XXXII Ese día, con los puños salpicados de sangre, direccionaba su mirada al cielo mientras una leve lluvia lo empezaba a cubrir. El silencio por parte de los presentes resultaba sepulcral, ya no había más risas, más gritos, ni improperios sobre él. Dana lo sacó de su estado de shock, tomándolo de una de esas manos tan lastimadas, arrastrándolo fuera del círculo en el que fue obligado a defender su hombría a los 15 años. Desde muy pequeño había sido objeto de rechazo por su alto estatus social. Sebastian no ayudaba mucho con su intimidante mirada y trato hostil, su escudo para evitar problemas. Su madre postiza, Dhalia había hecho lo posible por brindarle el amor que su padre no le daba, y logró ese lazo con él, aun así, hacía falta ese vínculo, esa cadena única que unía a una madre con

