Me había quedado rondando en la mente la actitud de la nueva chica, había aceptado de mala gana tener a una pasante como secretaria, la realidad es que la gente inexperta me causa irritación y esta chica probablemente me terminaría causando eso.
Debo de admitir que es una mujer hermosa, cabello largo oscuro, ojos grisáceos, mejillas pecosas, buen porte, parece una modelo de revista y por donde pasa va dejando su aroma, eso también es un buen punto.
Ethel trató de ser grosera con ella, tuve que aguantarme la risa cuando le lanzó el papel, un padre no puede apañar ese tipo de actitudes por parte de sus hijos o se volverá más frecuente, sin embargo, la reacción de su rostro cuando se dio la vuelta me pareció tan divertida. Creí que haría un poco más como las mujeres con las que frecuento, incluso en la empresa me ha tocado despedir alguna que otra mujer por hablarle de malas maneras y algunas han intentado pasar los límites.
Es también por esa misma razón que no la dejo estar merodeando sola por la empresa, aunque a veces se escapa cuando estoy demasiado ocupado, para ir a molestar a ciertos empleados que tiene bajo la mira y que le caen realmente mal.
—No puedes hacer ese tipo de cosas, Ethel —la reprendí cuando ella salió por la puerta— Harás que al final nadie quiera trabajar aquí.
—Padre, pero si nada le costaba tirar ese simple papel —rodea los ojos— Además no sé quien se cree.
No discutí más con ella, porque si lo hacía probablemente tendría a Salomé en la mira, haría que seguramente la molestara más, porque en toda mujer que termino poniendo mi atención, Ethel termina arrancándole la paciencia.
Al paso de varios minutos, mientras estaba tecleando en la computadora revisando un documento, siento que tocan a la puerta, aclaro mi voz y le pido a la persona del otro lado que siga. Por la puerta pasa Salomé que me trae una bandeja, la miro un poco confundido, se acerca a mí, me entrega el café, unas donas glaseadas y un vaso de frutas.
—No era necesario, con el café bastaba —digo con sinceridad.
—Una buena alimentación es la clave para un mejor día —explica con media sonrisa.
La observo acercarse a Ethel, se inclina a su lado y mira la hoja en la que está dibujando. Entonces pone un vaso a su lado, se ve que es un jugo, de lo que tal parece podría ser frutillas, ya que es rojo y a su lado uno de esos vasos de frutas.
Si tan solo supiera que a Ethel no le gustan mucho las frutas, entonces no lo haría, nunca puedo convencerla de que coma verduras o frutas, a pesar de que sé perfectamente que son muy importantes en el proceso de su crecimiento.
—Te lo puedes llevar —dice mi hija sin mirarla mientras continúa dibujando.
Sabía que diría algo como eso, es un buen gesto de su parte, pero ni siquiera por compromiso Ethel se lo aceptaría, no es el tipo de niña que finge una sonrisa y se queda en silencio cuando algo le disgusta.
—¿Por qué? —pregunta aun inclinada.
—A mí no me gustan las frutas, con tan solo verlas quiero salir corriendo.
Salomé parece divertida, suelta una pequeña risa que hace que mi hija levante la mirada y la fije en ella. Se gira en la banqueta con una mirada de fastidio, me hace pensar que seguramente hará una de sus travesuras, pero, sin embargo, alza la ceja y se cruza de brazos.
—No entiendo, ¿De qué te ríes, chica Salmón? —le pregunta con intención de molestarla, más Salomé se encoge de hombros con un gesto burlón.
—Es que la única manera de que no te gusten las frutas es que no las hayas probado en tu vida —le dice con burla.
—Sí que las he probado —miente y me lanza una mirada fulminante para que no abra la boca.
—No te creo, huelo desde aquí tu mentira —la reta cruzada de brazos y se irgue— Debes evitar mentir, que te va a quedar la nariz como en el cuento de pinocho, ¿Te lo han leído?
—Sí, sé que cuento es, pero no me pasará porque no estoy mintiendo y te lo voy a probar —toma el vaso con la cuchara.
Me quedo expectante, su rostro hace un gesto de repugnancia mientras observa cada una de los distintos trozos de fruta, pero al final termina optando por un trozo de lo que parecía ser plátano. Sus ojos se abrieron un poco mientras lo saboreaba, había logrado la misión imposible en cuestión de tan solo unas horas que llevaba en la empresa,
—¿Y bien? —pregunta Salomé expectante.
—Están horribles —vuelve a mentir haciendo una mueca— Pero como lo hiciste con buenas intenciones me lo voy a terminar.
—Muchas gracias Ethel —dice con una sonrisa victoriosa— Ahora si me disculpas volveré a trabajar.
Me mira de reojo con una media sonrisa cuando sale de la oficina, me quedo mirando como mi hija mueve las piernas mientras que come su fruta, se ve hermosa. Me ojea de reojo cuando se da cuenta de que la estoy mirando comer, toma el vaso de jugo y bebe, para mi sorpresa al parecer le gustó también.
—¿No vas a desayunar? —pregunta con el vaso sobre los labios— Estás perdiendo demasiado tiempo mirándome.
—Mirarte, nunca es una perdida de tiempo, eres mi más grande tesoro —le respondo y bebo un poco de mi café tibio.
—No empecemos con la cursilería Sohan —dice a modo de queja, pero sonríe.
Después del desayuno que debo admitir que fue el mejor que tuve en bastante tiempo dediqué el resto de mi mañana a revisar papeleo, cuando llegó la hora del almuerzo se supone que haríamos un receso, pero la verdad necesitaba terminar los pendientes que tenía. Levanté el teléfono y le pedí a Salomé que entrara a la oficina, golpeó levemente para luego asomarse.
—Dígame señor, ¿Qué necesita? —pregunta aclarando su voz.
—¿Podrías llevar a Ethel por algo de comer? —levanto la vista para encontrarme con un rostro tranquilo y sonriente.
Esperaba verla nerviosa, con negativa total a relacionarse con mi hija; sin embargo, se veía hasta un poco feliz, lo que comenzó a parecerme un poco sospechoso. Tal vez se trataba de una oportunista encubierta, quizá no era un interés genuino, o soy solamente un paranoico, sobre protector que no puede creer en que haya aún gente genuina.
—Claro, la llevaré —extiende su mano— Vamos, Ethel.
Mi hija voltea la mirada hacia mí, veo que se encuentra un poco temerosa y eso me hace dudar. Tal vez debería de tomarme una pausa e ir a comer con ella, después de todo es mi hija y el trabajo puede pasar a un segundo plano.
Salomé parece comprender lo que pasa, se aproxima a ella, se inclina a su lado y le susurra algo al oído que hace a Ethel sonreír. Se levanta de la banqueta más animada, se aproxima a mí y me da un beso en la mejilla.
—No te preocupes demasiado —dice sonriendo.
Dando pequeños brinquitos se acerca a Salomé, le toma la mano y salen por la puerta caminando mientras platican.
Tengo sentimientos contradictorios ahora mismo, me hace feliz que mi hija empiece a relacionarse con otras personas, es algo que necesita en su vida, porque desde que su madre no está se volvió demasiado solitaria. Pero a su vez siento miedo de que alguien pueda hacerle daño, que experimente la decepción una vez más en un lapso de tiempo tan corto y que eso la haga cerrarse incluso más de lo que hasta el momento se encuentra.
Trato de relajarme, los minutos parecen pasar lento en la habitación que está en pleno silencio, no logro concentrarme en el trabajo y entonces me decido a salir. Salgo y está todo vacío, me aproximo al escritorio en el que trabaja Salomé, miro el dibujo que mi hija había arrugado pegado con cinta sobre la mesa.
Es un detalle que no era necesario si verdaderamente quisiera impresionarme, si quisiera involucrarse conmigo, cuando levanto la vista me doy cuenta de que Ethel viene hecha un desastre, con su ropa manchada de comida y un poco cabizbaja.
—¿Qué le sucedió? —le pregunto a Salomé serio, molesto y ella presiona sus labios, se ve apenada.
—Es una historia muy larga —dice prácticamente en un hilo de voz.
—Es mejor que no vuelva a acercarse a mi hija —le digo furioso levantando a Ethel en mis brazos— Si no sabe cuidar niños, no lo haga por compromiso, bastaba que me dijera que no, que no podía hacerse cargo de algo tan sencillo.
—Papá —susurra Ethel con los ojos cristalizados.
—No, Ethel, deja que le diga lo que debo decirle a esta mujer, es su primer día de trabajo y viene simpática tratando de agradar —me quejo furioso y Ethel me cubre la boca.
—Que no fue su culpa —dice rápidamente lo que me hace quedarme paralizado— Solamente fue otra de mis travesuras-
Entonces las puertas del ascensor se abren y veo a una castaña que trabaja en el área, estaba con toda la ropa manchada de pastas con albóndigas, con el rostro prácticamente bordó de la furia, nunca la había visto tan enojada.
—Lamento no haber podido hacerme cargo de la situación —se apresura a disculparse Salomé— Quise que se disculpara con ella, pero la mujer no quiso escucharla.
Se para frente a mí la mujer molesta, me mira con los ojos cristalizados, frunce los labios, como si tuviera tantas palabras atoradas en la garganta que quisiera decirme, pero como si no le saliera nada por la impotencia y furia que trae.
—No la soporto un día más, no aguanto a su hija, eso no es una niña, es el demonio encarnado en un cuerpo de ángel —me grita viéndome a los ojos— Mire como me volvió en frente a todo mundo, no le hice nada para merecer esto, no le hice absolutamente nada, usted se quedará solo a este paso, no habrá mujer sobre la tierra que aguante un terremoto de tal magnitud.
—Cuidado con lo que dice, mi hija está presente —le advierto mirándola directo a los ojos porque siento que voy a explotar.
—Me importa una mierda —dice explotando por completo— Usted le permite todo esto, se aprovecha de la necesidad de las personas y no le pone limites a eso que llama hija, no se da cuenta de que el principal culpable de su conducta es usted, que no parece su padre, sino un niño más del montón, no quiero volver a verles la cara, espere mi demanda.
Se da la vuelta, se va por el mismo pasillo que llegó, apenas pude pasar saliva por toda la situación; sin embargo, pude darme cuenta de la tristeza reflejada en el rostro de mi hija.