XXXIV Las caricias no eran las mismas, ese aroma que por meses lo enloqueció empezaba a molestar, a asfixiar. Eran menos las horas que deseaba pasar a su lado, menos las ganas de sentirla y hacerla suya. El sexo se volvió la rutina de la ninfómana que, claro, se daba cuenta de que estaba a punto de perder a otro de los tantos hombres que despertaban y veían que solo era una bruja en el cuerpo de una princesa, que estaba ya muy podrida por dentro. Sebastian, a pesar de estar ya decidido a terminar con todo, siempre hallaba una excusa para no hacerlo. De verdad la amó, de verdad soñó su futuro con ella, en serio creyó que lo ataba a Rose esa única conexión que se da con el alma gemela. Esa era su parte irracional hablando, aun así, ya tenía la batalla perdida, porque su naturaleza, la fuer

