XXIV El angustioso momento no parecía querer terminar, más cuando aquel hombre no despertaba. Pasaba el medio día y él seguía tan profundo como en el minuto uno. Jugando a la detective, Sarah lo revisó, esta vez con mucho cuidado, empezando con sus manos. Estas se encontraban tan limpias y perfectas como siempre, sin el mínimo signo de una pelea o un forcejeo. Miró su pecho, nada, sin señal de violencia alguna. Con dificultad lo puso de bruces y revisó con mucho cuidado su espalda. De haber estado con otra mujer, esta tal vez le dejara marcas de uñas; ella lo hacía. No se vislumbraba nada, ni la más mínima marca. Ni en la espalda baja, ni en su trasero, nada. Lo volvió a girar, revisó su estómago, y entonces sus ojos no pudiera pasar por alto su abdomen, ese que no correspondía para nada

