Capítulo 6: Fuego en la piel

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VI La noche se hacía más densa a medida que conducía para llevarla a su departamento. Era bastante incómodo el silencio entre los dos, como si esa cita s****l fuese pagada, y no se necesitaran de más palabras que las que pudieran salir en la cama. La arrogancia de Sebastian estaba opacándose como las luces de las calles, que perdían su magia una vez que los letreros se apagaban. Ya no estaba seguro de nada. El que ella supiera de quién se trataba no era problema, el secreto era de ambos. Aún intentaba explicarse ese impulso estúpido que le hizo seguirla hasta el baño y acorralarla de esa manera. Esa no era su forma de actuar, así no era él ni su inventado alter ego del ladrón. No obstante, parecía que con Sarah sucedía esa cosa mágica, ese destino, ese amor a primera vista, ese sobresalto único que ponía al corazón a latir más rápido y a no permitir que la otra persona se alejara. Todo fue peor cuando ella, a pesar de verlo, no lo rechazó ni le hizo expresión de fastidio alguno, es más, disfrutó de hacerle sexo oral y se compadeció de lo que pudo haberle pasado. —Estás muy callado —dijo por fin Sarah, interrumpiendo sus pensamientos alterados. —Pensé que no me correspondía a mí hablar ahora… —Eres muy extraño —respondió la mujer con una sonrisa—. Forzaste esta situación al decirle a mi esposo que me llevarías a mi casa, adonde claramente no vamos. Intenté de varias formas alterarte como para que me rechazaras y no lo logré. ¿Qué más quieres que diga? Sebastian tenía un Volvo muy silencioso que hacía todo más estremecedor. Ella era una mujer casada que al parecer salió una noche en busca de una aventura por culpa de un esposo idiota que no la valoraba, pero de ahí en más, solo resultaba una vulgar aventura como cualquier otra en un bar. Se odió de pensar que él sería el amante que complacería el cuerpo, pero el corazón de la dama estaría muy lejos siempre. Además, si le era infiel a su marido, ¿por qué no también a él? —Por qué saliste esa noche a ese club nocturno… —reclamó Sebastian a manera de pregunta. —Loren, mi mejor amiga, dijo que necesitaba un poco de alegría y tal vez picardía en mi vida, por eso contrató dos chicos que se hacen llamar de compañía para que esa noche estuvieran con nosotras, aunque solo era para charlar. —Tenían todo un plan que yo arruiné… —se carcajeó el hombre—. A veces irrumpir en la vida de alguien, como yo lo hice en la tuya, debe ser una señal, ¿no? —No lo sé… aun así, yo quise estar contigo, no pienses que me forzaste o algo así. Sebastian la miró con algo de sorpresa, no esperaba eso. —Lo sé, creo que lo deseabas mucho. De nuevo hubo silencio. Para ser amantes, en ese momento no se veían muy pasionales, o alocados, o ebrios, o algo que indicara que iban por sexo. Parecían increíblemente un matrimonio de muchos años. El teléfono de Sarah comenzó a sonar muy insistente, Loren la necesitaba con mucho afán. Ella no pudo responder, así que empezó a escribirse con su amiga, llenándose de muchos mensajes al no entender eso de «voy con mi amante». En un punto solo le envió un emoticón de un pollito con pijama y eso fue todo. —Yo sí tengo una pregunta, Sebastian. ¿Qué fue lo que te pasó? Sebastian no se alteró, ni detuvo el auto. Solo veía al frente, como si no hubiese escuchado nada. Sarah se mordía los labios pensando que fue una imprudente, aun así, debía saberlo. Al fin llegaron al edificio donde él vivía y estacionaron en el sótano. Cuando el auto se apagó, la tomó de la mano y le sonrió. —Me prendieron fuego. Solo eso sabrás por ahora. La mujer exhaló un pequeño quejido, solo imaginando como pudo ser aquello y en una parte tan específica. Salió del auto siguiendo al hombre a un ascensor que lo llevaría directo a su piso. Si las películas no la engañaban, de seguro llegarían a un muy lujoso lugar con ventanales en lugar de paredes, rodeado de finos muebles y un piano. Nunca lo tocaban, no obstante, tenerlo de seguro demostraba mucha categoría. Las puertas del cubículo se abrieron y luego caminaron por un pequeño y oscuro corredor. Cuando las luces iluminaron el techo. Ante los ojos de la dama se le mostró un lugar muy ordenado, aunque en extremo austero. No había elegantes figuras, o presuntuosos cuadros en la pared, y por supuesto no había ni piano ni ningún otro instrumento. Lo más llamativo era una enorme chimenea, en la pared contigua, un televisor y en la parte superior, al parecer la habitación. Tampoco era muy grande. Sarah sonrió al estar en ese sitio que mostraba una fría y distante personalidad. —No es lo que imaginabas, ¿verdad? —Bueno, creo que Hollywood me ha engañado, los millonarios como tú, no todos tienen que ser excéntricos. Sebastian se rio ante el comentario. Ya se había quitado de encima la costosa chaqueta, y servía un trago para él. —Millonario es mi papá. Este departamento lo compré yo, con mi dinero, al igual que el auto. Solo vengo a dormir y ya. Tú eres la primera mujer que lo conoce, a excepción de mi mejor amiga. —¿Tus amantes? ¿No las traes acá? —Te repito, eres la primera. Tragando un poco de saliva, Sebastian dejó la copa que se había servido en la mesa y se acercó a Sarah por detrás, levantando un poco su cabello para besar su cuello. Ella solo jadeó alto, aquel contacto le estremecía hasta la médula. Los besos siguieron bajando hasta sus hombros y fue ahí que se dio la vuelta para ver a los ojos de desierto de ese hombre hermoso y único que la deseaba como nadie. Ella con delicadeza acarició su cabello, luego con la yema de los dedos le delineó la nariz y la barbilla. Parecía más como si apreciara una bella escultura. Bajó hasta encontrarse con el primer botón de su camisa y siguió así hasta desabrocharla por completo. Sebastian quiso tirársele encima, no obstante, Sarah lo detuvo con la misma delicadeza con la que lo tocaba. —Por favor, déjame observarte un poco más —susurró a la vez que le tocaba en un pezón. Sebastian se mordió los labios, aquello le gustaba mucho—. Mírate, tu pectoral perfecto, tus brazos tan fornidos, tu piel tan pulida, tu aroma, tu divino aroma… Mides alrededor de 1.90 cm y yo ni alcanzo a tu hombro, ahora solo pienso que deseo que seas el poderoso muro que me aísle del mundo… —Lo seré… seré lo que tú me pidas… Sarah seguía recorriéndolo, provocando ya una erección en su cuerpo. No se negaba él que situación similar jamás había vivido, no en la que una mujer se detuviera a detallarlo tanto. Por fin ella tomó su mano derecha y la comparó con la suya, pequeña, delgada. —Tus manos son enormes, de seguro en puño cerrado, muy fuertes. Si lo desearas, podrías romperme y no tendría yo a dónde correr. —Jamás haría algo para lastimarte —respondió Sebastian alterado. Sarah bajó la mirada con tristeza. —No tienes que jugar a nada para estar conmigo. No tienes que obligarme o meter a mi esposo en esto. Has que tus manos sean solo para amarme y no para dañarme. Yo fui libremente contigo esa noche, al igual que esta. Sebastian se turbó un poco, porque entendía todo lo que ella le estaba diciendo. Haber tratado de molestarla con el asunto del contrato de su marido para manipularla, había sido grosero, absurdo. Pese a eso, la tomó por ambas manos y la miró muy fijo. —Entonces, tendré que buscar una forma en que me asegures que solo serás mía. Si no la encontramos esta noche, puedo volverme una enorme y muy fastidiosa molestia. Sarah sabía a dónde se dirigían esas palabras. Cerró los ojos como si tuviera que decirle algo muy malo, así que solo se lanzó a su boca para, tratar de cambiar con ese beso el rumbo de esa relación que había empezado tan apasionada y tan mal. *** Fin capítulo 6
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