XLIII Sarah danzaba sobre el cuerpo de Sebastian, acompañada de la melodía de sus gemidos. Tenía los cabellos empapados de sudor, al igual que el resto de su hermoso cuerpo. El hilillo de agua corría por entre sus pechos, y el hombre encendido de pasión tomaba en sus dedos para luego beber como si fuera el manjar del desierto. Con fuerza la tomaba de las caderas, para que se deslizara de igual forma sobre su m*****o. Habían perdido la cuenta ya de las veces que habían tenido un orgasmo, habían perdido ya la consciencia de si dolía, de si ardía, del mundo afuera, incluso de su pequeño que, por fortuna, seguía profundo y tranquilo en la habitación de enfrente. —¡Sarah! ¡No resisto más! —jadeó el gentil zorro, sabiendo que terminaría de nuevo dentro del bello cuerpo de su dama. —¡Ah! ¡Seb

