III
Mordiendo su dedo pulgar con insistencia, manía que se acrecentaba cuando su ansiedad llegaba al máximo, releía las notas para la reunión que tendría esa tarde. Ya tenía la uña y la piel muy lastimadas, no tenía control de aquello menos desde que estuvo con esa mujer. Odiaba que su vida fuera de nuevo en un círculo en que el punto final y de inicio fuese la soledad.
—¡Sebastian! Por favor, ya, deja de hacer eso, no tienes cinco años y tenemos esta importante junta —interrumpió sus fulminantes pensamientos Dana, su mejor amiga y ahora colega.
—Estoy revisando las notas, me preparo bien, ¡así que no me jodas!
Lo próximo que el hombre sintió fue cuando le halaron de la oreja como si se la fuesen a arrancar. No tuvo más remedio que golpear la mesa para rendirse, con su amiga no se podía.
—¡A mí no me trates así, mocoso! ¡Podrás ser muy el jefe, pero puedo volarte los dientes si se me da la gana!
Dana y Sebastian habían sido amigos casi toda la vida y su trato siempre fue de esa manera. Se cuidaron el uno al otro desde que eran niños, no madurando nunca entre ellos. Luego les llegó el momento de brillar en la vida, sobre todo a él y claro que la llevó a su lado para poder estar con Dana siempre que lo necesitara. Curiosamente, jamás hubo una atracción física o romántica entre ellos, por eso se consideraban hermanos.
—¿Es el asunto ese, de la mujer del bar? —preguntó la chica sentándose a su lado en el escritorio.
—No he podido dar con ella, nadie parece conocerla ni haberla visto antes y el investigador que contraté es un estúpido. Voy a enloquecerme de seguir así.
—Mira, yo sé que te conmovió el hecho de que no te haya… rechazado al verte… pero eso no quiere decir que es la mujer de tu vida. Fue solo un afortunado encuentro en el que no tuviste que usar ese ardid de «el ladrón de besos». Tal vez, solo un sueño…
Sebastian agachó su cabeza haciendo un puchero, sabiendo que Dana tenía toda la razón. Aun así, una de las misiones de su vida era llevarle la contraria, por eso perseveraba tanto en encontrar a aquella amante desconocida que huyo con su camisa. La mujer, de la que ni siquiera sabía su nombre, la tenía impregnada de pies a cabeza, podía aún sentir como sus cabellos se enredaban en sus dedos y el sabor de sus besos. Esa desconocida no lo vio con repulsión, incluso pidió todo de sí. Los días se le había convertido en una tortura, tal vez todo lo que necesitaba era verla una vez más y que los dos se desilusionaran, solo eso, a pesar de que el alma quedara lastimada. Volvió a la tierra cuando se dio cuenta de que Dana le ponía una bandita en su pulgar, esa herida no se vería nada bien frente a los socios en aquella reunión tan importante.
Del otro lado de la ciudad, esa dulce desconocida también pensaba mucho en él, lo tenía igual pegado por todos los espacios de su cuerpo. La diferencia es que Sarah lo recordaba desde la total desesperanza al estar segura de que no volvería a verlo. No porque no lo deseara, sino porque ella no tenía tanta suerte. Día a día veía esos programas baratos de chismes y sentía una tranquila satisfacción de saber que esa leyenda nocturna, no había hecho más su aparición, como si le estuviese siendo fiel.
Fue hasta su estudio de dibujo y de un armario de pinturas, sacó la caja donde conservaba la camisa del hombre, como un trofeo. Tuvo que ponérsela para irse, ella había dejado todo en ese baño y hubiese sido menos incómodo para un hombre mostrarse al descubierto. Con cuidado la desdobló para luego aspirar el delicioso aroma de esa colonia que ella no conocía, no es que supiera mucho de fragancias, sin embargo, suponía que era muy costosa por lo mucho que perduraba en la ropa.
—Ni siquiera supe tu nombre… tus ojos, tus ojos…
Susurró en el silencio de aquella casa, donde no eran más que ella y sus frustraciones. Con cuidado se puso aquella camisa tan grande, y luego se abrazó a esta, como si fuese él quien la cubría con ese cuerpo enorme, protegiéndola. A veces quería sentirse así, frágil y débil para que su esposo la cuidara, pero nada había servido con él. Cerró el puño en su pecho y tuvo que salir de su fantasía al escuchar su móvil. Era su marido.
—Demian, hola… —respondió algo asustada—. ¿Qué sucede?
—Sarah, hoy voy a estar en el club, tengo una reunión allá, ¿quieres que nos veamos ahí para luego cenar?
La mujer se estremeció un poco, las escasas cenas a las que él le invitaba, terminaban siempre en la cama. En otras circunstancias hubiera saltado en un pie, ahora, solo no quería que la tocara.
—Claro que sí, allá nos veremos. ¿Cómo me anuncio?...
La conversación siguió sin contratiempos, un día a día normal. La única diferencia es que esa noche de seguro, los rastros de besos y caricias que el ladrón había dejado en su cuerpo, se borrarían para siempre, y solo le quedaría esa camisa que sería ese recuerdo de la única vez que tuvo la valentía de ponerse primero, a pesar de la infidelidad.
La reunión era sumamente aburrida para todos. Presentaciones de proyectos, presupuestos, la idea era conseguir nuevos proveedores, necesitaban expandirse un poco en el asunto. Sebastian era el vicepresidente de las empresas de su padre, en el área de la construcción. Se suponía que era su papá quien debía asistir, sin embargo, dejaba todo a su hijo, según él, para que se prepara a asumir su futuro cargo superior.
—Viejo tonto —susurró el hombre tomando algo de aire, estaba ya harto de escuchar las cifras—. Por favor, creo que la decisión está casi tomada, ustedes son los mejores proveedores que yo he visto hasta ahora y los socios estarán de acuerdo con eso.
—Es cierto, el señor Brendant tiene toda la razón…
Todos estaban hartos de estar encerrados, así que con tal de salir del lugar y disfrutar del club, harían lo que fuera. Ellos eran los proveedores más destacados en todo caso, así que no tenían que saber más. Se dio por levantada la junta, Sebastian firmó el acta y salió al baño. Tenía que lavarse un poco la cara, iba a colapsar.
—Así que la citaste a cenar… me imagino dónde va a terminar todo —entró hablando un escandaloso hombre, seguido de otros más. Sebastian levantó un poco la cabeza del lavabo y todos lo saludaron muy amables.
—Señor Brendant, ¿no quiere beber algo con nosotros? Le prometemos no hablar de negocios… —le dijo otro del grupo.
—La verdad ya tengo una cita, en otra ocasión será.
Pidió permiso para entrar a un retrete con puerta y escuchó sin querer los planes de uno de ellos con su esposa. Mortificado ya por no poder encontrar a «esa» mujer, decidió en ese momento que él también regresaría a sus andanzas nocturnas. Necesitaba estar con alguien que llenara el vacío que le habían dejado en el alma.
Se lavó las manos y se despidió de todos con una sonrisa. La noche estaba preciosa, muchas estrellas en el cielo, que él miró con nostalgia ya a punto de subir a su auto. Suspiró un poco y levantó su vista, una vez más, hacia el edificio de restaurantes que tenía muy cerca, hasta que halló con sus ojos a una mujer en el balcón del segundo piso que miraba también al cielo. Su corazón dio un brinco dentro de su pecho y salió a correr al lugar. Cada paso que daba era como si el tiempo se detuviera mil años. Tenía que ser ella.
Ante los ojos curiosos de todos, Sebastian abrió las puertas de ese balcón, haciendo que la dama diera la vuelta. Los dos se miraron sin decir una palabra, aterrados, esperanzados.
—Eres tú…
Él se lanzó encima de Sarah para besarla, cosa que ella tuvo que rechazar o serían descubiertos. La tomó de la mano y bajaron por las escaleras anexas al balcón y bajo este, como un par de adolescentes que se escabullen en la escuela, él la abrazó y la besó como si el fin del mundo fuese a llegar en ese momento. La hermosa señora empezó a llorar, no podía creer que lo encontrara en ese lugar.
El beso de fuego bajó por la garganta, Sebastian ya levantaba su vestido, estaba enloquecido de deseo. Fue entonces que se escuchó que buscaban a alguien.
—¿Sarah?
La mujer se desprendió de Sebastian, temblando. Su esposo bajaba las escaleras y antes de que pudiera decir algo, apareció ante los dos.
—Señor Brendant, pensé que se había ido… Veo que ya conoce a mi esposa…
—No, en realidad no, apenas me entero de que se llama Sarah —respondió él con cinismo y franqueza. La verdad es que ella se veía en problemas, la vi desde mi auto y quise venir a ayudarla. ¿Se siente mejor?
Los ojos de arena del hombre se golpearon con los de océano de ella y no tuvo más remedio que seguir el juego. Demian, creyendo que ganaría más puntos, lo invitó a cenar con ellos. Sarah solo emitió un pequeño sonido, estaba por desmayarse. Sebastian aceptó encantado, sabía los planes del esposo para esa noche y ya no permitiría que nadie más tocara a su autoproclamada mujer.
***
Fin capítulo 3