espada que quería enterrarla en su cuerpo, y lo raro e inquietante, es que se aprendía sus movimientos, así que ella debía ser inteligente para moverse de varias formas posibles y todas sin repetir. — ¡Agni! —gritó Zigor con fuerza y ella giró el rostro viendo

