XLV Su pequeño corría a través de las flores del jardín, extasiado de perseguir conejitos. Sarah estaba muy cerca, tenía temor que cayera de forma aparatosa y pudiera lastimarse con alguna rama. Aún era demasiado pequeño como para equilibrar muy bien sus pasos en carrera. —¿Me escuchas, Sebastian? —el joven zorro tuvo que dejar de ver su perfecta familia para regresar a la realidad, de la que habían estado ausentes casi un mes. —Claro que te escucho, papá. No te preocupes, todo saldrá bien. El muchacho colgó luego de despedirse de forma rápida, no quería perder más tiempo sin su familia. Sarah lo vio llegar y supo que el tiempo se acababa. Cuando se sentó junto a ella en el césped para ver jugar a su hijo con los conejitos, ella lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. —No importa, e

