XXXIII Su pulgar llegó a sangrar tanto debido a su mordida, que tuvo que ir a la enfermería del campus. Allá llegó su amiga, su ángel guardián y se encontró de nuevo con la desgarradora escena de un hombre que parecía hipnotizado y solo se movía a la voluntad del chasquido de unos dedos que lamentablemente no eran los suyos. Estaba tan pálido, tan ojeroso, había perdido peso, sus labios muy resecos y a pesar de todo lo mal que se encontraba físicamente, no dejaba de entrenar todo lo posible. De seguro esperando colapsar en la pista y dejar el tormento en el que se había convertido el respirar. Pese a todo lo malo, el inicio no fue tan siniestro. Sebastian parecía haber conocido a esa única mujer que un hombre podría encontrar en el mundo. Se trataba Rose estudiante de la facultad de arte

