Capítulo 2: Tan profundo

1736 Words
II *** Capítulo con alto contenido erótico *** —¡Ah, dicen que ya están por entrar! —gritó emocionada, Loren—. Bueno, ya hemos repasado el plan, hay dos barras, tú vas a la del frente y yo a la de los cocteles. Ellos se acercarán, se presentarán y luego… ¡Ay, ya no sé! El corazón de Sarah latía demasiado fuerte. Como poseída, se levantó de la mesita, decidida a seguir el juego de su amiga. Nada iba a pasar, solo una charla coqueta, incluso eso le hacía falta. Además, no quería desairarla, había pagado mucho por ese servicio. Se separó de Loren y vio un conveniente puesto en la barra. El barman le preguntó que quería, ella pidió un vino seco, y agregó el número de la mesa para la cuenta final. Los minutos pasaban y nada extraordinario sucedía, ella parecía invisible para todos. Claro, ahí solo estaban sentadas hermosas mujeres de trajes llamativos, sensuales, provocadoras. Ella parecía solo una mesera más. —Creo que ni el tipo contratado quiso estar conmigo… —se dijo para sí, dejando la copa en la barra. Suspiró un poco y levantó su mirada muy decepcionada. El barman se movió un poco y se encontró con unos penetrantes ojos que la observaban desde el otro lado, mientras él bebía lo que parecía ser escocés. Sarah se paralizó, su pecho se agitó al máximo, ese hombre era mucho más de lo que esperaba. Tragó saliva, se mordió sus labios y miró a sus lados para asegurarse que él la veía a ella. No quedaba duda, era para su ser aquella mirada. Él se levantó de la silla y Sarah hizo lo que debía: salió corriendo. Sin saber muy bien a dónde iba, entró a un baño que, para su fortuna, estaba lleno. Se fue al lavabo, tomó algo de agua. Tenía que estar loca de aceptar una cosa así, ella estaba casada y por muy cretino que fuera su marido, le debía fidelidad. Su corazón comenzó a calmarse, estaría ahí hasta que Loren la buscara, después le pediría perdón por el dinero que había gastado y ese sería el fin de la aventura. Escuchó la puerta cerrarse. No notó en qué momento se quedó sola, las otras chicas habían desaparecido. Tomó algo más de agua del lavabo y de nuevo la puerta se abría y cerraba. Solo que el silencio seguía. Sarah levantó su vista y por el espejo vio al hombre de la barra ahí, como esperando indicaciones. La mujer dio la vuelta, su respiración se hizo demasiado agitada, apenas si el aire le llegaba a los pulmones. Él empezó a dar pasos hacia ella, que ya no tenía hacia dónde más correr. Se aferró al lavabo, no podía dejar de mirarlo, esa camisa negra tan ajustada, su cabello rizado y castaño, su rostro perfecto, sus cejas tan gruesas al igual que sus labios. Llegó tan cerca que ella solo por instinto levantó su mano y la puso en ese pecho de piedra, para intentar detenerlo. —Por favor, vamos a charlar, ¿vale?, Loren pagó por eso, no tenías que seguirme hasta acá… —¿Qué? —preguntó algo confundido el hombre. Sarah sintió esa voz gruesa colársele en la sangre. Sarah levantó su vista, tuvo que hacerlo mucho, él era muy alto. Retiró su mano, haciendo que el espacio entre ellos se redujera por completo. Fue entonces que los rostros estuvieron tan cerca como para que ella al fin viera a sus ojos, hermosos, de pestañas muy largas, de color como la miel. —«Como el desierto» —Pensó, mientras una de esas manos enormes le acariciaba el cuello—. Ojos de desierto… ¡¡Eres tú!!… Sarah estaba frente a nada más y nada menos que el muy famoso amante furtivo: El ladrón de besos. El hombre sonrió un poco al ser descubierto, mientras ella se preguntaba qué demonios era lo que estaba pasando. El color de sus ojos era lo único que las chicas recordaban, eso y el hecho de tener los mejores orgasmos de sus vidas. Aún cuestionándose lo que pasaba, no supo cómo es que él ya la estaba levantando para sentarla en el lavabo. Las caricias bajo la blusa se hacían más intensas, estaba ahí, atrapada entre el espejo y ese hombre por el que muchas clamaban. Entonces, tomó la batuta, ya su cuerpo se perdía entre el mar de hormonas que despertaron todas a la vez. Abrió la camisa del hombre, quería ver ese pecho tan duro por ella misma. El aire se le fue de nuevo, era perfecto, todo estaba en su lugar, muy bien acomodado. Sus dedos se deslizaron por aquel torso hasta tocarle los pezones, haciendo que él exhalara un ligero jadeo. Sarah lo disfrutó, su caricia había provocado ese sonido. La mujer se perdió y lo empujó hasta pegarlo en una pared. Ella quería ver más, quería al menos llevarse ese orgasmo visual que resultaba ese hombre. No volvería a verlo nunca, ¿qué más daba? El hombre no se esperaba para nada esa reacción, menos cuando se puso de rodillas frente a él, desabrochándole el pantalón. —¡¡No!! ¡¡Detente!! —espetó apartándola con fuerza, sin embargo, era tarde, Sarah alcanzó a bajar su pantalón junto a su bóxer. Los ojos de Sarah se desorbitaron, el estupor era tal que llevó ambas manos a su boca, aterrada. Él subió su ropa lo más rápido que pudo, molesto, avergonzado. Esa no era la idea, ella no tenía por qué haberlo visto. De seguro ahora vendría el asco y las ganas de trasbocar de su parte. —Pero qué… —susurró Sarah, poniéndose en pie. —Anda, dilo, mueres de repulsión. Ya me voy de acá. Lo que él no se esperaría nunca, sucedió. Ella lo tomó por un brazo y luego buscó su rostro. —Cuánto dolor habrás sufrido… —jadeó Sarah entre lágrimas, acariciando su mejilla. Aquello fue el interruptor para que el ladrón comenzara con su faena de amor. Sin control se abrazó a ella y la besó con la intensidad de la marea más alta del mar, profanando esos labios que eran vírgenes desde hacía tanto. Sarah solo se aferraba de aquel cuello, el beso la dejaba sin aire, esa lengua bailaba con la suya y hablaban el idioma del sexo. De un violento tirón, sin dejar de besarla, le arrancó la blusilla y el sostén. Ella solo se aferraba más y más a ese cuerpo, el contacto de sus senos con el pecho desnudo y tan duro del hombre, le estaba cosquilleando en su entrepierna que se mojaba, se empapaba de placer. Por fin él se separó para verla, ella ya era arcilla en sus manos. Pero Sarah era una mujer diferente a todas y no quería tomarla como si fuese una chica más en el mundo. —Salgamos de acá, tú no mereces un baño… —No, o es acá, o no es en ninguna parte. No puedo salir de este bar… —Está bien. Con la piel ardiendo a más no poder, él le puso su camisa encima y la sacó corriendo de la mano. Afuera, las que esperaban por entrar, se emocionaron a más no poder, que un hombre sin camisa saliera de ahí, solo significaba una cosa. Nadie vio sus rostros, todo estaba ya oscuro. Subieron por unas escaleras cercanas y luego llegaron a una pequeña habitación iluminada apenas con las luces de afuera que se colaban por el enorme ventanal que tenía, además de un único y solitario sofá. Él no quiso perder tiempo y se sentó con Sarah encima, para por fin darse un banquete de esos pechos que ya estaban al aire. La mujer se agitaba mucho, rozando su mojada entrepierna con el m*****o duro de ese hombre que la estaba destrozando con sus caricias. —¡Rayos! —se quejó él, al sentir una mordida muy, pero muy fuerte en su hombro. —¡Lo siento! —replicó Sarah, al ver lo que había hecho. Él sonrió y la tiró al sofá para arrancarle por fin ese jean que estaba húmedo por completo. Ya ella estaba desnuda a merced del ladrón, esperaba que la penetrara, no obstante, los planes del hombre eran diferentes y se fundió en su v****a con una furiosa succión. —¡¡AH!! ¡¡NO!! ¡¡PARA!! —suplicó la mujer, y aunque tiró mucho de esos cabellos para alejarlo de ahí, solo logró que él hundiera más y más lengua en su interior. Como pudo, ayudada de sus pies, pudo quitarlo de ahí. Él se relamió extasiado y de nuevo, la chica lo sorprendía lanzándosele encima para desabrochar y sacar su pantalón. Ella otra vez tragó saliva ante lo que veía, que era terrible. —Por favor, no tienes que hacer esto… Sarah abrió su boca y se metió el pene de aquel precioso desconocido, que ocultaba tanto dolor bajo su pantalón. Era horrible para cualquiera ver aquello, pero a ella no le importaba, no lo estaba rechazando, no lo veía con asco. Al contrario, parecía que lo entendía y lo disfrutaba. La música subía, así como las succiones de Sarah. El hombre tuvo que quitársela de su m*****o, no quería terminar en su boca, él quería estar en su interior por completo. La acostó en el pequeño espacio, abrió sus piernas todo lo que pudo y se dispuso a entrar rompiendo las paredes de su v****a, recordándole la delicia que era hacer el amor, sentirse invadida, desesperada. —Dios… estás muy apretada… —jadeó él, luchando por llegar más profundo, mientras la joven gemía como una loca. Por fin llegó a donde deseaba, cayendo sobre ella para embestir como la bestia que era, la fama que tenía resultaba correcta. Sus ojos de desierto se perdieron en los de océano de Sarah, en sus preciosos y delicados pómulos, en su cabello tan oscuro, largo y rizado, en su aroma a rosas. De un momento a otro ella subió el tono de sus gemidos haciéndose gritos, súplicas, que él atendía, moviéndose más fuerte, rompiéndola como quería. Abajo, Loren encontró en el baño la blusilla y el sujetador de su amiga y con desespero empezó a llamarla a su móvil. Aunque no presentía nada malo, que su amiga estuviera media desnuda por ahí, no podía ser tampoco cosa buena. *** Fin capítulo 2
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