Capítulo 2 "Pasantía"

1709 Words
Un beso húmedo me despertó al abrir los ojos, vi a Cleon, mi pequeño hijo, se metió debajo de las sabanas y me rodeó en un cálido abrazo. —Mamá, ¿puedes quedarte un poco más conmigo en la cama? —súplica mirándome con sus ojos color miel brillantes. Le acomodé su cabello n***o hacia atrás dejando su frente al descubierto, le di un beso en la frente y él sonrió. —Me encantaría quedarme, pero, ¿recuerdas lo que hablamos anoche verdad? —él asiente cabizbajo, lo abrazo algunos segundos y salto de la cama— Vendrá tu tía más tarde, ¿eso es un consuelo al menos? —¡Sí! —saltó de la cama y me arrancó una sonrisa. Mi hijo es una de las cosas que me motiva a levantarme todos los días, es un niño verdaderamente adorable, fue él una de las razones por la que continúe estudiando a pesar de las adversidades. Hoy voy a tomar por primera vez una bacante en una empresa, decidí aceptar el trabajo a pesar de que no es en el área que me especialicé sino que al parecer mi jefe necesita una nueva secretaria por un tiempo limitado, ya que la suya quedó embarazada y ahora está en reposo. En realidad quise seguir buscando un trabajo mejor, porque en realidad en ese puesto no me pagan lo que deberían, pero estaba cansada de trabajar toda la noche. Llevaba años sin poder dormir como necesitaba hacerlo, en el día cuidaba de mi padre que padecía de cáncer y en las noches lo hacía mi madre mientras yo iba a trabajar para poder sacar adelante a mi familia. Claro que no puedo quejarme, cuide a mi padre porque deseaba estar con él hasta su último momento, a pesar de que fue de las situaciones más duras que me tocó enfrentar, ver como poco a poco la vida lo abandonaba. Quería poder darle una mejor vida a mi hijo, por eso terminé la carrera de cosmetología, la había empezado antes de quedar embarazada de Cleon, pero no pude terminarla porque se vio interrumpida por la enfermedad de mi padre y mi hijo era demasiado pequeño para dejarlo a cuidado de nadie. Me meto a ducharme, ya siento los nervios recorriendo bajo mi piel, me causa un poco de nervios porque cuando fui a la entrevista la mujer que me la hizo me deseó buena suerte. Pero no fue un deseo normal, fue con una sonrisa burlona en los labios, tal vez mi jefe tiene fama de ser un gruñón sin remedio o demasiado exigente para el gusto del mundo entero. Aún estaba bien de horario, por eso mismo preparé el desayuno antes de irme, le serví en un plato las galletas favoritas a mi niño, un vaso de leche de frutilla que le encanta y cuando tuve todo listo lo llamé. —Cleon, ven a desayunar hijo —lo llamo. Me quedo algunos minutos esperando a que venga, rodeo los ojos al ver que no me hace ningún caso, me acerco a mi habitación y veo que se quedó dormido nuevamente. Mi madre se acerca y me toca el hombro, una sonrisa se deposita en sus labios mientras lo mira. —Déjale, se quedó dormido, le está yendo muy bien en el futbol —me palmea el hombro. —Está bien, pero no lo dejes dormir demasiado, debe desayunar, ya sabes que eso es muy importante —le recuerdo pensando en las palabras de mi amiga. Hace un tiempo atrás tuve que llevarlo con una psicóloga infantil, pero realmente me dijo que no tenía ningún problema, claro que como madre una se da cuenta cuando las cosas no van bien. Mi suerte es que tengo una amiga que es especialista en esa área, por eso le pedí consejos de que podría estar sucediendo, tuvo que hablar con él. Al principio me sentí un poco ofendida porque no me tuvo la confianza para decirme lo que le estaba sucediendo; sin embargo, ella me explicó que algunos niños son un poco más expresivos que otros. Me dijo que había unos niños de sus clases que lo molestaban, que le quitaban su comida, que le decían cosas horribles, según porque Cleon no tiene a su padre. Me pareció de las peores tonterías, pero son niños después de todo, me dijo que a causa de ello mi hijo estaba pasando por depresión y una etapa de duelo. Me recomendó que hablara en el instituto, pero que si aquello seguía lo mejor sería cambiarlo a un instituto diferente, todo lo que fuera mejor para su estabilidad, que también sería bueno que tome terapia y que cuide su alimentación porque algunas veces baja el nivel de apetito. Le di un beso en la mejilla a mi madre, tomé mi cartera y me fui al trabajo. Mi automóvil estaba fallando ya hace un par de semanas, no tuve la oportunidad de llevarlo con un mecánico para que pudiera revisarlo, así que en mi mente solamente rezaba para que no fuera a apagarse en esos momentos. Con suerte pude llegar al trabajo, me estacioné frente al edificio, me apresuré y entré. La recepcionista me saludó, pasé mi tarjeta por el sensor para que quedara registrada mi hora de entrada al trabajo y luego me la colgué al cuello para que pudiera verse mi fotografía junto a mi nombre y mi puesto en la empresa. Al llegar al piso correspondiente me topo con un grupo de personas, me dirijo al escritorio que ya me habían mostrado anteriormente después de decirme que el puesto era mío, me dejo caer sobre la silla con pesadez y noto algunas miradas sobre mí. —Buenos días —dice una chica desde el escritorio de en frente. —Buenos días —respondo un poco avergonzada. —Suerte en tu primer día, lo tendrás difícil —asegura con una media sonrisa. Otra vez esa misma sonrisa, esas palabras, me daba más miedo escucharla decirme eso, que realmente saber con lo que iba a encontrarme; sin embargo, la curiosidad no me dejó evitar preguntar, aunque sabía que lo más sensato era no hacerlo. —Eres la segunda persona de aquí que me lo dice, ¿a qué se debe? —pregunto. Las puertas del ascensor se abren, veo un hombre de traje oscuro pasar, ojos marrones, cabello rubio oscuro, mirada penetrante, barba perfilada y a su lado una pequeña niña sonriente. Una niña verdaderamente hermosa, que me causó una sensación bastante extraña, cuando la miro veo tristeza en su mirada a pesar de que sonríe. El hombre pone su mirada sobre mí, me pongo de pie, porque después de todo lo correcto es presentarme como es debido. Pasa por mi lado y sigue en dirección a la puerta, creo que va a ignorarme cuando se para, voltea el rostro, separa los labios y… —Buenos días, ven a mi oficina, por favor —se limita a decirme. Paso saliva, siento las piernas un poco temblorosas; sin embargo, hago lo que me pide y entro tras él a su oficina. —Buenos días —respondo al pasar y me quedo parada a una distancia considerable. —Bien, paso a explicarte como funciona esto —empieza a decir mientras ayuda a la pequeña a acomodarse en una banqueta frente a la silla. Le pasa una caja de colores, una libreta y unos plumones, a lo que la niña sonríe moviendo sus piernas. —Mi café debe estar en la oficina cuando llegue, usualmente estoy aquí siete treinta, cinco minutos antes está perfecto, café n***o con dos cucharadas pequeñas de azúcar —explica apoyándose en su escritorio y mirándome fijamente— Mi agenda del día, cuando llego me das media hora para tomar el café, por lo mismo nunca, pero nunca debes programar ninguna reunión para la primera hora del trabajo. Asentí, no es hasta este momento que me doy cuenta de por qué dijo que sería duro la otra secretaria, trato de mentalizarme y guardar en mi mente cada una de sus especificaciones. —Cuando pasa esa media hora de tomar el café puedes golpear a la puerta, entrarás cuando te dé permiso, no antes y me dirás mi agenda del día —explica tomando asiento en su silla. Cuando creo que ya ha terminado y estoy a punto de abrir la boca, una sonrisa escapa de sus labios, una sonrisa maliciosa. —Por último, me seguirás a cada lugar que vaya por si necesito de algo y podrás hacer la organización a través de la tableta que está sobre el escritorio o en cualquier momento que tengas libre —termina por decir— Bueno, eso es todo, disculpa, ¿cómo es tu nombre? —Salomé —respondo aclarando mi voz. —Bien, Salomé, puedes retirarte —me dice con indiferencia pasando las páginas de una revista que hay sobre la mesa. Me doy la vuelta, dispuesta a salir de allí con una sensación extraña en todo el cuerpo, cuando me paralizo en seco. Siento algo que golpea mi nuca, me doy la vuelta robóticamente, en el suelo hay un papel arrugado y al analizar mi alrededor veo una sonrisa curvada, una sonrisa divertida. —Ya que te vas, puedes tirar eso en la basura, ¿Salmón dijiste que te llamas? —dice con burla la pequeña. Me inclino, levanto el papel mirando su rostro, camino a paso lento hasta ella, mi jefe me mira expectante, pongo el papel sobre su mano y levanto una ceja. —Lo siento pequeña, pero mi trabajo no es recoger papeles, aun así, si me lo pides de una forma amable puedo hacerlo por ti ¿Estás de acuerdo? —le pregunto. Rodea los ojos, se queda con su mirada fija en la mía, como si no se esperara esa reacción y luego se encoge de hombros. —¿Puedes tirarlo, por favor? —me pide con cierta molestia que se denota en su voz. —Claro, será un placer, ¿Cómo te llamas? —pregunté tratando de no ser brusca. —Ethel —responde entregándome el papel y se da la vuelta. —Gracias por ser amable Ethel —le digo antes de darme la vuelta y salir con el papel.
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